8 de abril de 2026
De género, política y cultura
7 de abril de 2026
El futuro que construyen las RRSS
Al
feed no le importa si lo que retiene tu atención tiene pulso. Le importa si te
quedas.
Mark
Zuckerberg
La frase proviene de una
entrevista que Zuckerberg concedió a la periodista tecnológica Cleo Abram para
su pódcast Huge If True, titulada El futuro que Mark Zuckerberg
intenta construir.
Con esa frase, Zuckerberg describió
la muerte de la conexión humana en internet… y nadie se inmutó.
Aquí comparto algunas de sus
ideas (varias dan escalofríos):
- Las redes sociales comenzaron siendo principalmente un espacio donde las personas interactuaban con sus amigos. Y ahora… al menos la mitad del contenido es básicamente gente interactuando con creadores.
- Antes abrías tu teléfono para ver qué estaban haciendo tus amigos. Ahora lo abres para ver a desconocidos. Tú no elegiste esto. El algoritmo lo eligió por ti.
- El algoritmo puso a prueba a tus amigos contra desconocidos optimizados… y tus amigos perdieron. Cada vez.
- Un desconocido con mejor iluminación, mejor timing y un mejor gancho captó tu atención tres segundos más que alguien que te quiere.
- Así que el algoritmo enterró las fotos de la boda de tu mejor amigo debajo de un video de cocina de alguien en Dubái a quien nunca has conocido. Y tú viste el video de cocina.
- Ese fue el primer reemplazo, amigos por desconocidos. Apenas lo notaste.
- El segundo ya está en marcha: si el algoritmo ya demostró que los desconocidos superan a tus relaciones reales, y la IA ahora puede crear un desconocido más atractivo que cualquier humano vivo, las cuentas se hacen solas.
- La IA no tiene una mala semana. No
publica algo descuidado y pierde el favor del algoritmo. No se agota.
Cada palabra, calibrada.
Cada imagen, ajustada.
Cada pausa colocada en el intervalo exacto que evita que tu dedo se deslice.
- Un creador humano compitiendo contra eso es como tallar tabletas de piedra en un mundo que acaba de inventar la imprenta.
- Una persona necesita pagar renta, dormir y motivación. La máquina necesita electricidad.
- Cuando el costo de generar contenido
perfecto llega a cero, el feed se llena de rostros que no existen. Voces que se
sienten familiares. Opiniones que reflejan las tuyas lo suficiente como para
generar confianza. Personalidades creadas desde cero para sentirse como alguien
a quien conoces desde hace años.
No sabrás cuándo ocurre el cambio. Ese es el punto.
- Al feed no le importa si lo que capta tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas. Y una máquina que conoce tus patrones mejor que tú mismo siempre te retendrá más tiempo que cualquier persona.
- Esto no es una advertencia. La mitad ya ocurrió. Perdiste a tus amigos frente a desconocidos y no lo notaste. Perderás a los desconocidos frente a las máquinas y los llamarás “amigos”.
- En algún lugar, en otra app, en otra
pestaña, en la habitación en la que estás sentado ahora mismo, alguien que
realmente te conoce está viviendo un momento que nunca verás. No porque haya
dejado de compartirlo, sino porque dejaste de estar donde ocurría.
6 de abril de 2026
¿Por qué escribir?
Leía yo un
artículo del periodista español David San Juan, publicado en el diario digital El
Adelantado de Segovia, en el que se preguntaba por qué escribe la gente en
un mundo en el que cada vez se lee menos y las redes sociales han ocupado el
lugar de la literatura.
Buena
pregunta.
El autor
hace un repaso de las posibles motivaciones: habla de la pasión de escribir que
sienten algunos; para otros es por enamoramiento de las letras; también puede
deberse -y más en estos tiempos de exposición mediática- al placer que experimentan
ciertas personas por ver su nombre en la portada de un libro o en el encabezado
de un artículo. Asímismo, menciona la sensación de poder que da el saberse
conocedor o expositor de temas. De la emoción de contar. Y, sobre todo, del
anhelo para sobrevirse a sí mismo y trascender: para que otros nos lean.
Esto hizo
que me preguntara a mí mismo ¿por qué escribo ahora en este blog? En sus
inicios, fue por deber (tareas de la mestría), luego fue por el deseo de tener
algo que decir, por reivindicar una libertad de expresión. ¿Pero ahora? Sin
nuda no es por que me lean, pues a este lugar no se asoma nadie. ¿Cumplo yo con
alguno de los otros rubros mencionados por el periodista? Caigo a la cuenta de que no. Yo escribo
por una razón que San Juan no menciona: para no aburrirme.
Para estos
largos días de la jubilación, escribir es una herramienta poderosa para el
esparcimiento y combatir el aburrimiento. Escribir transforma la inactividad y la
falta de estímulos en creatividad, reduce el estrés, permite organizar los
pensamientos, brinda autoconocimiento… y, además, ayuda a pasar el rato.
27 de marzo de 2026
26 de marzo de 2026
Qué hace la IA
25 de marzo de 2026
20 de marzo de 2026
16 de marzo de 2026
13 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)
¿Qué es ser listo o qué ser
tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental,
superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para
resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto
se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los
errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia
suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo
vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y
enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su
parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas
o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas
generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más
tontas?
¿Cuáles son los fenómenos que
afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al
siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos
inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?
Como ya se mencionó en el
posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos
inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente
intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento
lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad
de procesamiento y la capacidad espacial.
Estas pruebas de IQ ya no se
consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI
debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de
alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia.
Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas
específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión
verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar
el potencial humano ha disminuido.
Veamos algunos factores que
afectan la inteligencia:
Lectura
Las encuestas de lectura del
INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA
evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes.
Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por
placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes
sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los
jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades
para comprender textos largos o conceptos complejos.
Y es que para la generación
que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los
periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad.
Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía
están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a
veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos
largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna
reflexión.
¿Leer solo textos breves de
Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener
práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a
mejorar en un campo profesional.
Alimentación
El consumo excesivo de
azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados
y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas,
este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y
de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente,
los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como
el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.
Entorno
Cuando se habla de si la
humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el
promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un
país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las
diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes:
aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos
de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también
es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay
libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y
juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas,
estrés constante y pocas oportunidades educativas.
Por supuesto que esa
diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro,
especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que
los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor
desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el
lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones
que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países,
sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden
estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente
por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas
notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior,
en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.
Vida urbana
También hay que tener en
cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que,
por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación.
También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces,
contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede
tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la
ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia
y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas,
coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga
mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera,
afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el
desarrollo neurológico.
Todo esto impacta en cómo se
piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona
no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en
condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento
intelectual.
Tecnología
Nunca como ahora se ha tenido
acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso
mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no
son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la
calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas
mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de
ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un
músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la
capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por
nosotros mismos.
Otro punto en contra tiene que
ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información:
algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que
completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el
esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.
Cuando las máquinas piensan
por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.
--
Aldo Bartra
El auge de la tecnología y el
acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la
manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos
investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar
erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.
Así pues, no hay indicios
fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia
de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la
influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se
está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más
significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico
y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo
de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está
dejando morir por desuso.
11 de marzo de 2026
5 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)
En su última publicación en Edu
News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado
comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z
sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que
la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath,
quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos
en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso
en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones
previas.
Pero antes de aceptar que
estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está
midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la
inteligencia.
El debate surgió tras una
audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del
Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en
más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades
cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos
completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el
argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia
histórica.
Esto contrasta con el patrón
observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y
de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras
generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué
están midiendo exactamente estos datos?
Los hallazgos se basan en
puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como
atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento
lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades
son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños
laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en
especial de las generaciones actuales.
Una de las explicaciones
propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta
hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a
pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como
recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la
información.
Los dispositivos digitales
suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves.
Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que
compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por
la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.
Coloquialmente, algunos llaman
“brain
rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales
fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo,
correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es
compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto
que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más
amplias.
También influyen los efectos
de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades
educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el
debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.
Delgado sostiene que calificar
a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica
alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha
puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la
calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo
humano.
Lo que está en juego no es si
esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos
a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de
la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.
El Efecto
Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural
y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que
interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.
En varios países
desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones
han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o
incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto
Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino
un cambio en la tendencia histórica.
Si durante décadas cada
generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece
haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.
Entre las posibles
explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en
hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.
La afirmación de que la Generación
Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más
amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto
Flynn?, se pregunta Delgado.
Horvath y otros investigadores
señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor
puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer
con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la
atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto
transcurre frente a dispositivos digitales.
Desde esta perspectiva, el
aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos,
sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes
de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el
cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean
incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar
reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta
inmediata.
Aquí el Efecto
Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo
ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las
transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se
desarrollan con mayor intensidad.
Las pruebas estandarizadas
valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento
secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio,
fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de
patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no
es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos
evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la
hiperconectividad.
Más que un declive definitivo,
podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la
educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un
equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad
y concentración.
Si algo revela esta discusión,
no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del
ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia
radicalmente, también lo hacen las métricas.
Si observamos estancamientos o
descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el
análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar?
¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se
evapora de una generación a otra, se adapta.
4 de marzo de 2026
3 de marzo de 2026
¿Y el esfuerzo?
En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.
20 de febrero de 2026
19 de febrero de 2026
Reír en el siglo XXI
Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no
ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de
conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.
Hacer un chiste o soltar una
ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora
la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los
cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable
para el humor.
Vivimos en una sociedad con
una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias
personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos
sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el
espacio para el humor.
El humor actual se caracteriza
por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en
temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad
Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar
creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha
cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto
de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.
Hacer un chiste hoy es difícil
porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante
evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la
autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes
de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la
diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la
opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede
malinterpretarse muy fácilmente.
¿Por qué es tan difícil hacer
un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque
el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las
costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo
que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales
diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las
sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias
de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico.
Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones
familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones
irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los
temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.
Para hacer un chiste
actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien
hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones
absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre
tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas
a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la
exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y
empatía.
Sencillito, ¿verdad?
Tal vez la siguiente imagen ayude
a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y
puntadas que se cuentan en este s. XXI:
18 de febrero de 2026
17 de febrero de 2026
Tecnología y educación
Al
hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las
tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia
artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo
más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para
integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el
estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.
Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado
humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al
aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los
docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?
El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano,
el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al
final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre
personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que
poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se
utilizan.
Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se
tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones
como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades
blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por
mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado
se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están
llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las
pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo
son incapaces de seguir instrucciones largas.
¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la
tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas
generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se
centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar
el aprendizaje de los estudiantes?”.
El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.
16 de febrero de 2026
La educación como rehén
Notas y comenteios sobre el artículo La
educación, rehén de vaivenes políticos, de Alejo Sánchez Cano, publicado en
El Financiero el 16 de febrero de 2026.
13 de febrero de 2026
Saber estudiar
11 de febrero de 2026
Oversharing
9 de febrero de 2026
6 de febrero de 2026
4 de febrero de 2026
Leer el periódico
Imagen: Freepik
Mencionaba yo en un posteo
anterior (Vertiginosidad
y lastre) que soy del tipo que creció y se formó en el
mundo analógico. Por ello no es sorprendente que me guste leer el periódico en
formato impreso. No hay nada mejor para acompañar el café de la mañana que la pausada
lectura del diario.
A estas alturas del s. XXI,
los periódicos clásicos, los impresos en papel, están en franca desaparición;
uno ya solo se los topa en la sección de revistas de los Sanborns, pero
como estas tiendas también están en vías de extinción del paisaje urbano, a los
diarios impresos ya no les quedará ningún refugio (los kioskos de periódicos
murieron primero, hace al menos diez años, y en los Oxxo tampoco se
venden ya).
Ahora, las pocas personas que
leen un diario lo hacen en una computadora, una tableta o un teléfono, es
decir, se acercan a la lectura de noticias desde Internet, donde la competencia
en este campo es feroz.
Los que hemos madurado leyendo
periódicos hemos sido privilegiados, dice J.R. Chaves (En defensa de leer el
periódico impreso). En aquellos tiempos, el diario impreso era una puerta
abierta a la información y a la formación. Imprescindible para estar al día y
sobre todo, su lectura proporcionaba un inmenso placer sin prisas los domingos
por la mañana. Un ritual impagable.
Como dijo Gómez-Barata: los
periódicos eran como el pan que está en todas las mesas, baratos y asequibles,
y eran consumidos con igual placer por pobres y ricos, por lerdos y listos, por
gente de ciudad y del campo, por intelectuales, científicos u ociosos; incluso
por analfabetas, que miraban las fotos y con ello se quedaban muy conformes.
Hoy día, continúa Chaves, Internet
es como una jungla caótica, mientras que los periódicos impresos son como un
zoo ordenado de noticias por especies y listas para su examen por los
visitantes. Uno encuentra fácilmente la sección que le interesa leer primero
(nacionales, editoriales, deportes o historietas).
Poder leer las noticias en
formato papel es un regalo de la civilización: es un reto de agudeza
intelectual. La información que suministra debe ser rumiada antes de digerirla.
En efecto, debemos recordar que los titulares hay que tenerlos “en libertad
vigilada”. Es conocido el cínico lema de las facultades de periodismo: “No
dejes que la verdad te estropee un buen titular”.
Comenta Chaves: es maravilloso
el señorío del lector sobre su periódico: lo lee de atrás para adelante o al
revés, o salteado. Se lee la letra pequeña, el titular o ambos. Se detiene en
las esquelas, en lo internacional o en la agenda de la iglesia. Y por si fuera
poco, uno puede discrepar sin que el periódico replique. ¿Hay mayor libertad?
El periódico ya leído es
polivalente: para envolver, dibujar, secar superficies, avivar brasas de fuego,
proteger superficies, etc. Incluso es reciclable, lo que la naturaleza
agradece.
¿Y qué decir de la lealtad del
periódico, como un perro fiel?, que puede estar a nuestro lado en el sofá, o en
la cama, o esperarnos en el vehículo. Sin rechistar, siempre disponible.
A
diferencia de un archivo digital, el papel ofrece una experiencia física
(textura, olor, peso) que crea una conexión emocional más fuerte con el lector
y hace que la información o el anuncio sean más memorables.
Los
periódicos impresos siguen ofreciendo ventajas únicas que los formatos
digitales no han podido replicar por completo, como:
Hace
que las revistas sean más accesibles para quienes no tienen una conexión
regular a internet o tienen dificultades para leer en una pantalla,
especialmente en la de un teléfono.
Además,
las revistas y los periódicos impresos no dependen de algoritmos ni de la
conexión a internet. Su vida útil es mayor porque se pueden recopilar,
consultar repetidamente o prestar, lo que naturalmente amplía su alcance.
Por
último, desde la perspectiva de la retención de información, algunos estudios
neurocientíficos demuestran que leer en papel promueve una mayor concentración,
facilitando el procesamiento de datos y la memorización verbalizada en
comparación con las pantallas.
Gran
cosa, el periódico. Y gran placer leerlo y rumiarlo. Nos hace ser más grandes.
3 de febrero de 2026
Revisión por pares
En este artículo Chris Ferguson dice que la revisión por pares es la peor forma de publicar ciencia… excepto por todo lo demás que se ha probado.
En ello todos los que publicamos ciencia estamos de acuerdo.
Ferguson dice que el sistema está roto porque los revisores no cobran nada (es trabajo gratis), así que la mayoría lo hace a toda prisa, sin leer en detalle (por ejemplo, ni miran las figuras al final del paper, como en un caso famoso de un artículo en Scientific Reports con una figura absurda generada por IA que nadie descubrió).
Los editores mandan decenas de invitaciones para conseguir solo dos revisores voluntarios, y muchos revisan por amistad, enemistad o por ideología. Hay conflictos de interés ocultos, revisiones superficiales, y a veces los editores ignoran las críticas buenas. El resultado es que artículos malos pasan fácil si encajan en la narrativa dominante, y los buenos se rechazan.
Pero Ferguson no defiende eliminar el sistema de revisión por pares, dice que sin él (por ejemplo, sólo con preprints y con comentarios públicos después) es peor, porque los estudios basura se convierten en "verdad" sin filtro y la gente los cita igual (da ejemplos en temas como prohibiciones de móviles en escuelas).
Su consejo final es que hay que ser escéptico con todo lo publicado
porque la peer review no garantiza calidad (muchos papers son muy malos), y los
preprints sin revisión suelen ser aún peores en promedio.
2 de febrero de 2026
29 de enero de 2026
Parar para pensar
En un mundo que no frena, pararse a pensar es nuestra última línea de defensa. Ya casi nadie lo hace y eso marca una diferencia profunda.
Para Hannah Arendt, el pensamiento es el antídoto a la inercia: el único acto capaz de interrumpir el funcionamiento automático para devolvernos el sentido de lo que somos y lo que hacemos.
Frente al "Atrévete a pensar" de Kant, Arendt nos diría: Atrévete a parar para poder pensar.
28 de enero de 2026
27 de enero de 2026
Librofilia
La nota de hace unos días, El
rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí
en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr
metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por
cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de
manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.
Como Marguerite Duras, yo asumo
la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso
marca una gran diferencia.
Yo leo porque quiero vivir
otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros
poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida,
soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la
justicia" (J.C. Moya).
Sí, yo confieso que soy un
lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y,
en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con
Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas
del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en
la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha
conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las
noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado
de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).
Para mí, la búsqueda de nuevas
lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el
terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno
bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar
otro.
Dice Juan Carlos Moya que así
como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo
su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en
cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se
acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo;
Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que
no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces
de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la
cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El
nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas
y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo
lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un
lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba
de sus daikiris asesinos.
Cada vez que leemos los frutos
de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas
imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las
desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la
soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al
testimonio escrito de la vida.
-- Juan Carlos Moya
Total, que para mí, leer “es
un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de
culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una
pequeña anticipación de inmortalidad.