Hojas de apuntes
Notas, reflexiones e ironías sobre educación y sociedad contemporánea
6 de febrero de 2026
4 de febrero de 2026
Leer el periódico
Imagen: Freepik
Mencionaba yo en un posteo
anterior (Vertiginosidad
y lastre) que soy del tipo que creció y se formó en el
mundo analógico. Por ello no es sorprendente que me guste leer el periódico en
formato impreso. No hay nada mejor para acompañar el café de la mañana que la pausada
lectura del diario.
A estas alturas del s. XXI,
los periódicos clásicos, los impresos en papel, están en franca desaparición;
uno ya solo se los topa en la sección de revistas de los Sanborns, pero
como estas tiendas también están en vías de extinción del paisaje urbano, a los
diarios impresos ya no les quedará ningún refugio (los kioskos de periódicos
murieron primero, hace al menos diez años, y en los Oxxo tampoco se
venden ya).
Ahora, las pocas personas que
leen un diario lo hacen en una computadora, una tableta o un teléfono, es
decir, se acercan a la lectura de noticias desde Internet, donde la competencia
en este campo es feroz.
Los que hemos madurado leyendo
periódicos hemos sido privilegiados, dice J.R. Chaves (En defensa de leer el
periódico impreso). En aquellos tiempos, el diario impreso era una puerta
abierta a la información y a la formación. Imprescindible para estar al día y
sobre todo, su lectura proporcionaba un inmenso placer sin prisas los domingos
por la mañana. Un ritual impagable.
Como dijo Gómez-Barata: los
periódicos eran como el pan que está en todas las mesas, baratos y asequibles,
y eran consumidos con igual placer por pobres y ricos, por lerdos y listos, por
gente de ciudad y del campo, por intelectuales, científicos u ociosos; incluso
por analfabetas, que miraban las fotos y con ello se quedaban muy conformes.
Hoy día, continúa Chaves, Internet
es como una jungla caótica, mientras que los periódicos impresos son como un
zoo ordenado de noticias por especies y listas para su examen por los
visitantes. Uno encuentra fácilmente la sección que le interesa leer primero
(nacionales, editoriales, deportes o historietas).
Poder leer las noticias en
formato papel es un regalo de la civilización: es un reto de agudeza
intelectual. La información que suministra debe ser rumiada antes de digerirla.
En efecto, debemos recordar que los titulares hay que tenerlos “en libertad
vigilada”. Es conocido el cínico lema de las facultades de periodismo: “No
dejes que la verdad te estropee un buen titular”.
Comenta Chaves: es maravilloso
el señorío del lector sobre su periódico: lo lee de atrás para adelante o al
revés, o salteado. Se lee la letra pequeña, el titular o ambos. Se detiene en
las esquelas, en lo internacional o en la agenda de la iglesia. Y por si fuera
poco, uno puede discrepar sin que el periódico replique. ¿Hay mayor libertad?
El periódico ya leído es
polivalente: para envolver, dibujar, secar superficies, avivar brasas de fuego,
proteger superficies, etc. Incluso es reciclable, lo que la naturaleza
agradece.
¿Y qué decir de la lealtad del
periódico, como un perro fiel?, que puede estar a nuestro lado en el sofá, o en
la cama, o esperarnos en el vehículo. Sin rechistar, siempre disponible.
A
diferencia de un archivo digital, el papel ofrece una experiencia física
(textura, olor, peso) que crea una conexión emocional más fuerte con el lector
y hace que la información o el anuncio sean más memorables.
Los
periódicos impresos siguen ofreciendo ventajas únicas que los formatos
digitales no han podido replicar por completo, como:
Hace
que las revistas sean más accesibles para quienes no tienen una conexión
regular a internet o tienen dificultades para leer en una pantalla,
especialmente en la de un teléfono.
Además,
las revistas y los periódicos impresos no dependen de algoritmos ni de la
conexión a internet. Su vida útil es mayor porque se pueden recopilar,
consultar repetidamente o prestar, lo que naturalmente amplía su alcance.
Por
último, desde la perspectiva de la retención de información, algunos estudios
neurocientíficos demuestran que leer en papel promueve una mayor concentración,
facilitando el procesamiento de datos y la memorización verbalizada en
comparación con las pantallas.
Gran
cosa, el periódico. Y gran placer leerlo y rumiarlo. Nos hace ser más grandes.
3 de febrero de 2026
Revisión por pares
En este artículo Chris Ferguson dice que la revisión por pares es la peor forma de publicar ciencia… excepto por todo lo demás que se ha probado.
En ello todos los que publicamos ciencia estamos de acuerdo.
Ferguson dice que el sistema está roto porque los revisores no cobran nada (es trabajo gratis), así que la mayoría lo hace a toda prisa, sin leer en detalle (por ejemplo, ni miran las figuras al final del paper, como en un caso famoso de un artículo en Scientific Reports con una figura absurda generada por IA que nadie descubrió).
Los editores mandan decenas de invitaciones para conseguir solo dos revisores voluntarios, y muchos revisan por amistad, enemistad o por ideología. Hay conflictos de interés ocultos, revisiones superficiales, y a veces los editores ignoran las críticas buenas. El resultado es que artículos malos pasan fácil si encajan en la narrativa dominante, y los buenos se rechazan.
Pero Ferguson no defiende eliminar el sistema de revisión por pares, dice que sin él (por ejemplo, sólo con preprints y con comentarios públicos después) es peor, porque los estudios basura se convierten en "verdad" sin filtro y la gente los cita igual (da ejemplos en temas como prohibiciones de móviles en escuelas).
Su consejo final es que hay que ser escéptico con todo lo publicado
porque la peer review no garantiza calidad (muchos papers son muy malos), y los
preprints sin revisión suelen ser aún peores en promedio.
2 de febrero de 2026
29 de enero de 2026
Parar para pensar
En un mundo que no frena, pararse a pensar es nuestra última línea de defensa. Ya casi nadie lo hace y eso marca una diferencia profunda.
Para Hannah Arendt, el pensamiento es el antídoto a la inercia: el único acto capaz de interrumpir el funcionamiento automático para devolvernos el sentido de lo que somos y lo que hacemos.
Frente al "Atrévete a pensar" de Kant, Arendt nos diría: Atrévete a parar para poder pensar.
28 de enero de 2026
27 de enero de 2026
Librofilia
La nota de hace unos días, El
rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí
en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr
metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por
cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de
manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.
Como Marguerite Duras, yo asumo
la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso
marca una gran diferencia.
Yo leo porque quiero vivir
otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros
poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida,
soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la
justicia" (J.C. Moya).
Sí, yo confieso que soy un
lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y,
en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con
Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas
del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en
la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha
conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las
noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado
de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).
Para mí, la búsqueda de nuevas
lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el
terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno
bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar
otro.
Dice Juan Carlos Moya que así
como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo
su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en
cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se
acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo;
Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que
no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces
de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la
cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El
nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas
y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo
lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un
lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba
de sus daikiris asesinos.
Cada vez que leemos los frutos
de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas
imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las
desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la
soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al
testimonio escrito de la vida.
-- Juan Carlos Moya
Total, que para mí, leer “es
un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de
culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una
pequeña anticipación de inmortalidad.