13 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)

 

¿Qué es ser listo o qué ser tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental, superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más tontas?

¿Cuáles son los fenómenos que afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?

Como ya se mencionó en el posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y la capacidad espacial.

Estas pruebas de IQ ya no se consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia. Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar el potencial humano ha disminuido.

Veamos algunos factores que afectan la inteligencia:

Lectura

Las encuestas de lectura del INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes. Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades para comprender textos largos o conceptos complejos.

Y es que para la generación que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad. Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna reflexión.

¿Leer solo textos breves de Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a mejorar en un campo profesional.

Alimentación

El consumo excesivo de azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas, este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente, los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.

Entorno

Cuando se habla de si la humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes: aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas, estrés constante y pocas oportunidades educativas.

Por supuesto que esa diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro, especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países, sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior, en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.

Vida urbana

También hay que tener en cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que, por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación. También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces, contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas, coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera, afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el desarrollo neurológico.

Todo esto impacta en cómo se piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento intelectual.

Tecnología

Nunca como ahora se ha tenido acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por nosotros mismos.

Otro punto en contra tiene que ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información: algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.

Cuando las máquinas piensan por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.

-- Aldo Bartra

El auge de la tecnología y el acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.

Así pues, no hay indicios fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está dejando morir por desuso.

 

5 de marzo de 2026

¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)

 

En su última publicación en Edu News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath, quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones previas.

Pero antes de aceptar que estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la inteligencia.

El debate surgió tras una audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia histórica.

Esto contrasta con el patrón observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué están midiendo exactamente estos datos?

Los hallazgos se basan en puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en especial de las generaciones actuales.

Una de las explicaciones propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la información.

Los dispositivos digitales suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves. Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.

Coloquialmente, algunos llaman “brain rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo, correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más amplias.

También influyen los efectos de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.

Delgado sostiene que calificar a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo humano.

Lo que está en juego no es si esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.

El Efecto Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.

En varios países desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino un cambio en la tendencia histórica.

Si durante décadas cada generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.

Entre las posibles explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.

La afirmación de que la Generación Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto Flynn?, se pregunta Delgado.

Horvath y otros investigadores señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto transcurre frente a dispositivos digitales.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos, sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta inmediata.

Aquí el Efecto Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se desarrollan con mayor intensidad.

Las pruebas estandarizadas valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio, fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la hiperconectividad.

Más que un declive definitivo, podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad y concentración.

Si algo revela esta discusión, no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia radicalmente, también lo hacen las métricas.

Si observamos estancamientos o descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar? ¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se evapora de una generación a otra, se adapta.

3 de marzo de 2026

¿Y el esfuerzo?

En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.


Políticas como la eliminación de notas reprobatorias, el pase automático, la premiación para todos o la reducción de la exigencia académica buscan proteger la autoestima a corto plazo, pero terminan perjudicando la competitividad de los alumnos.

Ahora se premia la mediocridad y se evita que haya diferencias entre unos alumnos y otros, en pro del bienestar emocional, no vaya a ser que se ofendan (o sus papás), confundiendo igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

¿Alguno de estos maestros y directores se pregunta cómo afectan sus medidas a las habilidades laborales del futuro egresado?

19 de febrero de 2026

Reír en el siglo XXI

 

Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.

Hacer un chiste o soltar una ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable para el humor.

Vivimos en una sociedad con una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el espacio para el humor.

El humor actual se caracteriza por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.

Hacer un chiste hoy es difícil porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede malinterpretarse muy fácilmente.

¿Por qué es tan difícil hacer un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico. Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.

Para hacer un chiste actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y empatía.

Sencillito, ¿verdad?

Tal vez la siguiente imagen ayude a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y puntadas que se cuentan en este s. XXI: