5 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ª p)

 

En su última publicación en Edu News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath, quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones previas.

Pero antes de aceptar que estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la inteligencia.

El debate surgió tras una audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia histórica.

Esto contrasta con el patrón observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué están midiendo exactamente estos datos?

Los hallazgos se basan en puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en especial de las generaciones actuales.

Una de las explicaciones propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la información.

Los dispositivos digitales suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves. Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.

Coloquialmente, algunos llaman “brain rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo, correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más amplias.

También influyen los efectos de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.

Delgado sostiene que calificar a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo humano.

Lo que está en juego no es si esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.

El Efecto Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.

En varios países desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino un cambio en la tendencia histórica.

Si durante décadas cada generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.

Entre las posibles explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.

La afirmación de que la Generación Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto Flynn?, se pregunta Delgado.

Horvath y otros investigadores señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto transcurre frente a dispositivos digitales.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos, sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta inmediata.

Aquí el Efecto Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se desarrollan con mayor intensidad.

Las pruebas estandarizadas valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio, fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la hiperconectividad.

Más que un declive definitivo, podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad y concentración.

Si algo revela esta discusión, no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia radicalmente, también lo hacen las métricas.

Si observamos estancamientos o descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar? ¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se evapora de una generación a otra, se adapta.

3 de marzo de 2026

¿Y el esfuerzo?

En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.


Políticas como la eliminación de notas reprobatorias, el pase automático, la premiación para todos o la reducción de la exigencia académica buscan proteger la autoestima a corto plazo, pero terminan perjudicando la competitividad de los alumnos.

Ahora se premia la mediocridad y se evita que haya diferencias entre unos alumnos y otros, en pro del bienestar emocional, no vaya a ser que se ofendan (o sus papás), confundiendo igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

¿Alguno de estos maestros y directores se pregunta cómo afectan sus medidas a las habilidades laborales del futuro egresado?

19 de febrero de 2026

Reír en el siglo XXI

 

Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.

Hacer un chiste o soltar una ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable para el humor.

Vivimos en una sociedad con una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el espacio para el humor.

El humor actual se caracteriza por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.

Hacer un chiste hoy es difícil porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede malinterpretarse muy fácilmente.

¿Por qué es tan difícil hacer un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico. Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.

Para hacer un chiste actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y empatía.

Sencillito, ¿verdad?

Tal vez la siguiente imagen ayude a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y puntadas que se cuentan en este s. XXI:




17 de febrero de 2026

Tecnología y educación

 

Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.

Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?

El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano, el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se utilizan.

Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo son incapaces de seguir instrucciones largas.

¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar el aprendizaje de los estudiantes?”.

El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.

 


16 de febrero de 2026

La educación como rehén

 

Se dice que el despido de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP es una nueva etapa en la definición de los contenidos para los libros de texto que reciben los niños y adolescentes de México. Pero yo tengo mis dudas de que esto vaya a ocurrir, al menos en el corto plazo.

La salida de Arriaga es la remoción de uno de los personajes más ideologizados del proyecto educativo nacional y al mismo tiempo una señal de que los vientos están cambiando en el actual gobierno.

Desde su puesto en la SEP, Arriaga fue el responsable intelectual de los libros de texto gratuitos de la ahora llamada “Nueva Escuela Mexicana” que sustituyeron contenidos y programa académicos bajo el concepto de transformar pedagógicamente desde un punto de vista del “humanismo mexicano”.

Empero, varios especialistas en educación, maestros y padres de familia coincidieron en notar que dicho cambio no fue una modernización, sino una ideologización que puso al activismo político por encima de la formación educativa. En efecto, en el gobierno anterior, la educación pública fue concebida como una herramienta de transformación social con una clara intención política: difundir la narrativa de la autodenominada “Cuarta Transformación” en los contenidos, lenguaje y hasta ejemplos utilizados en los libros de todas las escuelas del país.

En lugar de robustecer las áreas débiles evidenciadas en la prueba PISA (matemáticas, comprensión lectora, ciencias), se prefirió incluir discursos izquierdistas de reivindicación social que no sustituyen el contenido académico, sacrificando calidad, evaluación y estándares en nombre de una causa política que combate el neoliberalismo.

Como dijo Raymundo Riva Palacio, al margen de sus errores, omisiones, reinterpretaciones históricas y pedagogía militante, los libros de texto gratuitos NO fueron un medio para mejorar el aprendizaje, sino para moldear las conciencias de los jóvenes a favor de la 4T.

La duda evidente es: ¿quién quedará ahora y qué traerá a esta tarea? La cuestión es preocupante, pues ya se sabe que en este gobierno la disciplina interna (y la lealtad al líder) es condición de permanencia y supervivencia y se antepone a la capacidad para ejercer el cargo.

Llegue quien llegue, no podrá hacer cambios inmediatos. No solo porque ya lo dijo la señora presidenta en su homilía matinal, sino por la sencilla razón de que los libros no son la causa de la remoción del señor Arriaga, sino más bien su falta de disciplina ante el poderoso secretario titular Mario Delgado. Además, el ciclo escolar va a la mitad y los materiales ya fueron distribuidos; en estas condiciones un cambio no puede hacerse de la noche a la mañana.

No obstante, sí sería deseable que comenzara un proceso de revisión técnica de todos los materiales para eliminar los errores (que son muchos), recuperar contenidos (en especial en matemáticas ciencias), promover el desarrollo de habilidades para el s. XXI e impulsar una perspectiva menos ideologizada.

Pero lo más delicado será recuperar la confianza en estos materiales. Los maestros y los padres de familia necesitan la certeza de que el sistema educativo mexicano no será nuevamente un rehén de los vaivenes ideológicos del gobierno. La educación no puede ni debe convertirse en campo de batalla político. Los niños que hoy cursan primaria y secundaria no tendrán otra oportunidad para aprender lo que no se les enseñe ahora. El mañana es hoy.

Notas y comenteios sobre el artículo La educación, rehén de vaivenes políticos, de Alejo Sánchez Cano, publicado en El Financiero el 16 de febrero de 2026.