8 de julio de 2026
26 de mayo de 2026
Higgs y la producción científica
Peter Higgs (el del bosón) confesó
que hoy día no conseguiría (o no podría mantener) un puesto académico en alguna
universidad. Estaba describiendo la transformación silenciosa de la universidad
contemporánea: de un espacio para pensar a una máquina obsesionada con la
productividad y con medir esa productividad.
La ironía es brutal. El
hombre que ayudó a explicar por qué la materia tiene masa, uno de los planteamientos
intelectuales más importantes del último siglo, sospechaba que el sistema
actual lo habría considerado improductivo. El que fue uno de los físicos más
importantes del mundo publicó menos de diez artículos (10!!), evitaba el
espectáculo académico y desconfiaba profundamente de la hiperactividad
científica.
La ciencia moderna busca
originalidad, pero al mismo tiempo premia velocidad en publicar, volumen publicado
y visibilidad en editoriales y redes. El investigador contemporáneo no solo
debe pensar, debe hacerlo rápido, debe producir y su producción debe ser medida:
publicar constantemente, acumular citas de sus trabajos, gestionar redes, conseguir
financiamiento para las investigaciones, alimentar algoritmos institucionales, demostrar
impacto cuantificable de su trabajo y lograr que se mencione a su universidad,
todo esto en periodos cada vez más cortos.
El resultado: una ciencia
incapaz de tolerar el tiempo lento que requiere la maduración de las grandes
ideas. ¿Por qué? Porque los grandes avances rara vez aparecen bajo condiciones
de vigilancia permanente. El trabajo que condujo al bosón de Higgs necesitó
décadas de teoría física, de especulación, errores y espacios intelectuales sin
utilidad inmediata.
Hoy, no obstante, la
academia funciona cada vez más como un mercado financiero del conocimiento, que
privilegia lo que genera retornos rápidos y visibles (los que hemos hecho
investigación en el Tec lo sabemos muy bien). La curiosidad de saber compite
contra los indicadores de desempeño. Así, el investigador aprende que sobrevivir
puede ser más importante que arriesgarse intelectualmente.
Mientras la universidad
enfrenta dificultades de captación, recortes, precarización y presión por
resultados inmediatos, la pregunta ya no es si estamos produciendo más artículos
científicos que contribuyan al prestigio de la institución (claramente estamos
ante una hiperproducción); la pregunta es, más bien, ¿estamos construyendo un
entorno capaz de producir las grandes ideas que transforman nuestra comprensión
del mundo?
Parece que ya no...
21 de mayo de 2026
Los niños y el aula
Según David C. Geary (The Evolved Male in the
Modern Classroom, AAPSS, 716 (1), 2026) el sistema educativo actual está
diseñado de una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas
de los niños varones.
El autor explica, desde una perspectiva evolucionista, por
qué muchos niños y jóvenes tienen dificultades en la escuela. Según él, las
niñas suelen tener ventaja en lenguaje, lectura y escritura porque su sistema
cerebral para el lenguaje está más integrado y se desarrolla antes. En cambio,
los niños destacan en habilidades visoespaciales, razonamiento mecánico y
comprensión de cómo funcionan los objetos, capacidades que fueron muy útiles en
nuestro pasado evolutivo para la caza, la navegación y la construcción.
El problema principal es que el aula moderna (sentarse
quieto durante horas, prestar atención pasiva, hacer tareas sedentarias) encaja
mucho peor con la naturaleza de los niños que con la de las niñas. Los niños
son considerablemente más activos, necesitan moverse más y tienden a
organizarse en grupos competitivos. Esto genera un desajuste evolutivo que
explica por qué hay el doble de niños diagnosticados con TDAH y por qué mucho
tienen más problemas de atención y comportamiento en clase.
Además, las escuelas apenas evalúan o desarrollan las
fortalezas típicas de los niños en el área espacial y mecánica. Como
consecuencia, muchos niños con talento en estas áreas se sienten fuera de
lugar, pierden motivación y terminan abandonando los estudios o no
desarrollando su potencial.
Geary también señala que los hombres y mujeres tienen
intereses ocupacionales diferentes: las mujeres suelen preferir las profesiones
relacionadas con personas, mientras que los hombres prefieren profesiones
relacionadas con objetos. El sistema educativo actual no aprovecha estas
diferencias naturales.
El autor propone varias soluciones: mejorar la enseñanza
temprana de la lectura con mayor énfasis en la fonética y la decodificación,
ofrecer más material que interese a los niños (ciencia, ficción, aventuras, máquinas),
aumentar el tiempo de recreo y de actividad física; y en secundaria, recuperar
potenciales a través de talleres y la formación en oficios como carpintería,
mecánica o electricidad. También recomienda evaluar las capacidades
visoespaciales y mecánicas de los niños.
En resumen, el sistema educativo actual está diseñado de
una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas de los
niños varones. Geary argumenta que, en lugar de ver los problemas de los niños
como “trastornos” o simplemente como machismo cultural, debemos entenderlos
como un desajuste entre la psicología evolutiva masculina y las exigencias
de la escuela y economía modernas. Adaptar la educación a las fortalezas de los
niños sería muy beneficiosos para ellos, para la educación en general y para la
sociedad.
18 de mayo de 2026
13 de mayo de 2026
5 de mayo de 2026
17 de abril de 2026
13 de abril de 2026
Adolescencia e Internet
Veía yo en la Gaceta UNAM
de diciembre que los mexicanos usan más Internet que el promedio mundial: en el
mundo el 62.5% de las personas se conectan a Internet en un promedio de 6.5
horas al día; en cambio el 80% de los mexicanos se conecta por poco más de 9
horas al día. Impresionante.
Y de esa enorme cantidad de
mexicanos que no se despegan de la web, el 69% corresponde a jóvenes entre 12 y
17 años, dedicando gran parte de su tiempo a plataformas como WhatsApp, TikTok,
YouTube e Instagram. Esta alta conectividad, según Eduardo Portas (investigador
de la Universidad Anáhuac), conlleva riesgos significativos como ciberacoso,
adicción, trastornos del sueño, comparación social y problemas de salud mental
como ansiedad y depresión.
De acuerdo al diario ABC de España,
un análisis de las universidades Rey Juan Carlos y Pontificia publicado en
febrero también muestra consumos altos de Internet, pero en este trabajo se
analizó el efecto de las redes sociales (RRSS), encontrando que el 60% de los adolescentes
encuestados reconoció tomar horas de su sueño por estar conectados. El 76.5%
reconoció sentir ansiedad si no responde inmediatamente a los mensajes o
notificaciones que le llegan por los diversas redes, la mitad declaró tener
sentimientos de inseguridad si se quedan sin conexión y el 98% reconoció una
necesidad funcional y emocional de estar en línea en las RRSS.
Sea como sea, las redes
sociales llegaron para quedarse. Su uso excesivo entre los jóvenes comienza a
ser cuestionado por expertos que afirman que crea personas fáciles de distraer
y que requieren ser estimuladas audiovisualmente para mantener su atención por
breves espacios de tiempo. Otras críticas se concentran en el aspecto más
social de las herramientas: las comparaciones personales que se hacen frente a
personas que aparecen en una pequeña pantalla y logran afectar la psique del
adolescente
Las consecuencias sociales, educativas
y de salud de este hecho apenas comienzan a ser estudiadas. Pero al parecer,
esa adicción sí tiene un impacto, y se necesita que los especialistas de estos
campos nos ayuden a pensar qué hacer para disminuir esta problemática que está
creciendo.
11 de abril de 2026
Junkification
10 de abril de 2026
Hiperproducción científica
Publish or
perish (“publica o perece”) es la expresión que resume el principio
organizador de buena parte de la carrera académica moderna: para conseguir y mantener
empleo, promoción, financiación y reputación, el investigador debe publicar de
forma continua en revistas indexadas, mejor si son del primer cuartil (el mítico Q1). No se trata solo de “comunicar
resultados”, sino de cumplir un umbral de productividad medible: número de
artículos, calidad percibida del lugar de publicación, citas, impacto,
posiciones de autoría, etc. Todo suma. En esa lógica, “perecer” significa
quedar fuera de la competencia: no obtener becas o proyectos, no estabilizarse,
no ascender, no ser visible en el campo. La desaparición científica.
“Publish or
perish” resume cómo el sistema científico se ha ido racionalizando
alrededor de indicadores y procedimientos (evaluaciones periódicas, rankings,
auditorías, acreditaciones) que convierten la publicación en moneda de cambio. Esto puede
tener efectos positivos (incentivar la difusión, estandarizar criterios, aumentar
circulación de conocimiento), pero genera tensiones más que conocidas:
prioridad a lo rápido y “publicable”, aversión al riesgo (menos investigación exploratoria), presión
por fragmentar resultados, saturación del peer review y estrés, mucho estrés, especialmente en las fases iniciales
de la carrera científica.
El sistema de producción, circulación y evaluación
científica está a punto de colapsar. Si lo
analizamos con el modelo de la economía política, podemos afirmar que el coste de producir un artículo científico se reduce cada
semana. El uso de las inteligencias artificiales para definir
objetivos y preguntas de investigación, construir marcos teórico y
metodológicos, procesar datos, extraer conclusiones y redactar un informe
(acompañado de sus tablas, figuras y bibliografía) se extiende y lleva a
un incremento exponencial de la producción en
todas las disciplinas, desde la matemática y la física
hasta las ciencias sociales. El fenómeno no es nuevo pero las IA lo están hiperacelerando hasta límites impensables.
“Los modelos de IA de frontera
-en concreto, Gemini Deep Think y sus variantes avanzadas- han superado un
umbral crítico. Ya no son meras herramientas para la automatización rutinaria,
el procesamiento de datos o el formateo sintáctico; ahora son capaces de actuar
como auténticos colaboradores de nivel experto en el descubrimiento matemático
y algorítmico. A través de la informática teórica, la economía, la física y la
optimización, hemos mostrado que los LLM pueden resolver activamente conjeturas
abiertas, ajustar cotas matemáticas mantenidas durante décadas y localizar
teoremas oscuros y transdisciplinares para sortear bloqueos que frenan a los
investigadores humanos” (AAVV, “Accelerating Scientific
Research with Gemini: Case Studies and Common Techniques”, 2026).
La hiperproducción de
artículos científicos está llevando al colapso de las publicaciones científicas. Ya no solo
tardan cada vez más en dar una respuesta a los ansiosos autores: directamente rechazan textos por no tener tiempo de darles
ni siquiera una rápida ojeada. Antes, por lo menos, te
decían que el artículo “no encaja con los objetivos (o la metodología) del
journal”. El correo que nos mandó el editor sudaba
frustración. Además, no hay revisores suficientes para tantos papers. El
viernes recibí tres propuestas de revisión. Con suerte, aceptaré una. Lo mismo
está pasando con los grandes congresos científicos: la cantidad de ponencias recibidas aumenta de manera
constante. Sinceramente, no quisiera estar en las botas de un editor
científico o del organizador de un congreso. El riesgo de morir aplastado por
la masa textual es muy alto.
¿Qué hacer ante esta avalancha?
Una posible solución consiste
en utilizar las inteligencias artificiales en los
procesos de evaluación. Si millones de científicos
utilizan las inteligencias artificiales para incrementar su producción textual,
la otra forma de lidiar con esa montaña de documentos es recurriendo a las
mismas armas.
“Una posible respuesta consiste
en aprovechar la misma tecnología para ayudar a evaluar manuscritos. ‘Agentes
revisores’ especializados podrían señalar inconsistencias metodológicas,
verificar afirmaciones e incluso evaluar la novedad. Que este enfoque escalable
ayude a editores y revisores a centrarse en el fondo más que en señales
superficiales, o que introduzca desafíos nuevos e imprevistos en el proceso
científico, es una incertidumbre crítica” (AAVV, “Scientific production in the era of large language models”, Science, 2025).
Incorporar las inteligencias
artificiales a los procesos de evaluación nos lleva al tema de los sesgos y alucinaciones de los LLM. Una
inteligencia artificial podría dejar fuera de circulación un aporte científico
relevante debido a las limitaciones de entrenamiento. Ahora bien, dado que la evaluación por pares también está plagada de
sesgos y subjetividades, quizás este sistema sea el menos malo como alternativa. Una
inteligencia artificial bien entrenada -y subrayo lo
de «bien entrenada»- podría ayudar a filtrar una masa textual que no para de
crecer. Los que no quieran ser sometidos a la AI-review, siempre
pueden optar por la revisión por pares o por la publicación en abierto sin revisión.
En cualquiera de los casos, el sistema actual de producción, circulación y evaluación
está a punto de colapsar.
Carlos A. Scolari (2026), Economía
política del paper (i): La gran implosión. Hipermediaciones.
8 de abril de 2026
De género, política y cultura
7 de abril de 2026
El futuro que construyen las RRSS
Al
feed no le importa si lo que retiene tu atención tiene pulso. Le importa si te
quedas.
Mark
Zuckerberg
La frase proviene de una
entrevista que Zuckerberg concedió a la periodista tecnológica Cleo Abram para
su pódcast Huge If True, titulada El futuro que Mark Zuckerberg
intenta construir.
Con esa frase, Zuckerberg describió
la muerte de la conexión humana en internet… y nadie se inmutó.
Aquí comparto algunas de sus
ideas (varias dan escalofríos):
- Las redes sociales comenzaron siendo principalmente un espacio donde las personas interactuaban con sus amigos. Y ahora… al menos la mitad del contenido es básicamente gente interactuando con creadores.
- Antes abrías tu teléfono para ver qué estaban haciendo tus amigos. Ahora lo abres para ver a desconocidos. Tú no elegiste esto. El algoritmo lo eligió por ti.
- El algoritmo puso a prueba a tus amigos contra desconocidos optimizados… y tus amigos perdieron. Cada vez.
- Un desconocido con mejor iluminación, mejor timing y un mejor gancho captó tu atención tres segundos más que alguien que te quiere.
- Así que el algoritmo enterró las fotos de la boda de tu mejor amigo debajo de un video de cocina de alguien en Dubái a quien nunca has conocido. Y tú viste el video de cocina.
- Ese fue el primer reemplazo, amigos por desconocidos. Apenas lo notaste.
- El segundo ya está en marcha: si el algoritmo ya demostró que los desconocidos superan a tus relaciones reales, y la IA ahora puede crear un desconocido más atractivo que cualquier humano vivo, las cuentas se hacen solas.
- La IA no tiene una mala semana. No
publica algo descuidado y pierde el favor del algoritmo. No se agota.
Cada palabra, calibrada.
Cada imagen, ajustada.
Cada pausa colocada en el intervalo exacto que evita que tu dedo se deslice.
- Un creador humano compitiendo contra eso es como tallar tabletas de piedra en un mundo que acaba de inventar la imprenta.
- Una persona necesita pagar renta, dormir y motivación. La máquina necesita electricidad.
- Cuando el costo de generar contenido
perfecto llega a cero, el feed se llena de rostros que no existen. Voces que se
sienten familiares. Opiniones que reflejan las tuyas lo suficiente como para
generar confianza. Personalidades creadas desde cero para sentirse como alguien
a quien conoces desde hace años.
No sabrás cuándo ocurre el cambio. Ese es el punto.
- Al feed no le importa si lo que capta tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas. Y una máquina que conoce tus patrones mejor que tú mismo siempre te retendrá más tiempo que cualquier persona.
- Esto no es una advertencia. La mitad ya ocurrió. Perdiste a tus amigos frente a desconocidos y no lo notaste. Perderás a los desconocidos frente a las máquinas y los llamarás “amigos”.
- En algún lugar, en otra app, en otra
pestaña, en la habitación en la que estás sentado ahora mismo, alguien que
realmente te conoce está viviendo un momento que nunca verás. No porque haya
dejado de compartirlo, sino porque dejaste de estar donde ocurría.
6 de abril de 2026
¿Por qué escribir?
Leía yo un
artículo del periodista español David San Juan, publicado en el diario digital El
Adelantado de Segovia, en el que se preguntaba por qué escribe la gente en
un mundo en el que cada vez se lee menos y las redes sociales han ocupado el
lugar de la literatura.
Buena
pregunta.
El autor
hace un repaso de las posibles motivaciones: habla de la pasión de escribir que
sienten algunos; para otros es por enamoramiento de las letras; también puede
deberse -y más en estos tiempos de exposición mediática- al placer que experimentan
ciertas personas por ver su nombre en la portada de un libro o en el encabezado
de un artículo. Asímismo, menciona la sensación de poder que da el saberse
conocedor o expositor de temas. De la emoción de contar. Y, sobre todo, del
anhelo para sobrevirse a sí mismo y trascender: para que otros nos lean.
Esto hizo
que me preguntara a mí mismo ¿por qué escribo ahora en este blog? En sus
inicios, fue por deber (tareas de la mestría), luego fue por el deseo de tener
algo que decir, por reivindicar una libertad de expresión. ¿Pero ahora? Sin
nuda no es por que me lean, pues a este lugar no se asoma nadie. ¿Cumplo yo con
alguno de los otros rubros mencionados por el periodista? Caigo a la cuenta de que no. Yo escribo
por una razón que San Juan no menciona: para no aburrirme.
Para estos
largos días de la jubilación, escribir es una herramienta poderosa para el
esparcimiento y combatir el aburrimiento. Escribir transforma la inactividad y la
falta de estímulos en creatividad, reduce el estrés, permite organizar los
pensamientos, brinda autoconocimiento… y, además, ayuda a pasar el rato.
27 de marzo de 2026
26 de marzo de 2026
Qué hace la IA
25 de marzo de 2026
20 de marzo de 2026
16 de marzo de 2026
13 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)
¿Qué es ser listo o qué ser
tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental,
superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para
resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto
se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los
errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia
suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo
vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y
enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su
parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas
o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas
generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más
tontas?
¿Cuáles son los fenómenos que
afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al
siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos
inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?
Como ya se mencionó en el
posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos
inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente
intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento
lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad
de procesamiento y la capacidad espacial.
Estas pruebas de IQ ya no se
consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI
debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de
alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia.
Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas
específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión
verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar
el potencial humano ha disminuido.
Veamos algunos factores que
afectan la inteligencia:
Lectura
Las encuestas de lectura del
INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA
evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes.
Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por
placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes
sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los
jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades
para comprender textos largos o conceptos complejos.
Y es que para la generación
que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los
periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad.
Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía
están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a
veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos
largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna
reflexión.
¿Leer solo textos breves de
Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener
práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a
mejorar en un campo profesional.
Alimentación
El consumo excesivo de
azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados
y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas,
este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y
de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente,
los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como
el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.
Entorno
Cuando se habla de si la
humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el
promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un
país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las
diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes:
aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos
de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también
es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay
libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y
juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas,
estrés constante y pocas oportunidades educativas.
Por supuesto que esa
diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro,
especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que
los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor
desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el
lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones
que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países,
sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden
estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente
por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas
notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior,
en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.
Vida urbana
También hay que tener en
cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que,
por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación.
También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces,
contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede
tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la
ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia
y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas,
coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga
mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera,
afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el
desarrollo neurológico.
Todo esto impacta en cómo se
piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona
no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en
condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento
intelectual.
Tecnología
Nunca como ahora se ha tenido
acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso
mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no
son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la
calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas
mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de
ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un
músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la
capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por
nosotros mismos.
Otro punto en contra tiene que
ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información:
algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que
completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el
esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.
Cuando las máquinas piensan
por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.
--
Aldo Bartra
El auge de la tecnología y el
acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la
manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos
investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar
erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.
Así pues, no hay indicios
fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia
de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la
influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se
está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más
significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico
y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo
de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está
dejando morir por desuso.
11 de marzo de 2026
5 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)
En su última publicación en Edu
News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado
comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z
sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que
la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath,
quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos
en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso
en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones
previas.
Pero antes de aceptar que
estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está
midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la
inteligencia.
El debate surgió tras una
audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del
Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en
más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades
cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos
completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el
argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia
histórica.
Esto contrasta con el patrón
observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y
de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras
generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué
están midiendo exactamente estos datos?
Los hallazgos se basan en
puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como
atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento
lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades
son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños
laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en
especial de las generaciones actuales.
Una de las explicaciones
propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta
hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a
pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como
recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la
información.
Los dispositivos digitales
suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves.
Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que
compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por
la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.
Coloquialmente, algunos llaman
“brain
rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales
fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo,
correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es
compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto
que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más
amplias.
También influyen los efectos
de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades
educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el
debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.
Delgado sostiene que calificar
a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica
alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha
puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la
calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo
humano.
Lo que está en juego no es si
esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos
a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de
la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.
El Efecto
Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural
y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que
interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.
En varios países
desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones
han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o
incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto
Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino
un cambio en la tendencia histórica.
Si durante décadas cada
generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece
haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.
Entre las posibles
explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en
hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.
La afirmación de que la Generación
Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más
amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto
Flynn?, se pregunta Delgado.
Horvath y otros investigadores
señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor
puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer
con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la
atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto
transcurre frente a dispositivos digitales.
Desde esta perspectiva, el
aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos,
sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes
de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el
cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean
incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar
reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta
inmediata.
Aquí el Efecto
Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo
ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las
transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se
desarrollan con mayor intensidad.
Las pruebas estandarizadas
valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento
secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio,
fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de
patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no
es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos
evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la
hiperconectividad.
Más que un declive definitivo,
podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la
educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un
equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad
y concentración.
Si algo revela esta discusión,
no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del
ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia
radicalmente, también lo hacen las métricas.
Si observamos estancamientos o
descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el
análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar?
¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se
evapora de una generación a otra, se adapta.
4 de marzo de 2026
3 de marzo de 2026
¿Y el esfuerzo?
En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.
20 de febrero de 2026
19 de febrero de 2026
Reír en el siglo XXI
Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no
ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de
conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.
Hacer un chiste o soltar una
ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora
la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los
cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable
para el humor.
Vivimos en una sociedad con
una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias
personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos
sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el
espacio para el humor.
El humor actual se caracteriza
por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en
temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad
Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar
creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha
cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto
de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.
Hacer un chiste hoy es difícil
porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante
evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la
autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes
de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la
diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la
opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede
malinterpretarse muy fácilmente.
¿Por qué es tan difícil hacer
un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque
el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las
costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo
que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales
diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las
sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias
de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico.
Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones
familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones
irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los
temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.
Para hacer un chiste
actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien
hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones
absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre
tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas
a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la
exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y
empatía.
Sencillito, ¿verdad?
Tal vez la siguiente imagen ayude
a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y
puntadas que se cuentan en este s. XXI: