Esta reflexión del periodista español Antonio Ramírez (publicado originalmente en el diario digital El Faro de Melilla y que yo leí como un posteo de Ex-Twitter) me caló hondo, porque me vi en lo que describe que le ocurre a las personas más cercanas del blanco y negro que del ultracolor de 281 billones de tonos a 16 bits.
En el
mundo digital yo también llevo “la cadencia del que creció y se formó de manera
analógica”, y ello me ha traído algunas amargas pruebas en la vida digital, en especial la de los trámites de servicios públicos del gobierno.
Si se
le pregunta a la IA (inteligencia artificial) -esa que abre mundos indómitos,
pero también abismos a la inteligencia humana- qué es la vida digital contesta
raudo que es “la integración profunda de la tecnología en la vida cotidiana,
abarcando actividades, relaciones y experiencias a través de internet,
smartphones y redes sociales, transformando la comunicación la comunicación, el
trabajo y el entretenimiento”. Casi el pan de cada día con sus menesteres.
Cualquier
gestión, bancaria, con la hidra de administraciones, compra de servicios o de
enseres y caprichos, puede ser realizada a golpe digital. Eso sí, salvando
obstáculos de toda índole que en forma de anuncios publicitarios, reclamos o
recabadores de información amén de la panoplia de claves, contraseñas y
usuarios que, difícilmente y, claro, en aras de la seguridad, caben con
solvencia en cabeza humana. Prácticamente, solo citan al cara a cara, en vivo y
en directo, cuando, se supone, se debe demostrar estar con vida.
Pero
he ahí que a la generación más cercana al tono sepia que al ultracolor, cuando
en uno de los pasos (en ocasiones y dependiendo la gestión) se encasquilla la
cosa o por error se da donde no se debe, se pasa de lo inmediato a lo inviable
o irrealizable; se queda preso por el errático proceder y la protección se
convierte en duda, el naufragio es inmediato y vuelta a la navegación, regreso
al intento desde el puerto iniciático. Eso si no se acaba cayendo en las redes
de maldad que acechan y ejecutan en las nuevas tecnologías y de manera insomne.
Muchas
ventajas, sin duda, ofrece Internet, las nuevas tecnologías, porque “han
transformado la cultura humana, las estructuras de poder y las vidas cotidianas
en una sola generación y forma parte indisoluble del tejido de la realidad”
bueno es saber aprovecharlas y quedarse en el lado del bien: entre otras, la
divulgación y el conocimiento, la capacidad de convocatoria, la inmediatez, la
búsqueda y su encuentro o la inmensa capacidad de sensibilizar a favor de causas
que merecen la atención.
Pero
igualmente ha creado un cómputo inabarcable de aquello que Sherry Turkle ha
llamado “soledades acompañadas”. Los niños edad creciente ya no juegan igual
que antes, ni mucho menos los jóvenes se relacionan como antaño con los demás o
con las fuentes de conocimiento. En no pocos casos se llega al desmán o la
pérdida de valores que, por mucho que avance con velocidad la vida, siguen
siendo esenciales.
Este
modesto escrito no es un reproche a la incuestionable existencia que suponen
los avances tecnológicos y su aprovechamiento. Por el contrario, desde el
sencillo acceso y uso al que se le dedica, por parte de a quienes les
corresponde, seguro, que ímprobos esfuerzos para la facilidad y simplicidad
razonables, es bueno y necesario subirse a bordo. Pero sí, igualmente, que la
vertiginosidad de la vida digital no va muy de acorde con la cadencia y
necesidades que lastran a una generación que creció y se formó de manera
analógica.
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