17 de febrero de 2026

Tecnología y educación

 

Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.

Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?

El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano, el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se utilizan.

Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo son incapaces de seguir instrucciones largas.

¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar el aprendizaje de los estudiantes?”.

El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.

 


16 de febrero de 2026

La educación como rehén

 

Se dice que el despido de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP es una nueva etapa en la definición de los contenidos para los libros de texto que reciben los niños y adolescentes de México. Pero yo tengo mis dudas de que esto vaya a ocurrir, al menos en el corto plazo.

La salida de Arriaga es la remoción de uno de los personajes más ideologizados del proyecto educativo nacional y al mismo tiempo una señal de que los vientos están cambiando en el actual gobierno.

Desde su puesto en la SEP, Arriaga fue el responsable intelectual de los libros de texto gratuitos de la ahora llamada “Nueva Escuela Mexicana” que sustituyeron contenidos y programa académicos bajo el concepto de transformar pedagógicamente desde un punto de vista del “humanismo mexicano”.

Empero, varios especialistas en educación, maestros y padres de familia coincidieron en notar que dicho cambio no fue una modernización, sino una ideologización que puso al activismo político por encima de la formación educativa. En efecto, en el gobierno anterior, la educación pública fue concebida como una herramienta de transformación social con una clara intención política: difundir la narrativa de la autodenominada “Cuarta Transformación” en los contenidos, lenguaje y hasta ejemplos utilizados en los libros de todas las escuelas del país.

En lugar de robustecer las áreas débiles evidenciadas en la prueba PISA (matemáticas, comprensión lectora, ciencias), se prefirió incluir discursos izquierdistas de reivindicación social que no sustituyen el contenido académico, sacrificando calidad, evaluación y estándares en nombre de una causa política que combate el neoliberalismo.

Como dijo Raymundo Riva Palacio, al margen de sus errores, omisiones, reinterpretaciones históricas y pedagogía militante, los libros de texto gratuitos NO fueron un medio para mejorar el aprendizaje, sino para moldear las conciencias de los jóvenes a favor de la 4T.

La duda evidente es: ¿quién quedará ahora y qué traerá a esta tarea? La cuestión es preocupante, pues ya se sabe que en este gobierno la disciplina interna (y la lealtad al líder) es condición de permanencia y supervivencia y se antepone a la capacidad para ejercer el cargo.

Llegue quien llegue, no podrá hacer cambios inmediatos. No solo porque ya lo dijo la señora presidenta en su homilía matinal, sino por la sencilla razón de que los libros no son la causa de la remoción del señor Arriaga, sino más bien su falta de disciplina ante el poderoso secretario titular Mario Delgado. Además, el ciclo escolar va a la mitad y los materiales ya fueron distribuidos; en estas condiciones un cambio no puede hacerse de la noche a la mañana.

No obstante, sí sería deseable que comenzara un proceso de revisión técnica de todos los materiales para eliminar los errores (que son muchos), recuperar contenidos (en especial en matemáticas ciencias), promover el desarrollo de habilidades para el s. XXI e impulsar una perspectiva menos ideologizada.

Pero lo más delicado será recuperar la confianza en estos materiales. Los maestros y los padres de familia necesitan la certeza de que el sistema educativo mexicano no será nuevamente un rehén de los vaivenes ideológicos del gobierno. La educación no puede ni debe convertirse en campo de batalla político. Los niños que hoy cursan primaria y secundaria no tendrán otra oportunidad para aprender lo que no se les enseñe ahora. El mañana es hoy.

Notas y comenteios sobre el artículo La educación, rehén de vaivenes políticos, de Alejo Sánchez Cano, publicado en El Financiero el 16 de febrero de 2026.

13 de febrero de 2026

Saber estudiar


Ojalá el problema de mis alumnos fuera que no estudian. Eso tendría una solución muy sencilla: que estudien. Pero el problema va más allá de su voluntad individual y, por tanto, sobrepasa la demanda de responsabilidad que habitualmente se les hace en la universidad. Lo que ocurre es que, cada vez en mayor proporción, mis alumnos no saben lo que es estudiar. Una buena parte de ellos proviene de colegios en los que no se cree en el valor educativo de las evaluaciones, que es algo así como no creer en el valor humidificador del agua. Esos alumnos no es que no estudien, ni que no sepan estudiar, sino que desconocen lo que es el estudio. Creen que estudiar para un examen consiste en mirar sus apuntes, leerlos y entenderlos. "Pero, ¡¿cómo no los van a entender?!", me desgañito, "¡¡pero si están escritos en español!!"

Estos alumnos desconocen que estudiar para un examen no es entender lo que se lee (¡qué menos!) sino ser capaz de reproducirlo, demostrar que se han apropiado de ese conocimiento y que son capaces, por tanto, de expresarlo por sí mismos. No entienden que, muchas veces, estudiar es aburrido, que no apetece, que cuesta. Y no entienden, sobre todo, que eso no significa que no deban hacerlo. Lo más indignante es que, cuando hablo con ellos sobre esto, y les digo que no tienen la culpa, pero sí la responsabilidad de recuperar el tiempo perdido, sonríen y entre chanza y chanza reconocen que no se tuvieron que esforzar nada en primaria ni en secundaria e incluso en la preparatoria. "Pues tendrán que hacerlo ahora que están en la universidad", les aviso, "y cuanto antes lo hagan menos les costará remontar la situación". Entender esto me ha llevado tiempo y me ha costado enfados que, quizá, me podía haber ahorrado.

No soy optimista. He llegado al punto de decirle a unos padres que valoraba mucho que a su hija le supiera mal reprobar. Y sabía que no era por el hecho de reprobar, sino por la amenaza de que le quitaran el móvil... ¡Pero al menos le dolía y le servía de acicate! A los profesores nos están quitando muchas armas de persuasión. Los castigos son cada vez más contestados por los padres y las repeticiones son cada vez peor vistas por la administración. Muy temerario se me antoja confiar en la capacidad del profesorado para conseguir que los alumnos aprendan por amor al arte y no por apego al móvil, a la consola o al simple dolce far niente, que despunta como principal fuente de entretenimiento para las nuevas generaciones.


Fragmento adaptado de FUEGO SAGRADO. El valor educativo de la tradición, de Segundo Maestro.

Las palabras «vocación», «legado» o «estudio» no están de moda. En muchos ámbitos han adquirido, incluso, un sentido peyorativo. En estos tiempos es necesaria una reivindicación de esos conceptos como básicos y nucleares en la educación. Sobre todo frente a aquellas corrientes de pensamiento, hoy agrupadas en torno al movimiento woke, que pretenden orgullosamente romper lazos con el pasado y negarles a las generaciones futuras la herencia educativa que nos fue conferida y otorgada en custodia.

Vivimos un tiempo en el que, en nombre del progreso se derriban símbolos, se reescriben episodios, se condena el pasado por no estar a la altura de los criterios actuales. Se actúa como si la historia comenzara cada mañana y la identidad pudiera reinventarse a voluntad. Pero una memoria sin herencia es solo una técnica del resentimiento: una forma de manipular el pasado para justificar el presente. Y una herencia sin memoria se convierte en ritual vacío, en cáscara sin alma. Solo cuando concurren una y otra —como el árbol y sus raíces—, herencia y memoria pueden sostener una educación verdaderamente firme y verdaderamente humana.

11 de febrero de 2026

Oversharing

 

Imagen: Tute

"Publico, luego existo".

El fenómeno de publicar absolutamente todo en las redes sociales, conocido a menudo como oversharing (compartir en exceso) o extimidad (hacer pública la intimidad), responde a una compleja mezcla de necesidades psicológicas, validación social y diseño de las plataformas digitales. No es solo un hobby, sino una conducta que revela profundos vacíos emocionales y mecanismos de defensa. Es un intento de sentirse acompañado y paliar la soledad o la ansiedad al ganar Likes.

4 de febrero de 2026

Leer el periódico

 

Imagen: Freepik


Mencionaba yo en un posteo anterior (Vertiginosidad y lastre) que soy del tipo que creció y se formó en el mundo analógico. Por ello no es sorprendente que me guste leer el periódico en formato impreso. No hay nada mejor para acompañar el café de la mañana que la pausada lectura del diario.

A estas alturas del s. XXI, los periódicos clásicos, los impresos en papel, están en franca desaparición; uno ya solo se los topa en la sección de revistas de los Sanborns, pero como estas tiendas también están en vías de extinción del paisaje urbano, a los diarios impresos ya no les quedará ningún refugio (los kioskos de periódicos murieron primero, hace al menos diez años, y en los Oxxo tampoco se venden ya).

Ahora, las pocas personas que leen un diario lo hacen en una computadora, una tableta o un teléfono, es decir, se acercan a la lectura de noticias desde Internet, donde la competencia en este campo es feroz.

Los que hemos madurado leyendo periódicos hemos sido privilegiados, dice J.R. Chaves (En defensa de leer el periódico impreso). En aquellos tiempos, el diario impreso era una puerta abierta a la información y a la formación. Imprescindible para estar al día y sobre todo, su lectura proporcionaba un inmenso placer sin prisas los domingos por la mañana. Un ritual impagable.

Como dijo Gómez-Barata: los periódicos eran como el pan que está en todas las mesas, baratos y asequibles, y eran consumidos con igual placer por pobres y ricos, por lerdos y listos, por gente de ciudad y del campo, por intelectuales, científicos u ociosos; incluso por analfabetas, que miraban las fotos y con ello se quedaban muy conformes.

Hoy día, continúa Chaves, Internet es como una jungla caótica, mientras que los periódicos impresos son como un zoo ordenado de noticias por especies y listas para su examen por los visitantes. Uno encuentra fácilmente la sección que le interesa leer primero (nacionales, editoriales, deportes o historietas).

Poder leer las noticias en formato papel es un regalo de la civilización: es un reto de agudeza intelectual. La información que suministra debe ser rumiada antes de digerirla. En efecto, debemos recordar que los titulares hay que tenerlos “en libertad vigilada”. Es conocido el cínico lema de las facultades de periodismo: “No dejes que la verdad te estropee un buen titular”.

Comenta Chaves: es maravilloso el señorío del lector sobre su periódico: lo lee de atrás para adelante o al revés, o salteado. Se lee la letra pequeña, el titular o ambos. Se detiene en las esquelas, en lo internacional o en la agenda de la iglesia. Y por si fuera poco, uno puede discrepar sin que el periódico replique. ¿Hay mayor libertad?

El periódico ya leído es polivalente: para envolver, dibujar, secar superficies, avivar brasas de fuego, proteger superficies, etc. Incluso es reciclable, lo que la naturaleza agradece.

¿Y qué decir de la lealtad del periódico, como un perro fiel?, que puede estar a nuestro lado en el sofá, o en la cama, o esperarnos en el vehículo. Sin rechistar, siempre disponible.

A diferencia de un archivo digital, el papel ofrece una experiencia física (textura, olor, peso) que crea una conexión emocional más fuerte con el lector y hace que la información o el anuncio sean más memorables.

Los periódicos impresos siguen ofreciendo ventajas únicas que los formatos digitales no han podido replicar por completo, como:

Hace que las revistas sean más accesibles para quienes no tienen una conexión regular a internet o tienen dificultades para leer en una pantalla, especialmente en la de un teléfono.

Además, las revistas y los periódicos impresos no dependen de algoritmos ni de la conexión a internet. Su vida útil es mayor porque se pueden recopilar, consultar repetidamente o prestar, lo que naturalmente amplía su alcance.

Por último, desde la perspectiva de la retención de información, algunos estudios neurocientíficos demuestran que leer en papel promueve una mayor concentración, facilitando el procesamiento de datos y la memorización verbalizada en comparación con las pantallas.

Gran cosa, el periódico. Y gran placer leerlo y rumiarlo. Nos hace ser más grandes.