21 de mayo de 2026

Los niños y el aula

 

Según David C. Geary (The Evolved Male in the Modern Classroom, AAPSS, 716 (1), 2026) el sistema educativo actual está diseñado de una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas de los niños varones.

El autor explica, desde una perspectiva evolucionista, por qué muchos niños y jóvenes tienen dificultades en la escuela. Según él, las niñas suelen tener ventaja en lenguaje, lectura y escritura porque su sistema cerebral para el lenguaje está más integrado y se desarrolla antes. En cambio, los niños destacan en habilidades visoespaciales, razonamiento mecánico y comprensión de cómo funcionan los objetos, capacidades que fueron muy útiles en nuestro pasado evolutivo para la caza, la navegación y la construcción.

El problema principal es que el aula moderna (sentarse quieto durante horas, prestar atención pasiva, hacer tareas sedentarias) encaja mucho peor con la naturaleza de los niños que con la de las niñas. Los niños son considerablemente más activos, necesitan moverse más y tienden a organizarse en grupos competitivos. Esto genera un desajuste evolutivo que explica por qué hay el doble de niños diagnosticados con TDAH y por qué mucho tienen más problemas de atención y comportamiento en clase.

Además, las escuelas apenas evalúan o desarrollan las fortalezas típicas de los niños en el área espacial y mecánica. Como consecuencia, muchos niños con talento en estas áreas se sienten fuera de lugar, pierden motivación y terminan abandonando los estudios o no desarrollando su potencial.

Geary también señala que los hombres y mujeres tienen intereses ocupacionales diferentes: las mujeres suelen preferir las profesiones relacionadas con personas, mientras que los hombres prefieren profesiones relacionadas con objetos. El sistema educativo actual no aprovecha estas diferencias naturales.

El autor propone varias soluciones: mejorar la enseñanza temprana de la lectura con mayor énfasis en la fonética y la decodificación, ofrecer más material que interese a los niños (ciencia, ficción, aventuras, máquinas), aumentar el tiempo de recreo y de actividad física; y en secundaria, recuperar potenciales a través de talleres y la formación en oficios como carpintería, mecánica o electricidad. También recomienda evaluar las capacidades visoespaciales y mecánicas de los niños.

En resumen, el sistema educativo actual está diseñado de una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas de los niños varones. Geary argumenta que, en lugar de ver los problemas de los niños como “trastornos” o simplemente como machismo cultural, debemos entenderlos como un desajuste entre la psicología evolutiva masculina y las exigencias de la escuela y economía modernas. Adaptar la educación a las fortalezas de los niños sería muy beneficiosos para ellos, para la educación en general y para la sociedad.

 

13 de abril de 2026

Adolescencia e Internet

 

Veía yo en la Gaceta UNAM de diciembre que los mexicanos usan más Internet que el promedio mundial: en el mundo el 62.5% de las personas se conectan a Internet en un promedio de 6.5 horas al día; en cambio el 80% de los mexicanos se conecta por poco más de 9 horas al día. Impresionante.

Y de esa enorme cantidad de mexicanos que no se despegan de la web, el 69% corresponde a jóvenes entre 12 y 17 años, dedicando gran parte de su tiempo a plataformas como WhatsApp, TikTok, YouTube e Instagram. Esta alta conectividad, según Eduardo Portas (investigador de la Universidad Anáhuac), conlleva riesgos significativos como ciberacoso, adicción, trastornos del sueño, comparación social y problemas de salud mental como ansiedad y depresión.

De acuerdo al diario ABC de España, un análisis de las universidades Rey Juan Carlos y Pontificia publicado en febrero también muestra consumos altos de Internet, pero en este trabajo se analizó el efecto de las redes sociales (RRSS), encontrando que el 60% de los adolescentes encuestados reconoció tomar horas de su sueño por estar conectados. El 76.5% reconoció sentir ansiedad si no responde inmediatamente a los mensajes o notificaciones que le llegan por los diversas redes, la mitad declaró tener sentimientos de inseguridad si se quedan sin conexión y el 98% reconoció una necesidad funcional y emocional de estar en línea en las RRSS.

Sea como sea, las redes sociales llegaron para quedarse. Su uso excesivo entre los jóvenes comienza a ser cuestionado por expertos que afirman que crea personas fáciles de distraer y que requieren ser estimuladas audiovisualmente para mantener su atención por breves espacios de tiempo. Otras críticas se concentran en el aspecto más social de las herramientas: las comparaciones personales que se hacen frente a personas que aparecen en una pequeña pantalla y logran afectar la psique del adolescente

Las consecuencias sociales, educativas y de salud de este hecho apenas comienzan a ser estudiadas. Pero al parecer, esa adicción sí tiene un impacto, y se necesita que los especialistas de estos campos nos ayuden a pensar qué hacer para disminuir esta problemática que está creciendo.

11 de abril de 2026

Junkification


Siguiendo con el tema de las publicaciones científicas:


Este artículo denuncia que la publicación científica (sobre todo en las grandes editoriales comerciales como Elsevier, Wiley o Springer Nature) está sufriendo un proceso de “junkificación” (degradación masiva hacia contenido de baja calidad), igual que ha pasado en plataformas digitales como Amazon, Google o redes sociales. Los autores lo llaman “junkification” porque, poco a poco, se prioriza la cantidad y el dinero por encima de la calidad y el valor real del conocimiento.

Explican que esto ocurre en cinco etapas:

-La investigación se convierte en mercancía: se valora más por dónde se publica (revistas top, factor de impacto) que por su aporte real.

-Explosión de revistas de pago: el acceso abierto se pervierte; los autores pagan miles de euros por publicar (hasta 17.000 € en Nature), y surgen miles de revistas depredadoras que aceptan casi todo por dinero.

-Baja la calidad: la revisión por pares se vuelve más débil, aparecen números especiales fraudulentos y se publica mucho trabajo mediocre o dudoso.

-Sobrecarga: hay tantos artículos (casi 3 millones al año) que es imposible distinguir lo bueno del ruido.

-Junkificación total: el sistema pierde su propósito (avanzar el conocimiento para todos) y se transforma en una máquina de hacer dinero para las editoriales, mientras autores y universidades pagan caro y la ciencia se diluye.

La conclusión es que la cultura del “publica o perece”, los rankings obsesivos y el modelo de negocio de las grandes editoriales están destruyendo la calidad de la investigación. Los autores piden recuperar la publicación académica como bien público: más revistas sin ánimo de lucro, repositorios gratuitos, evaluación más amplia (no solo citas) y menos dependencia de las multinacionales. Si no cambiamos, seguiremos recibiendo y produciendo cada vez más “basura científica” disfrazada de progreso.


10 de abril de 2026

Hiperproducción científica

 

Publish or perish (“publica o perece”) es la expresión que resume el principio organizador de buena parte de la carrera académica moderna: para conseguir y mantener empleo, promoción, financiación y reputación, el investigador debe publicar de forma continua en revistas indexadas, mejor si son del primer cuartil (el mítico Q1). No se trata solo de “comunicar resultados”, sino de cumplir un umbral de productividad medible: número de artículos, calidad percibida del lugar de publicación, citas, impacto, posiciones de autoría, etc. Todo suma. En esa lógica, “perecer” significa quedar fuera de la competencia: no obtener becas o proyectos, no estabilizarse, no ascender, no ser visible en el campo. La desaparición científica.


“Publish or perish” resume cómo el sistema científico se ha ido racionalizando alrededor de indicadores y procedimientos (evaluaciones periódicas, rankings, auditorías, acreditaciones) que convierten la publicación en moneda de cambio. Esto puede tener efectos positivos (incentivar la difusión, estandarizar criterios, aumentar circulación de conocimiento), pero genera tensiones más que conocidas: prioridad a lo rápido y “publicable”, aversión al riesgo (menos investigación exploratoria), presión por fragmentar resultados, saturación del peer review y estrés, mucho estrés, especialmente en las fases iniciales de la carrera científica.

 

El sistema de producción, circulación y evaluación científica está a punto de colapsar. Si lo analizamos con el modelo de la economía política, podemos afirmar que el coste de producir un artículo científico se reduce cada semana. El uso de las inteligencias artificiales para definir objetivos y preguntas de investigación, construir marcos teórico y metodológicos, procesar datos, extraer conclusiones y redactar un informe (acompañado de sus tablas, figuras y bibliografía) se extiende y lleva a un incremento exponencial de la producción en todas las disciplinas, desde la matemática y la física hasta las ciencias sociales. El fenómeno no es nuevo pero las IA lo están hiperacelerando hasta límites impensables.

 

“Los modelos de IA de frontera -en concreto, Gemini Deep Think y sus variantes avanzadas- han superado un umbral crítico. Ya no son meras herramientas para la automatización rutinaria, el procesamiento de datos o el formateo sintáctico; ahora son capaces de actuar como auténticos colaboradores de nivel experto en el descubrimiento matemático y algorítmico. A través de la informática teórica, la economía, la física y la optimización, hemos mostrado que los LLM pueden resolver activamente conjeturas abiertas, ajustar cotas matemáticas mantenidas durante décadas y localizar teoremas oscuros y transdisciplinares para sortear bloqueos que frenan a los investigadores humanos” (AAVV, “Accelerating Scientific Research with Gemini: Case Studies and Common Techniques”, 2026).

 

La hiperproducción de artículos científicos está llevando al colapso de las publicaciones científicas. Ya no solo tardan cada vez más en dar una respuesta a los ansiosos autoresdirectamente rechazan textos por no tener tiempo de darles ni siquiera una rápida ojeada. Antes, por lo menos, te decían que el artículo “no encaja con los objetivos (o la metodología) del journal”. El correo que nos mandó el editor sudaba frustración. Además, no hay revisores suficientes para tantos papers.  El viernes recibí tres propuestas de revisión. Con suerte, aceptaré una. Lo mismo está pasando con los grandes congresos científicos: la cantidad de ponencias recibidas aumenta de manera constante. Sinceramente, no quisiera estar en las botas de un editor científico o del organizador de un congreso. El riesgo de morir aplastado por la masa textual es muy alto.

 



¿Qué hacer ante esta avalancha?

Una posible solución consiste en utilizar las inteligencias artificiales en los procesos de evaluación.  Si millones de científicos utilizan las inteligencias artificiales para incrementar su producción textual, la otra forma de lidiar con esa montaña de documentos es recurriendo a las mismas armas.

 

“Una posible respuesta consiste en aprovechar la misma tecnología para ayudar a evaluar manuscritos. ‘Agentes revisores’ especializados podrían señalar inconsistencias metodológicas, verificar afirmaciones e incluso evaluar la novedad. Que este enfoque escalable ayude a editores y revisores a centrarse en el fondo más que en señales superficiales, o que introduzca desafíos nuevos e imprevistos en el proceso científico, es una incertidumbre crítica” (AAVV, “Scientific production in the era of large language models”, Science, 2025).

 

Incorporar las inteligencias artificiales a los procesos de evaluación nos lleva al tema de los sesgos y alucinaciones de los LLM. Una inteligencia artificial podría dejar fuera de circulación un aporte científico relevante debido a las limitaciones de entrenamiento. Ahora bien, dado que la evaluación por pares también está plagada de sesgos y subjetividades, quizás este sistema sea el menos malo como alternativa. Una inteligencia artificial bien entrenada -y subrayo lo de «bien entrenada»- podría ayudar a filtrar una masa textual que no para de crecer. Los que no quieran ser sometidos a la AI-review, siempre pueden optar por la revisión por pares o por la publicación en abierto sin revisión. En cualquiera de los casos, el sistema actual de producción, circulación y evaluación está a punto de colapsar.

 

Carlos A. Scolari (2026), Economía política del paper (i): La gran implosión. Hipermediaciones.

 

8 de abril de 2026

De género, política y cultura


Durante la guerra civil en Sierra Leona en 1999, en una ciudad selvática llamada Kenema los habitantes recibieron la noticia de que un ejército rebelde se dirigía hacia allí. El Frente Revolucionario Unido, como se llamaban los rebeldes, era infame por violaciones masivas, ejecuciones y torturas, y la gente de Kenema estaba comprensiblemente aterrorizada. Las mujeres salían a las calles y empezaban a gritarles a los hombres que salieran a defenderlas. Luego agarraron a sus hijos y se refugiaron como pudieron. Los hombres reunieron las armas que encontraron —escopetas oxidadas, AK, pistolas viejas, un sable de la era colonial— y se lanzaron fuera de la ciudad a enfrentarse a su destino. Lograron derrotar a los rebeldes y evitaron una tragedia indecible.

La idea reciente, y muy estadounidense, de que los sexos son iguales o al menos intercambiables claramente no era cierta para la gente de Kenema en el verano de 1999. Por mucho que uno se sienta tentado a decir sobre sexo y género desde la seguridad de nuestros países, el rol que las mujeres de Kenema eligieron para sí mismas en esos momentos terribles fue el de cuidar de sus hijos. Y el rol que asignaron a sus maridos fue el de luchar.

Toda sociedad del mundo usa a los hombres para la defensa, porque son más fuertes, más rápidos y pueden ser asesinados en grandes números sin que afecte demasiado a la población. Pierde la mitad de los hombres de una tribu y la otra mitad repoblará el grupo en una generación; pierde la mitad de las mujeres y la tribu nunca se recuperará. Los hombres son carne de cañón perfecta, en otras palabras. Si las mujeres de Kenema hubieran elegido defender la ciudad y les hubieran dicho a los hombres que huyeran con los niños, podría haber terminado catastróficamente para ambos.

No estoy diciendo que un ataque rebelde en África deba ser la base de nuestros roles de género, ni que hombres y mujeres no deban ser exactamente quienes quieran ser en nuestra sociedad. Pero cuando se pierde de vista las presiones evolutivas que subyacen a gran parte del comportamiento humano, se corre el riesgo de caer en tonterías ideológicas. La extrema derecha intenta convertir a los hombres jóvenes en activos políticos convenciéndolos de que son las «verdaderas» víctimas de la sociedad actual. Y la extrema izquierda se esfuerza igual de duro por convencerlos de que toda masculinidad es sospechosa y peligrosa, y que lo único correcto que pueden hacer los hombres es salir de la habitación pidiendo disculpas.

-- Sebastian Junger (2026), How Democrats Lost Men (fragmento). The Freepress.


¿Lo ocurrido en Kenema fue determinismo sociológico-cultural nada más?

¿A quién creerle en esta polarización que señala Junger?

En este siglo priva el paradigma de que la igualdad sustantiva es "la" respuesta a todas las situaciones.

La escasez de posturas conciliadoras en el debate sobre los roles de género toca estructuras profundas de poder e identidad, de primacía de cultura occidental, generando una polarización en la que las partes perciben la situación como una suma cero: lo que un grupo gana, el otro siente que lo pierde. Es una lucha de privilegios antes que de identidades.



7 de abril de 2026

El futuro que construyen las RRSS

 

Al feed no le importa si lo que retiene tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas.

Mark Zuckerberg

 

La frase proviene de una entrevista que Zuckerberg concedió a la periodista tecnológica Cleo Abram para su pódcast Huge If True, titulada El futuro que Mark Zuckerberg intenta construir.

Con esa frase, Zuckerberg describió la muerte de la conexión humana en internet… y nadie se inmutó.

Aquí comparto algunas de sus ideas (varias dan escalofríos):

- Las redes sociales comenzaron siendo principalmente un espacio donde las personas interactuaban con sus amigos. Y ahora… al menos la mitad del contenido es básicamente gente interactuando con creadores.

- Antes abrías tu teléfono para ver qué estaban haciendo tus amigos. Ahora lo abres para ver a desconocidos. Tú no elegiste esto. El algoritmo lo eligió por ti.

- El algoritmo puso a prueba a tus amigos contra desconocidos optimizados… y tus amigos perdieron. Cada vez.

- Un desconocido con mejor iluminación, mejor timing y un mejor gancho captó tu atención tres segundos más que alguien que te quiere.

- Así que el algoritmo enterró las fotos de la boda de tu mejor amigo debajo de un video de cocina de alguien en Dubái a quien nunca has conocido. Y tú viste el video de cocina.

Ese fue el primer reemplazo, amigos por desconocidos. Apenas lo notaste.

El segundo ya está en marcha: si el algoritmo ya demostró que los desconocidos superan a tus relaciones reales, y la IA ahora puede crear un desconocido más atractivo que cualquier humano vivo, las cuentas se hacen solas.

- La IA no tiene una mala semana. No publica algo descuidado y pierde el favor del algoritmo. No se agota.

Cada palabra, calibrada.

Cada imagen, ajustada.

Cada pausa colocada en el intervalo exacto que evita que tu dedo se deslice.

Un creador humano compitiendo contra eso es como tallar tabletas de piedra en un mundo que acaba de inventar la imprenta.

Una persona necesita pagar renta, dormir y motivación. La máquina necesita electricidad.

- Cuando el costo de generar contenido perfecto llega a cero, el feed se llena de rostros que no existen. Voces que se sienten familiares. Opiniones que reflejan las tuyas lo suficiente como para generar confianza. Personalidades creadas desde cero para sentirse como alguien a quien conoces desde hace años.

No sabrás cuándo ocurre el cambio. Ese es el punto.

Al feed no le importa si lo que capta tu atención tiene pulso. Le importa si te quedas. Y una máquina que conoce tus patrones mejor que tú mismo siempre te retendrá más tiempo que cualquier persona.

- Esto no es una advertencia. La mitad ya ocurrió. Perdiste a tus amigos frente a desconocidos y no lo notaste. Perderás a los desconocidos frente a las máquinas y los llamarás “amigos”.

- En algún lugar, en otra app, en otra pestaña, en la habitación en la que estás sentado ahora mismo, alguien que realmente te conoce está viviendo un momento que nunca verás. No porque haya dejado de compartirlo, sino porque dejaste de estar donde ocurría.


6 de abril de 2026

¿Por qué escribir?

 

Leía yo un artículo del periodista español David San Juan, publicado en el diario digital El Adelantado de Segovia, en el que se preguntaba por qué escribe la gente en un mundo en el que cada vez se lee menos y las redes sociales han ocupado el lugar de la literatura.

Buena pregunta.

El autor hace un repaso de las posibles motivaciones: habla de la pasión de escribir que sienten algunos; para otros es por enamoramiento de las letras; también puede deberse -y más en estos tiempos de exposición mediática- al placer que experimentan ciertas personas por ver su nombre en la portada de un libro o en el encabezado de un artículo. Asímismo, menciona la sensación de poder que da el saberse conocedor o expositor de temas. De la emoción de contar. Y, sobre todo, del anhelo para sobrevirse a sí mismo y trascender: para que otros nos lean.

Esto hizo que me preguntara a mí mismo ¿por qué escribo ahora en este blog? En sus inicios, fue por deber (tareas de la mestría), luego fue por el deseo de tener algo que decir, por reivindicar una libertad de expresión. ¿Pero ahora? Sin nuda no es por que me lean, pues a este lugar no se asoma nadie. ¿Cumplo yo con alguno de los otros rubros mencionados por el periodista? Caigo a la cuenta de que no. Yo escribo por una razón que San Juan no menciona: para no aburrirme.

Para estos largos días de la jubilación, escribir es una herramienta poderosa para el esparcimiento y combatir el aburrimiento. Escribir transforma la inactividad y la falta de estímulos en creatividad, reduce el estrés, permite organizar los pensamientos, brinda autoconocimiento… y, además, ayuda a pasar el rato.

 

26 de marzo de 2026

Qué hace la IA

 



“Quiero que la Inteligencia Artificial haga la colada y lave los platos para que yo pueda dedicarme al arte y a escribir, no que la IA cree y escriba por mí para que yo pueda hacer la colada y lavar los platos”.

13 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)

 

¿Qué es ser listo o qué ser tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental, superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más tontas?

¿Cuáles son los fenómenos que afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?

Como ya se mencionó en el posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y la capacidad espacial.

Estas pruebas de IQ ya no se consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia. Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar el potencial humano ha disminuido.

Veamos algunos factores que afectan la inteligencia:

Lectura

Las encuestas de lectura del INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes. Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades para comprender textos largos o conceptos complejos.

Y es que para la generación que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad. Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna reflexión.

¿Leer solo textos breves de Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a mejorar en un campo profesional.

Alimentación

El consumo excesivo de azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas, este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente, los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.

Entorno

Cuando se habla de si la humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes: aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas, estrés constante y pocas oportunidades educativas.

Por supuesto que esa diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro, especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países, sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior, en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.

Vida urbana

También hay que tener en cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que, por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación. También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces, contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas, coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera, afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el desarrollo neurológico.

Todo esto impacta en cómo se piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento intelectual.

Tecnología

Nunca como ahora se ha tenido acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por nosotros mismos.

Otro punto en contra tiene que ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información: algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.

Cuando las máquinas piensan por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.

-- Aldo Bartra

El auge de la tecnología y el acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.

Así pues, no hay indicios fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está dejando morir por desuso.

 

5 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)

 

En su última publicación en Edu News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath, quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones previas.

Pero antes de aceptar que estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la inteligencia.

El debate surgió tras una audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia histórica.

Esto contrasta con el patrón observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué están midiendo exactamente estos datos?

Los hallazgos se basan en puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en especial de las generaciones actuales.

Una de las explicaciones propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la información.

Los dispositivos digitales suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves. Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.

Coloquialmente, algunos llaman “brain rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo, correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más amplias.

También influyen los efectos de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.

Delgado sostiene que calificar a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo humano.

Lo que está en juego no es si esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.

El Efecto Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.

En varios países desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino un cambio en la tendencia histórica.

Si durante décadas cada generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.

Entre las posibles explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.

La afirmación de que la Generación Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto Flynn?, se pregunta Delgado.

Horvath y otros investigadores señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto transcurre frente a dispositivos digitales.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos, sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta inmediata.

Aquí el Efecto Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se desarrollan con mayor intensidad.

Las pruebas estandarizadas valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio, fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la hiperconectividad.

Más que un declive definitivo, podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad y concentración.

Si algo revela esta discusión, no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia radicalmente, también lo hacen las métricas.

Si observamos estancamientos o descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar? ¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se evapora de una generación a otra, se adapta.

3 de marzo de 2026

¿Y el esfuerzo?

En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.


Políticas como la eliminación de notas reprobatorias, el pase automático, la premiación para todos o la reducción de la exigencia académica buscan proteger la autoestima a corto plazo, pero terminan perjudicando la competitividad de los alumnos.

Ahora se premia la mediocridad y se evita que haya diferencias entre unos alumnos y otros, en pro del bienestar emocional, no vaya a ser que se ofendan (o sus papás), confundiendo igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

¿Alguno de estos maestros y directores se pregunta cómo afectan sus medidas a las habilidades laborales del futuro egresado?

19 de febrero de 2026

Reír en el siglo XXI

 

Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.

Hacer un chiste o soltar una ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable para el humor.

Vivimos en una sociedad con una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el espacio para el humor.

El humor actual se caracteriza por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.

Hacer un chiste hoy es difícil porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede malinterpretarse muy fácilmente.

¿Por qué es tan difícil hacer un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico. Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.

Para hacer un chiste actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y empatía.

Sencillito, ¿verdad?

Tal vez la siguiente imagen ayude a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y puntadas que se cuentan en este s. XXI:




17 de febrero de 2026

Tecnología y educación

 

Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.

Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?

El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano, el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se utilizan.

Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo son incapaces de seguir instrucciones largas.

¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar el aprendizaje de los estudiantes?”.

El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.