28 de julio de 2026

Mayorías minoritarias

 

Hoy día ya nadie se siente suficientemente representado por las mayorías democráticas; todo el mundo reclama una representación propia:  blancos, negros, orientales, occidentales, latinos, indígenas, ciegos, cojos, mancos, tuertos, impedidos físicos, LGBT similares y conexos, todosexuales, nadasexuales, altos, bajos, gordos, flacos, sordos, ambientalistas, vegetarianos, veganos, animalistas, perristas, ciclistas, cochistas, feministas, masculinistas, nerds, artistas, runners, glutenfree-ers, ateos, espiritistas, terraplanistas y un largo etcétera.

Por ese camino ni la nacionalidad ni la ley nos cobija a todos por igual, sino que hay que estar haciendo excepción o legislación especial para cada grupo que se siente minoritario y vulnerable. Mientras más agresivo se ponga, o más lobby haga (el/la que no chilla no mama), habrá que hacerle más concesiones. Así, la mayoría democrática queda reducida a un colectivo que, aparentemente, ya no representa a nadie.

22 de julio de 2026

En vías de extinción

 

La ironía es un reactivo infalible para detectar tontos. La ironía funciona en muchas conversaciones igual que el papel tornasol para comprobar la acidez o la alcalinidad de una sustancia. Ante una ironía el interlocutor puede reaccionar de distintas maneras que reflejan, cada una de ellas, su inteligencia, su tontería o una estupidez de catálogo.

La forma más inteligente de reaccionar es obsequiar, a quien nos dedica un comentario irónico, con una respuesta igualmente irónica que marque una pauta de cordial inteligencia –alejada lo mismo de la petulancia erudita que del embobamiento– para el resto de la conversación. Es lo que los franceses llamarían "avoir de l'esprit" en la conversación o tener una inteligencia "pleine d'esprit".

Una segunda manera de reaccionar ante la ironía es pasarla por alto, no porque no se ha entendido el sentido del comentario irónico sino simplemente porque no se desea establecer –por la razón que fuese– un entorno de complicidad intelectual con el interlocutor; esto, cuando es pertinente, también es signo de inteligencia.

Una tercera forma de reaccionar ante la ironía consiste también en pasarla por alto como tal (como ironía) porque se le ha tomado en sentido literal. Aquí ya hay una clara indicación de tontería en el interlocutor, quien se muestra incapaz de captar lo que es justamente la ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice). Si Juan dice a su interlocutor: “Lo que más me encanta de la CDMX es ese aire de cordialidad que tienen los conductores de automóviles” y el interlocutor, perplejo, protesta: “No, si más bien los conductores son hostiles y malhumorados, ¿qué no te has fijado?”. No hay remedio, el tonto no captó el sentido irónico y habrá que hablarle con literalidad chata y plana para entendernos.

La cuarta forma de reaccionar ante la ironía es el enojo, hacer una pataleta y exigir disculpas a quien ha formulado la ironía, no porque haya sido irónico sino porque el tonto de catálogo –estúpido en buen español- no sólo ha tomado en sentido literal el comentario irónico, sino que además quiere salir del paso, ante una ironía que lo ha exhibido como un palurdo o un mentiroso, jugando el papel de doncella ofendida en su pudibundez.

Las personas inteligentes pueden decodificar el proceso ironía-reacción mucho más rápido que el resto de los mortales. La ironía es la inteligencia jugando, pero el mundo está lleno de gente que no sabrá apreciarla.

Uno puede nacer con un nivel de inteligencia mayor o menor que la media — hay distintos tipos de inteligencia, en este caso me refiero a aquella que te aporta rapidez mental—, pero aumentarlo o simplemente mantenerlo depende del alimento que le demos a nuestra mente. Si nos limitamos a consumir productos básicos que no suponen ningún aliciente, nuestra mente no tendrá que trabajar y se volverá perezosa, provocando que no entendamos los mensajes que otras personas nos envían. La ironía es una especia que hace las ideas más atractivas al paladar mental y tiene un gusto inteligente.


PS

En este tercer decenio del s. XXI casi todo el mundo reacciona en los modos tres y cuatro. La literalidad de las redes sociales, el impacto de los algoritmos en las conversaciones y la IA han venido a desecar el ingenio y a ahogar la ironía; por no hablar de la falta de lecturas del internauta. Ahora la gente desconfía de los comentarios irónicos (cuando no se ofende por mal interpretarlos) y ya casi nadie parece captarla; mucho menos apreciarla. La ironía dificilmente tiene cabida en las charlas y menos que menos en los entornos digitales que homogeneizan las conversaciones.

 

26 de mayo de 2026

Higgs y la producción científica

 

Peter Higgs (el del bosón) confesó que hoy día no conseguiría (o no podría mantener) un puesto académico en alguna universidad. Estaba describiendo la transformación silenciosa de la universidad contemporánea: de un espacio para pensar a una máquina obsesionada con la productividad y con medir esa productividad.

La ironía es brutal. El hombre que ayudó a explicar por qué la materia tiene masa, uno de los planteamientos intelectuales más importantes del último siglo, sospechaba que el sistema actual lo habría considerado improductivo. El que fue uno de los físicos más importantes del mundo publicó menos de diez artículos (10!!), evitaba el espectáculo académico y desconfiaba profundamente de la hiperactividad científica.

La ciencia moderna busca originalidad, pero al mismo tiempo premia velocidad en publicar, volumen publicado y visibilidad en editoriales y redes. El investigador contemporáneo no solo debe pensar, debe hacerlo rápido, debe producir y su producción debe ser medida: publicar constantemente, acumular citas de sus trabajos, gestionar redes, conseguir financiamiento para las investigaciones, alimentar algoritmos institucionales, demostrar impacto cuantificable de su trabajo y lograr que se mencione a su universidad, todo esto en periodos cada vez más cortos.

El resultado: una ciencia incapaz de tolerar el tiempo lento que requiere la maduración de las grandes ideas. ¿Por qué? Porque los grandes avances rara vez aparecen bajo condiciones de vigilancia permanente. El trabajo que condujo al bosón de Higgs necesitó décadas de teoría física, de especulación, errores y espacios intelectuales sin utilidad inmediata.

Hoy, no obstante, la academia funciona cada vez más como un mercado financiero del conocimiento, que privilegia lo que genera retornos rápidos y visibles (los que hemos hecho investigación en el Tec lo sabemos muy bien). La curiosidad de saber compite contra los indicadores de desempeño. Así, el investigador aprende que sobrevivir puede ser más importante que arriesgarse intelectualmente.

Mientras la universidad enfrenta dificultades de captación, recortes, precarización y presión por resultados inmediatos, la pregunta ya no es si estamos produciendo más artículos científicos que contribuyan al prestigio de la institución (claramente estamos ante una hiperproducción); la pregunta es, más bien, ¿estamos construyendo un entorno capaz de producir las grandes ideas que transforman nuestra comprensión del mundo?

Parece que ya no...