La ironía es un reactivo infalible
para detectar tontos. La ironía funciona en muchas conversaciones igual que el
papel tornasol para comprobar la acidez o la alcalinidad de una sustancia. Ante
una ironía el interlocutor puede reaccionar de distintas maneras que reflejan,
cada una de ellas, su inteligencia, su tontería o una estupidez de catálogo.
La forma más inteligente de
reaccionar es obsequiar, a quien nos dedica un comentario irónico, con una
respuesta igualmente irónica que marque una pauta de cordial inteligencia
–alejada lo mismo de la petulancia erudita que del embobamiento– para el resto
de la conversación. Es lo que los franceses llamarían "avoir de
l'esprit" en la conversación o tener una inteligencia "pleine
d'esprit".
Una segunda manera de reaccionar ante
la ironía es pasarla por alto, no porque no se ha entendido el sentido del
comentario irónico sino simplemente porque no se desea establecer –por la razón
que fuese– un entorno de complicidad intelectual con el interlocutor; esto,
cuando es pertinente, también es signo de inteligencia.
Una tercera forma de reaccionar ante
la ironía consiste también en pasarla por alto como tal (como ironía) porque se
le ha tomado en sentido literal. Aquí ya hay una clara indicación de tontería
en el interlocutor, quien se muestra incapaz de captar lo que es justamente la
ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice). Si Juan dice a su
interlocutor: “Lo que más me encanta de la CDMX es ese aire de cordialidad que
tienen los conductores de automóviles” y el interlocutor, perplejo, protesta:
“No, si más bien los conductores son hostiles y malhumorados, ¿qué no te has
fijado?”. No hay remedio, el tonto no captó el sentido irónico y habrá que
hablarle con literalidad chata y plana para entendernos.
La cuarta forma de reaccionar ante la
ironía es el enojo, hacer una pataleta y exigir disculpas a quien ha formulado
la ironía, no porque haya sido irónico sino porque el tonto de catálogo
–estúpido en buen español- no sólo ha tomado en sentido literal el comentario
irónico, sino que además quiere salir del paso, ante una ironía que lo ha
exhibido como un palurdo o un mentiroso, jugando el papel de doncella ofendida
en su pudibundez.
Las personas inteligentes pueden
decodificar el proceso ironía-reacción mucho más rápido que el resto de los
mortales. La ironía es la inteligencia jugando, pero el mundo está lleno de
gente que no sabrá apreciarla.
Uno puede nacer con un nivel de
inteligencia mayor o menor que la media — hay distintos tipos de inteligencia,
en este caso me refiero a aquella que te aporta rapidez mental—, pero
aumentarlo o simplemente mantenerlo depende del alimento que le demos a nuestra
mente. Si nos limitamos a consumir productos básicos que no suponen ningún
aliciente, nuestra mente no tendrá que trabajar y se volverá perezosa,
provocando que no entendamos los mensajes que otras personas nos envían. La
ironía es una especia que hace las ideas más atractivas al paladar mental y
tiene un gusto inteligente.
PS
En este tercer decenio del s. XXI
casi todo el mundo reacciona en los modos tres y cuatro. La literalidad de las
redes sociales, el impacto de los algoritmos en las conversaciones y la IA han
venido a desecar el ingenio y a ahogar la ironía; por no hablar de la falta de
lecturas del internauta. Ahora la gente desconfía de los comentarios irónicos
(cuando no se ofende por mal interpretarlos) y ya casi nadie parece captarla;
mucho menos apreciarla. La ironía dificilmente tiene cabida en las charlas y menos que
menos en los entornos digitales que homogeneizan las conversaciones.