Con Facebook he llevado
una relación de amor y desamor mutuo. En un principio fui gran fan de esta red
social, pero luego, como en toda relación, surgieron nuestras diferencias. Empezando con algunos de los
amigos, que resultaron miembros de closet de la Liga de las Buenas
Costumbres, constantemente ofendidos por comentarios, memes o contenidos
compartidos; y continuando luego con el algoritmo que, como el Gran Hermano
de Orwell, se puso a vigilar las conversaciones para cuidar la moral del
discurso. El resultado acabó siendo la creación de un mundo artificial que
muestra vidas filtradas (felices y perfectas), similares a las del “Planeta
Lindo” del Conde Pátula (tarea para la casa: ver el capítulo del Pato
Espacial), como ya lo señalé hace un tiempo en el posteo Un
mundo feliz (oye, pero eso es de 2019!! Sí, desde entonces
ando enmuinado con esa red social).
Pero, ¿es que acaso yo solo publico
cosas incorrectas que retan al algoritmo y ofenden a Las buenas
conciencias de mis amigos y lectores? (Si no te quedó clara la
referencia, échale un ojo a Carlos Fuentes; ¡hay que leer, caramba!)
Me parece que no, pero no
estoy muy seguro. Sobre todo, porque veo pasar por mi TL imágenes de mujeres
tetonas enseñando hasta las amígdalas o posteos de iracundos contra los
migrantes que llegan a su país y no parece que pase nada. Pero si yo publico la
foto de unas jacarandas floreando en primavera, el algoritmo de FB la quita
de mi muro –con su respectiva amonestación- por considerar que se trata de una
imagen inapropiada (vio pelos donde no había). Postear críticas, sátiras e
ironías puede que sí lo sea para algunos con los que ahí coincido, al fin de
cuentas, Facebook es el Brave New World de la Era Digital y los
Mr. Savage siempre son incómodos (tarea para la casa: leer a Aldus Huxley).
He tenido algunos desencuentros por lo publicado en mi muro (con trolls, cofrades de “la santa rodilla ensangrentada” y cuidadores del lenguaje incluyente), pero la gota que derramó el vaso fue la eliminación de la página en la que difundía los posteos de este blog, que siempre fueron de reflexión sobre educación y vida digital contemporánea, porque un alma sensible que se puso a hurgar en las publicaciones antiguas encontró que ciertos contenidos eran “inapropiados” y presentó una denuncia. ¿El tipo era terraplanista? ¿Antivacunas? ¿Antievolución? Vaya uno a saber. Como no actué con la celeridad que los administradores de FB hubieran querido para bajar esos contenidos, ellos decidieron eliminar la página entera y me dejaron con una amenaza de suspensión definitiva de cuenta en caso de reincidir. Su club, sus reglas. Pff!
Por eso lo dejé (dicen que “la
mula no era arisca”). No publiqué nada de 2020 a 2025. Pero luego…
Luego organicé una fiesta y muchas de las personas a las que quería invitar solo las encontraba en FB, así que volví a entrar.
Con el cambio de año me topé con unas estadísticas
que, para mi asombro, indican que en pleno inicio de 2026 Facebook “sigue
siendo el rey”, como decía José Alfredo Jiménez: es la red social más grande y
más popular del mundo. Según DataReportal y Statista, incorpora
principalmente a Babyboomers (10%), Generación X (22%), Millennials (39%),
Centennials (9%) y el otro 20% son empresas, servicios, asociaciones,
universidades, generadores de contenido, etc. O sea que la quinta parte está
presente para hacer negocio con las otras cuatro quintas partes, un marketplace
de más de mil millones de usuarios activos al mes… Así cualquiera se mete a Facebook.
¿Por qué tanta popularidad de Facebook
a pesar de ser una red tan melindrosa, censuradora, llena de haters y de publicidad?
Porque, según Taggbox Company, el 90% (!!) de los consumidores de
Internet tiene un perfil allí y el 74% de ellos lo visita a diario y pasa al
menos 20 minutos navegando. Asombroso, ¿no les parece?
El alcance publicitario de la
plataforma es in-men-so, habida cuenta que el grosso de los usuarios (más del
60%) es gente económicamente activa que puede comprar lo que se le anuncia en
su TL, de acuerdo a su perfil de usuario, a lo que ve y comparte y a los “Like”
que regala aquí y allá (todo se analiza).
Aunque es preciso matizar la
información: de acuerdo a PrimeWeb, en México Facebook no es la
primera red social, es la segunda; la primera es TikTok, cuya base de
usuarios (60%) es menor de 24 años (obvio, en MX todavía hay más centennials
que de las otras generaciones). Esa mayoría no es del todo económicamente
activa, sus integrantes son dependientes de familia o de una beca del Bienestar, pero en revancha, es la
principal consumidora de las tendencias de cultura digital, de desinformación y
de productos y la que las propaga como reguero de pólvora. Allí también se
producen las conversaciones sobre los temas de vanguardia que moldean la forma
de pensar, sentir y consumir de nuestros jóvenes (ya saben a quién echarle la
culpa).
Pero hay otra cara de esta
moneda, algo de lo que no todos se dan cuenta todavía, que dejan pasar con
indulgencia o que hasta les gusta: el contenido basura (slop).
Según expertos del sitio de noticias tecnológicas Xataka, de la empresa
de marketing digital Stan Ventures y del divulgador de TI Santiago
Bilinkis, se estima que un 40% del contenido posteado en Facebook ya
está generado por IA. No por humanos que se meten a Dall-E para hacer una imagen
y luego la comparten, no, ¡de máquinas! Tremendo.
Eso significa que mucho de lo que
se ve pasar por la TL no lo generó un sapiens (es un decir), sino que fue
producido por spammers que buscan dirigir el tráfico a granjas de contenidos
para obtener ganancias. Miles de imágenes y videos hechos para parecer reales,
para atraer, para indignar, para conmover, para confundir o para hacer
scrollear más. El objetivo de este contenido es retener al usuario, que vaya a
ciertos sitios, que los comparta, que dé más clics, más Likes y que se quede
más tiempo, en FB (mientras ve pasar centenares de anuncios
publicitarios) o en otro sitio donde pueda gastar su dinero. El resultado es un
Internet repleto de posteos de bots que buscan generar sentimientos que
mantengan al humano pegado a su pantalla el mayor tiempo posible (de la adicción a las RRSS luego
hablamos).
Lo peor es que ahora el
algoritmo de FB presenta más esos contenidos con los que otros usuarios
han interactuado y menos lo que publicaron los amigos. Así que, si medio mundo
le da Like a la “foto” del papa Francisco en su abrigo blanco acolchado de
Balenciaga eso es lo que verás en tu TL, en lugar de las
fotos del bautizo del primogénito de tu prima Gertrudis. A este ritmo, a
finales del presente año Facebook estará inundado de contenido basura y
cada vez costará más trabajo encontrar los posteos de los amigos. Eso no me
entusiasma.
Con todo esto, ¿vale la pena seguir en Facebook?
Habrá que tolerarlo si se
quiere experimentar la vida de Internet. Parece que, a pesar de todos sus
melindres, su censura selectiva, su publicidad invasiva, su políticamente
correcto, sus buenas conciencias, sus haters, sus trolls, sus bots y su slop, Facebook
sigue siendo la mejor manera que hay en el mundo digital para la conexión
social: mantener amistades, saber de la familia lejana, relacionarse con comunidades y grupos, hallar
entretenimiento, obtener información, enterarse de los sucesos del día, tener
acceso a negocios y servicios, comercializar productos, promover marcas,
comprar cosas lindas que no necesitamos, y así…
Por eso me la he pensado mejor
y volví a asomarme por allí.
Procurando que sea un regreso pausado que me
permita disfrutar de sus ventajas sociales (echo de menos a algunas amistades),
padecer poco sus desventajas (es un decir), y, sobre todo, con algunas
precauciones para no irme de la lengua o de la imagen y que no se me arme la gorda
con el algoritmo o los amigos. Al fin de cuentas, no hay que pedirle peras al
olmo. Para emitir críticas, ironías, sátiras, opiniones políticamente
incorrectos y demás comentarios de libre expresión están otros espacios; como este,
por ejemplo. En este blog hasta ahora no ha habido problema con ello; esperemos
que así siga y que el diablo no venga a meter la cola.
Facebook es
para que la gente “viva bonito” y se distraiga de las insensateces de la vida real,
no para que le obliguen a pensar en ellas (eso lo entiendo ahora). Siempre es
mejor tomar un “soma” de gatitos a ver memes políticamente incorrectos o estadísticas
sobre la deplorable capacidad lectora de nuestros jóvenes…
Como dijo don Quijote: “Sobre
el cimiento de la necedad, no asienta ningún buen oficio”.
Así que, allá nos vemos por un
rato más.
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