8 de abril de 2026

De género, política y cultura


Durante la guerra civil en Sierra Leona en 1999, en una ciudad selvática llamada Kenema los habitantes recibieron la noticia de que un ejército rebelde se dirigía hacia allí. El Frente Revolucionario Unido, como se llamaban los rebeldes, era infame por violaciones masivas, ejecuciones y torturas, y la gente de Kenema estaba comprensiblemente aterrorizada. Las mujeres salían a las calles y empezaban a gritarles a los hombres que salieran a defenderlas. Luego agarraron a sus hijos y se refugiaron como pudieron. Los hombres reunieron las armas que encontraron —escopetas oxidadas, AK, pistolas viejas, un sable de la era colonial— y se lanzaron fuera de la ciudad a enfrentarse a su destino. Lograron derrotar a los rebeldes y evitaron una tragedia indecible.

La idea reciente, y muy estadounidense, de que los sexos son iguales o al menos intercambiables claramente no era cierta para la gente de Kenema en el verano de 1999. Por mucho que uno se sienta tentado a decir sobre sexo y género desde la seguridad de nuestros países, el rol que las mujeres de Kenema eligieron para sí mismas en esos momentos terribles fue el de cuidar de sus hijos. Y el rol que asignaron a sus maridos fue el de luchar.

Toda sociedad del mundo usa a los hombres para la defensa, porque son más fuertes, más rápidos y pueden ser asesinados en grandes números sin que afecte demasiado a la población. Pierde la mitad de los hombres de una tribu y la otra mitad repoblará el grupo en una generación; pierde la mitad de las mujeres y la tribu nunca se recuperará. Los hombres son carne de cañón perfecta, en otras palabras. Si las mujeres de Kenema hubieran elegido defender la ciudad y les hubieran dicho a los hombres que huyeran con los niños, podría haber terminado catastróficamente para ambos.

No estoy diciendo que un ataque rebelde en África deba ser la base de nuestros roles de género, ni que hombres y mujeres no deban ser exactamente quienes quieran ser en nuestra sociedad. Pero cuando se pierde de vista las presiones evolutivas que subyacen a gran parte del comportamiento humano, se corre el riesgo de caer en tonterías ideológicas. La extrema derecha intenta convertir a los hombres jóvenes en activos políticos convenciéndolos de que son las «verdaderas» víctimas de la sociedad actual. Y la extrema izquierda se esfuerza igual de duro por convencerlos de que toda masculinidad es sospechosa y peligrosa, y que lo único correcto que pueden hacer los hombres es salir de la habitación pidiendo disculpas.

-- Sebastian Junger (2026), How Democrats Lost Men (fragmento). The Freepress.


¿Lo ocurrido en Kenema fue determinismo sociológico-cultural nada más?

¿A quién creerle en esta polarización que señala Junger?

En este siglo priva el paradigma de que la igualdad sustantiva es "la" respuesta a todas las situaciones.

La escasez de posturas conciliadoras en el debate sobre los roles de género toca estructuras profundas de poder e identidad, de primacía de cultura occidental, generando una polarización en la que las partes perciben la situación como una suma cero: lo que un grupo gana, el otro siente que lo pierde. Es una lucha de privilegios antes que de identidades.



7 de abril de 2026

El futuro que construyen las RRSS

 

Al feed no le importa si lo que retiene tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas.

Mark Zuckerberg

 

La frase proviene de una entrevista que Zuckerberg concedió a la periodista tecnológica Cleo Abram para su pódcast Huge If True, titulada El futuro que Mark Zuckerberg intenta construir.

Con esa frase, Zuckerberg describió la muerte de la conexión humana en internet… y nadie se inmutó.

Aquí comparto algunas de sus ideas (varias dan escalofríos):

- Las redes sociales comenzaron siendo principalmente un espacio donde las personas interactuaban con sus amigos. Y ahora… al menos la mitad del contenido es básicamente gente interactuando con creadores.

- Antes abrías tu teléfono para ver qué estaban haciendo tus amigos. Ahora lo abres para ver a desconocidos. Tú no elegiste esto. El algoritmo lo eligió por ti.

- El algoritmo puso a prueba a tus amigos contra desconocidos optimizados… y tus amigos perdieron. Cada vez.

- Un desconocido con mejor iluminación, mejor timing y un mejor gancho captó tu atención tres segundos más que alguien que te quiere.

- Así que el algoritmo enterró las fotos de la boda de tu mejor amigo debajo de un video de cocina de alguien en Dubái a quien nunca has conocido. Y tú viste el video de cocina.

Ese fue el primer reemplazo, amigos por desconocidos. Apenas lo notaste.

El segundo ya está en marcha: si el algoritmo ya demostró que los desconocidos superan a tus relaciones reales, y la IA ahora puede crear un desconocido más atractivo que cualquier humano vivo, las cuentas se hacen solas.

- La IA no tiene una mala semana. No publica algo descuidado y pierde el favor del algoritmo. No se agota.

Cada palabra, calibrada.

Cada imagen, ajustada.

Cada pausa colocada en el intervalo exacto que evita que tu dedo se deslice.

Un creador humano compitiendo contra eso es como tallar tabletas de piedra en un mundo que acaba de inventar la imprenta.

Una persona necesita pagar renta, dormir y motivación. La máquina necesita electricidad.

- Cuando el costo de generar contenido perfecto llega a cero, el feed se llena de rostros que no existen. Voces que se sienten familiares. Opiniones que reflejan las tuyas lo suficiente como para generar confianza. Personalidades creadas desde cero para sentirse como alguien a quien conoces desde hace años.

No sabrás cuándo ocurre el cambio. Ese es el punto.

Al feed no le importa si lo que capta tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas. Y una máquina que conoce tus patrones mejor que tú mismo siempre te retendrá más tiempo que cualquier persona.

- Esto no es una advertencia. La mitad ya ocurrió. Perdiste a tus amigos frente a desconocidos y no lo notaste. Perderás a los desconocidos frente a las máquinas y los llamarás “amigos”.

- En algún lugar, en otra app, en otra pestaña, en la habitación en la que estás sentado ahora mismo, alguien que realmente te conoce está viviendo un momento que nunca verás. No porque haya dejado de compartirlo, sino porque dejaste de estar donde ocurría.


6 de abril de 2026

¿Por qué escribir?

 

Leía yo un artículo del periodista español David San Juan, publicado en el diario digital El Adelantado de Segovia, en el que se preguntaba por qué escribe la gente en un mundo en el que cada vez se lee menos y las redes sociales han ocupado el lugar de la literatura.

Buena pregunta.

El autor hace un repaso de las posibles motivaciones: habla de la pasión de escribir que sienten algunos; para otros es por enamoramiento de las letras; también puede deberse -y más en estos tiempos de exposición mediática- al placer que experimentan ciertas personas por ver su nombre en la portada de un libro o en el encabezado de un artículo. Asímismo, menciona la sensación de poder que da el saberse conocedor o expositor de temas. De la emoción de contar. Y, sobre todo, del anhelo para sobrevirse a sí mismo y trascender: para que otros nos lean.

Esto hizo que me preguntara a mí mismo ¿por qué escribo ahora en este blog? En sus inicios, fue por deber (tareas de la mestría), luego fue por el deseo de tener algo que decir, por reivindicar una libertad de expresión. ¿Pero ahora? Sin nuda no es por que me lean, pues a este lugar no se asoma nadie. ¿Cumplo yo con alguno de los otros rubros mencionados por el periodista? Caigo a la cuenta de que no. Yo escribo por una razón que San Juan no menciona: para no aburrirme.

Para estos largos días de la jubilación, escribir es una herramienta poderosa para el esparcimiento y combatir el aburrimiento. Escribir transforma la inactividad y la falta de estímulos en creatividad, reduce el estrés, permite organizar los pensamientos, brinda autoconocimiento… y, además, ayuda a pasar el rato.

 

26 de marzo de 2026

Qué hace la IA

 



“Quiero que la Inteligencia Artificial haga la colada y lave los platos para que yo pueda dedicarme al arte y a escribir, no que la IA cree y escriba por mí para que yo pueda hacer la colada y lavar los platos”.

13 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)

 

¿Qué es ser listo o qué ser tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental, superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más tontas?

¿Cuáles son los fenómenos que afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?

Como ya se mencionó en el posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y la capacidad espacial.

Estas pruebas de IQ ya no se consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia. Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar el potencial humano ha disminuido.

Veamos algunos factores que afectan la inteligencia:

Lectura

Las encuestas de lectura del INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes. Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades para comprender textos largos o conceptos complejos.

Y es que para la generación que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad. Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna reflexión.

¿Leer solo textos breves de Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a mejorar en un campo profesional.

Alimentación

El consumo excesivo de azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas, este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente, los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.

Entorno

Cuando se habla de si la humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes: aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas, estrés constante y pocas oportunidades educativas.

Por supuesto que esa diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro, especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países, sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior, en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.

Vida urbana

También hay que tener en cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que, por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación. También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces, contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas, coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera, afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el desarrollo neurológico.

Todo esto impacta en cómo se piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento intelectual.

Tecnología

Nunca como ahora se ha tenido acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por nosotros mismos.

Otro punto en contra tiene que ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información: algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.

Cuando las máquinas piensan por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.

-- Aldo Bartra

El auge de la tecnología y el acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.

Así pues, no hay indicios fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está dejando morir por desuso.

 

5 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)

 

En su última publicación en Edu News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath, quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones previas.

Pero antes de aceptar que estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la inteligencia.

El debate surgió tras una audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia histórica.

Esto contrasta con el patrón observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué están midiendo exactamente estos datos?

Los hallazgos se basan en puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en especial de las generaciones actuales.

Una de las explicaciones propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la información.

Los dispositivos digitales suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves. Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.

Coloquialmente, algunos llaman “brain rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo, correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más amplias.

También influyen los efectos de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.

Delgado sostiene que calificar a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo humano.

Lo que está en juego no es si esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.

El Efecto Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.

En varios países desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino un cambio en la tendencia histórica.

Si durante décadas cada generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.

Entre las posibles explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.

La afirmación de que la Generación Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto Flynn?, se pregunta Delgado.

Horvath y otros investigadores señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto transcurre frente a dispositivos digitales.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos, sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta inmediata.

Aquí el Efecto Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se desarrollan con mayor intensidad.

Las pruebas estandarizadas valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio, fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la hiperconectividad.

Más que un declive definitivo, podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad y concentración.

Si algo revela esta discusión, no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia radicalmente, también lo hacen las métricas.

Si observamos estancamientos o descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar? ¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se evapora de una generación a otra, se adapta.

3 de marzo de 2026

¿Y el esfuerzo?

En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.


Políticas como la eliminación de notas reprobatorias, el pase automático, la premiación para todos o la reducción de la exigencia académica buscan proteger la autoestima a corto plazo, pero terminan perjudicando la competitividad de los alumnos.

Ahora se premia la mediocridad y se evita que haya diferencias entre unos alumnos y otros, en pro del bienestar emocional, no vaya a ser que se ofendan (o sus papás), confundiendo igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

¿Alguno de estos maestros y directores se pregunta cómo afectan sus medidas a las habilidades laborales del futuro egresado?

19 de febrero de 2026

Reír en el siglo XXI

 

Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.

Hacer un chiste o soltar una ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable para el humor.

Vivimos en una sociedad con una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el espacio para el humor.

El humor actual se caracteriza por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.

Hacer un chiste hoy es difícil porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede malinterpretarse muy fácilmente.

¿Por qué es tan difícil hacer un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico. Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.

Para hacer un chiste actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y empatía.

Sencillito, ¿verdad?

Tal vez la siguiente imagen ayude a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y puntadas que se cuentan en este s. XXI:




17 de febrero de 2026

Tecnología y educación

 

Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.

Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?

El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano, el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se utilizan.

Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo son incapaces de seguir instrucciones largas.

¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar el aprendizaje de los estudiantes?”.

El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.

 


16 de febrero de 2026

La educación como rehén

 

Se dice que el despido de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP es una nueva etapa en la definición de los contenidos para los libros de texto que reciben los niños y adolescentes de México. Pero yo tengo mis dudas de que esto vaya a ocurrir, al menos en el corto plazo.

La salida de Arriaga es la remoción de uno de los personajes más ideologizados del proyecto educativo nacional y al mismo tiempo una señal de que los vientos están cambiando en el actual gobierno.

Desde su puesto en la SEP, Arriaga fue el responsable intelectual de los libros de texto gratuitos de la ahora llamada “Nueva Escuela Mexicana” que sustituyeron contenidos y programa académicos bajo el concepto de transformar pedagógicamente desde un punto de vista del “humanismo mexicano”.

Empero, varios especialistas en educación, maestros y padres de familia coincidieron en notar que dicho cambio no fue una modernización, sino una ideologización que puso al activismo político por encima de la formación educativa. En efecto, en el gobierno anterior, la educación pública fue concebida como una herramienta de transformación social con una clara intención política: difundir la narrativa de la autodenominada “Cuarta Transformación” en los contenidos, lenguaje y hasta ejemplos utilizados en los libros de todas las escuelas del país.

En lugar de robustecer las áreas débiles evidenciadas en la prueba PISA (matemáticas, comprensión lectora, ciencias), se prefirió incluir discursos izquierdistas de reivindicación social que no sustituyen el contenido académico, sacrificando calidad, evaluación y estándares en nombre de una causa política que combate el neoliberalismo.

Como dijo Raymundo Riva Palacio, al margen de sus errores, omisiones, reinterpretaciones históricas y pedagogía militante, los libros de texto gratuitos NO fueron un medio para mejorar el aprendizaje, sino para moldear las conciencias de los jóvenes a favor de la 4T.

La duda evidente es: ¿quién quedará ahora y qué traerá a esta tarea? La cuestión es preocupante, pues ya se sabe que en este gobierno la disciplina interna (y la lealtad al líder) es condición de permanencia y supervivencia y se antepone a la capacidad para ejercer el cargo.

Llegue quien llegue, no podrá hacer cambios inmediatos. No solo porque ya lo dijo la señora presidenta en su homilía matinal, sino por la sencilla razón de que los libros no son la causa de la remoción del señor Arriaga, sino más bien su falta de disciplina ante el poderoso secretario titular Mario Delgado. Además, el ciclo escolar va a la mitad y los materiales ya fueron distribuidos; en estas condiciones un cambio no puede hacerse de la noche a la mañana.

No obstante, sí sería deseable que comenzara un proceso de revisión técnica de todos los materiales para eliminar los errores (que son muchos), recuperar contenidos (en especial en matemáticas ciencias), promover el desarrollo de habilidades para el s. XXI e impulsar una perspectiva menos ideologizada.

Pero lo más delicado será recuperar la confianza en estos materiales. Los maestros y los padres de familia necesitan la certeza de que el sistema educativo mexicano no será nuevamente un rehén de los vaivenes ideológicos del gobierno. La educación no puede ni debe convertirse en campo de batalla político. Los niños que hoy cursan primaria y secundaria no tendrán otra oportunidad para aprender lo que no se les enseñe ahora. El mañana es hoy.

Notas y comenteios sobre el artículo La educación, rehén de vaivenes políticos, de Alejo Sánchez Cano, publicado en El Financiero el 16 de febrero de 2026.

13 de febrero de 2026

Saber estudiar


Ojalá el problema de mis alumnos fuera que no estudian. Eso tendría una solución muy sencilla: que estudien. Pero el problema va más allá de su voluntad individual y, por tanto, sobrepasa la demanda de responsabilidad que habitualmente se les hace en la universidad. Lo que ocurre es que, cada vez en mayor proporción, mis alumnos no saben lo que es estudiar. Una buena parte de ellos proviene de colegios en los que no se cree en el valor educativo de las evaluaciones, que es algo así como no creer en el valor humidificador del agua. Esos alumnos no es que no estudien, ni que no sepan estudiar, sino que desconocen lo que es el estudio. Creen que estudiar para un examen consiste en mirar sus apuntes, leerlos y entenderlos. "Pero, ¡¿cómo no los van a entender?!", me desgañito, "¡¡pero si están escritos en español!!"

Estos alumnos desconocen que estudiar para un examen no es entender lo que se lee (¡qué menos!) sino ser capaz de reproducirlo, demostrar que se han apropiado de ese conocimiento y que son capaces, por tanto, de expresarlo por sí mismos. No entienden que, muchas veces, estudiar es aburrido, que no apetece, que cuesta. Y no entienden, sobre todo, que eso no significa que no deban hacerlo. Lo más indignante es que, cuando hablo con ellos sobre esto, y les digo que no tienen la culpa, pero sí la responsabilidad de recuperar el tiempo perdido, sonríen y entre chanza y chanza reconocen que no se tuvieron que esforzar nada en primaria ni en secundaria e incluso en la preparatoria. "Pues tendrán que hacerlo ahora que están en la universidad", les aviso, "y cuanto antes lo hagan menos les costará remontar la situación". Entender esto me ha llevado tiempo y me ha costado enfados que, quizá, me podía haber ahorrado.

No soy optimista. He llegado al punto de decirle a unos padres que valoraba mucho que a su hija le supiera mal reprobar. Y sabía que no era por el hecho de reprobar, sino por la amenaza de que le quitaran el móvil... ¡Pero al menos le dolía y le servía de acicate! A los profesores nos están quitando muchas armas de persuasión. Los castigos son cada vez más contestados por los padres y las repeticiones son cada vez peor vistas por la administración. Muy temerario se me antoja confiar en la capacidad del profesorado para conseguir que los alumnos aprendan por amor al arte y no por apego al móvil, a la consola o al simple dolce far niente, que despunta como principal fuente de entretenimiento para las nuevas generaciones.


Fragmento adaptado de FUEGO SAGRADO. El valor educativo de la tradición, de Segundo Maestro.

Las palabras «vocación», «legado» o «estudio» no están de moda. En muchos ámbitos han adquirido, incluso, un sentido peyorativo. En estos tiempos es necesaria una reivindicación de esos conceptos como básicos y nucleares en la educación. Sobre todo frente a aquellas corrientes de pensamiento, hoy agrupadas en torno al movimiento woke, que pretenden orgullosamente romper lazos con el pasado y negarles a las generaciones futuras la herencia educativa que nos fue conferida y otorgada en custodia.

Vivimos un tiempo en el que, en nombre del progreso se derriban símbolos, se reescriben episodios, se condena el pasado por no estar a la altura de los criterios actuales. Se actúa como si la historia comenzara cada mañana y la identidad pudiera reinventarse a voluntad. Pero una memoria sin herencia es solo una técnica del resentimiento: una forma de manipular el pasado para justificar el presente. Y una herencia sin memoria se convierte en ritual vacío, en cáscara sin alma. Solo cuando concurren una y otra —como el árbol y sus raíces—, herencia y memoria pueden sostener una educación verdaderamente firme y verdaderamente humana.

11 de febrero de 2026

Oversharing

 

Imagen: Tute

"Publico, luego existo".

El fenómeno de publicar absolutamente todo en las redes sociales, conocido a menudo como oversharing (compartir en exceso) o extimidad (hacer pública la intimidad), responde a una compleja mezcla de necesidades psicológicas, validación social y diseño de las plataformas digitales. No es solo un hobby, sino una conducta que revela profundos vacíos emocionales y mecanismos de defensa. Es un intento de sentirse acompañado y paliar la soledad o la ansiedad al ganar Likes.

4 de febrero de 2026

Leer el periódico

 

Imagen: Freepik


Mencionaba yo en un posteo anterior (Vertiginosidad y lastre) que soy del tipo que creció y se formó en el mundo analógico. Por ello no es sorprendente que me guste leer el periódico en formato impreso. No hay nada mejor para acompañar el café de la mañana que la pausada lectura del diario.

A estas alturas del s. XXI, los periódicos clásicos, los impresos en papel, están en franca desaparición; uno ya solo se los topa en la sección de revistas de los Sanborns, pero como estas tiendas también están en vías de extinción del paisaje urbano, a los diarios impresos ya no les quedará ningún refugio (los kioskos de periódicos murieron primero, hace al menos diez años, y en los Oxxo tampoco se venden ya).

Ahora, las pocas personas que leen un diario lo hacen en una computadora, una tableta o un teléfono, es decir, se acercan a la lectura de noticias desde Internet, donde la competencia en este campo es feroz.

Los que hemos madurado leyendo periódicos hemos sido privilegiados, dice J.R. Chaves (En defensa de leer el periódico impreso). En aquellos tiempos, el diario impreso era una puerta abierta a la información y a la formación. Imprescindible para estar al día y sobre todo, su lectura proporcionaba un inmenso placer sin prisas los domingos por la mañana. Un ritual impagable.

Como dijo Gómez-Barata: los periódicos eran como el pan que está en todas las mesas, baratos y asequibles, y eran consumidos con igual placer por pobres y ricos, por lerdos y listos, por gente de ciudad y del campo, por intelectuales, científicos u ociosos; incluso por analfabetas, que miraban las fotos y con ello se quedaban muy conformes.

Hoy día, continúa Chaves, Internet es como una jungla caótica, mientras que los periódicos impresos son como un zoo ordenado de noticias por especies y listas para su examen por los visitantes. Uno encuentra fácilmente la sección que le interesa leer primero (nacionales, editoriales, deportes o historietas).

Poder leer las noticias en formato papel es un regalo de la civilización: es un reto de agudeza intelectual. La información que suministra debe ser rumiada antes de digerirla. En efecto, debemos recordar que los titulares hay que tenerlos “en libertad vigilada”. Es conocido el cínico lema de las facultades de periodismo: “No dejes que la verdad te estropee un buen titular”.

Comenta Chaves: es maravilloso el señorío del lector sobre su periódico: lo lee de atrás para adelante o al revés, o salteado. Se lee la letra pequeña, el titular o ambos. Se detiene en las esquelas, en lo internacional o en la agenda de la iglesia. Y por si fuera poco, uno puede discrepar sin que el periódico replique. ¿Hay mayor libertad?

El periódico ya leído es polivalente: para envolver, dibujar, secar superficies, avivar brasas de fuego, proteger superficies, etc. Incluso es reciclable, lo que la naturaleza agradece.

¿Y qué decir de la lealtad del periódico, como un perro fiel?, que puede estar a nuestro lado en el sofá, o en la cama, o esperarnos en el vehículo. Sin rechistar, siempre disponible.

A diferencia de un archivo digital, el papel ofrece una experiencia física (textura, olor, peso) que crea una conexión emocional más fuerte con el lector y hace que la información o el anuncio sean más memorables.

Los periódicos impresos siguen ofreciendo ventajas únicas que los formatos digitales no han podido replicar por completo, como:

Hace que las revistas sean más accesibles para quienes no tienen una conexión regular a internet o tienen dificultades para leer en una pantalla, especialmente en la de un teléfono.

Además, las revistas y los periódicos impresos no dependen de algoritmos ni de la conexión a internet. Su vida útil es mayor porque se pueden recopilar, consultar repetidamente o prestar, lo que naturalmente amplía su alcance.

Por último, desde la perspectiva de la retención de información, algunos estudios neurocientíficos demuestran que leer en papel promueve una mayor concentración, facilitando el procesamiento de datos y la memorización verbalizada en comparación con las pantallas.

Gran cosa, el periódico. Y gran placer leerlo y rumiarlo. Nos hace ser más grandes.

 


3 de febrero de 2026

Revisión por pares

 

Cuando los estudios basura invaden las publicaciones cientíicas por la presión del "publicar o morir":

Peer Review is the Worst Way to Publish Science
https://grimoiremanor.substack.com/p/peer-review-is-the-worst-way-to-publish 

En este artículo Chris Ferguson dice que la revisión por pares es la peor forma de publicar ciencia… excepto por todo lo demás que se ha probado.

En ello todos los que publicamos ciencia estamos de acuerdo.

Ferguson dice que el sistema está roto porque los revisores no cobran nada (es trabajo gratis), así que la mayoría lo hace a toda prisa, sin leer en detalle (por ejemplo, ni miran las figuras al final del paper, como en un caso famoso de un artículo en Scientific Reports con una figura absurda generada por IA que nadie descubrió). 

Los editores mandan decenas de invitaciones para conseguir solo dos revisores voluntarios, y muchos revisan por amistad, enemistad o por ideología. Hay conflictos de interés ocultos, revisiones superficiales, y a veces los editores ignoran las críticas buenas. El resultado es que artículos malos pasan fácil si encajan en la narrativa dominante, y los buenos se rechazan.

Pero Ferguson no defiende eliminar el sistema de revisión por pares, dice que sin él (por ejemplo, sólo con preprints y con comentarios públicos después) es peor, porque los estudios basura se convierten en "verdad" sin filtro y la gente los cita igual (da ejemplos en temas como prohibiciones de móviles en escuelas). 

Su consejo final es que hay que ser escéptico con todo lo publicado porque la peer review no garantiza calidad (muchos papers son muy malos), y los preprints sin revisión suelen ser aún peores en promedio.


29 de enero de 2026

Parar para pensar

 

En un mundo que no frena, pararse a pensar es nuestra última línea de defensa. Ya casi nadie lo hace y eso marca una diferencia profunda.

Para Hannah Arendt, el pensamiento es el antídoto a la inercia: el único acto capaz de interrumpir el funcionamiento automático para devolvernos el sentido de lo que somos y lo que hacemos.

Frente al "Atrévete a pensar" de Kant, Arendt nos diría: Atrévete a parar para poder pensar.

27 de enero de 2026

Librofilia

 

La nota de hace unos días, El rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.

Como Marguerite Duras, yo asumo la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso marca una gran diferencia.

Yo leo porque quiero vivir otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida, soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la justicia" (J.C. Moya).

Sí, yo confieso que soy un lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y, en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).

Para mí, la búsqueda de nuevas lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar otro.

Dice Juan Carlos Moya que así como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo; Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba de sus daikiris asesinos.

Cada vez que leemos los frutos de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al testimonio escrito de la vida.

-- Juan Carlos Moya

Total, que para mí, leer “es un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una pequeña anticipación de inmortalidad.