Hojas de apuntes
Notas, reflexiones e ironías sobre educación y sociedad contemporánea
16 de marzo de 2026
13 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (2ªp)
¿Qué es ser listo o qué ser
tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental,
superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para
resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto
se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los
errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia
suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo
vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y
enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su
parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas
o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas
generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más
tontas?
¿Cuáles son los fenómenos que
afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al
siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos
inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?
Como ya se mencionó en el
posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos
inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente
intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento
lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad
de procesamiento y la capacidad espacial.
Estas pruebas de IQ ya no se
consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI
debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de
alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia.
Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas
específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión
verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar
el potencial humano ha disminuido.
Veamos algunos factores que
afectan la inteligencia:
Lectura
Las encuestas de lectura del
INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA
evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes.
Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por
placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes
sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los
jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades
para comprender textos largos o conceptos complejos.
Y es que para la generación
que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los
periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad.
Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía
están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a
veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos
largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna
reflexión.
¿Leer solo textos breves de
Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener
práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a
mejorar en un campo profesional.
Alimentación
El consumo excesivo de
azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados
y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas,
este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y
de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente,
los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como
el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.
Entorno
Cuando se habla de si la
humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el
promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un
país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las
diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes:
aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos
de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también
es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay
libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y
juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas,
estrés constante y pocas oportunidades educativas.
Por supuesto que esa
diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro,
especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que
los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor
desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el
lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones
que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países,
sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden
estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente
por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas
notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior,
en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.
Vida urbana
También hay que tener en
cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que,
por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación.
También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces,
contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede
tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la
ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia
y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas,
coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga
mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera,
afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el
desarrollo neurológico.
Todo esto impacta en cómo se
piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona
no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en
condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento
intelectual.
Tecnología
Nunca como ahora se ha tenido
acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso
mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no
son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la
calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas
mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de
ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un
músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la
capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por
nosotros mismos.
Otro punto en contra tiene que
ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información:
algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que
completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el
esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.
Cuando las máquinas piensan
por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.
--
Aldo Bartra
El auge de la tecnología y el
acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la
manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos
investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar
erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.
Así pues, no hay indicios
fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia
de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la
influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se
está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más
significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico
y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo
de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está
dejando morir por desuso.
11 de marzo de 2026
5 de marzo de 2026
¿Las nuevas generaciones son más tontas? (1ªp)
En su última publicación en Edu
News (¿La generación Z es realmente “menos inteligente”?), Paulette Delgado
comenta que en fecha reciente ha crecido el debate sobre si la Generación Z
sería la primera en más de un siglo en obtener peores resultados cognitivos que
la anterior. Esta afirmación proviene del neurocientífico Jared Cooney Horvath,
quien ha señalado que los jóvenes nacidos entre 1997 y 2010 muestran descensos
en atención, memoria, lectoescritura, aritmética, función ejecutiva e incluso
en el coeficiente intelectual (IQ) general en comparación con generaciones
previas.
Pero antes de aceptar que
estamos ante una generación “menos inteligente”, conviene revisar qué se está
midiendo, cómo se mide y qué sabemos históricamente sobre la evolución de la
inteligencia.
El debate surgió tras una
audiencia ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del
Senado de Estados Unidos, en la que Horvath sostuvo que, por primera vez en
más de un siglo, los puntajes en pruebas estandarizadas de habilidades
cognitivas parecen haber disminuido en lugar de aumentar. Aunque los datos
completos aún no han sido publicados en una revista revisada por pares, el
argumento central es claro: estaríamos ante un quiebre en la tendencia
histórica.
Esto contrasta con el patrón
observado durante gran parte del siglo XX, cuando las escalas de inteligencia y
de rendimiento académico mostraron aumentos sostenidos generación tras
generación, fenómeno conocido como Efecto Flynn. ¿Pero qué
están midiendo exactamente estos datos?
Los hallazgos se basan en
puntuaciones de pruebas académicas y cognitivas que evalúan habilidades como
atención sostenida, memoria de trabajo, comprensión lectora, razonamiento
lógico, habilidades numéricas y funciones ejecutivas básicas. Estas capacidades
son fundamentales, correlacionándose con el éxito escolar y ciertos desempeños
laborales. Sin embargo, no capturan la totalidad de las habilidades humanas, en
especial de las generaciones actuales.
Una de las explicaciones
propuestas apunta al uso generalizado de la tecnología digital. Según esta
hipótesis, la Generación Z ha pasado más tiempo frente a
pantallas que cualquier generación anterior, tanto en contextos educativos como
recreativos, lo que habría transformado la manera en que procesa la
información.
Los dispositivos digitales
suelen sustituir libros extensos por lecturas fragmentadas y contenidos breves.
Las redes sociales y los videos cortos ofrecen recompensas inmediatas que
compiten con tareas cognitivamente exigentes. Además, la educación mediada por
la tecnología ha modificado las dinámicas tradicionales de aprendizaje.
Coloquialmente, algunos llaman
“brain
rot” a la sensación de que la exposición constante a estímulos digitales
fragmenta la atención y reduce la profundidad de procesamiento. Sin embargo,
correlación no implica causalidad. La relación entre pantalla y cognición es
compleja y multifactorial. La digitalización es solo una pieza en un contexto
que incluye transformaciones sociales, económicas, pedagógicas y culturales más
amplias.
También influyen los efectos
de la pandemia, la escolarización remota prolongada, las desigualdades
educativas y los cambios en las metodologías de evaluación. Centrar todo el
debate en la tecnología simplifica un fenómeno estructural.
Delgado sostiene que calificar
a toda una generación como “menos inteligente” sin contextualización científica
alimenta estigmas y polariza el diálogo. Más allá del titular, la discusión ha
puesto en el centro temas urgentes: la relación entre tecnología y mente, la
calidad del aprendizaje y, sobre todo, la manera en que medimos el desarrollo
humano.
Lo que está en juego no es si
esta generación es “menos inteligente”, sino nuestra capacidad para adaptarnos
a un entorno informativo radicalmente nuevo sin perder de vista lo esencial de
la educación: profundidad, curiosidad y pensamiento crítico.
El Efecto
Flynn demostró que las puntuaciones del IQ son sensibles al entorno cultural
y educativo. La inteligencia medida no es fija ni inmutable, sino que
interactúa con el contexto. Aquí el debate actual cobra relevancia.
En varios países
desarrollados, como Francia, Noruega, Dinamarca y Reino Unido, investigaciones
han documentado que el aumento sostenido del IQ parece haberse estancado o
incluso revertido en las últimas décadas. Este fenómeno, conocido como “Efecto
Flynn negativo”, no implica una caída dramática del potencial humano, sino
un cambio en la tendencia histórica.
Si durante décadas cada
generación superó a la anterior en pruebas estandarizadas, hoy esa curva parece
haberse estabilizado o descender ligeramente en ciertos contextos.
Entre las posibles
explicaciones se encuentran transformaciones en sistemas educativos, cambios en
hábitos de lectura y modificaciones en los estilos cognitivos predominantes.
La afirmación de que la Generación
Z muestra puntajes más bajos se inserta, entonces, en una discusión más
amplia: ¿estamos observando el fin del impulso ambiental que alimentó el Efecto
Flynn?, se pregunta Delgado.
Horvath y otros investigadores
señalan la exposición constante a pantallas como factor decisivo para el menor
puntaje cognitivo. La Generación Z es la primera en crecer
con internet móvil, redes sociales y algoritmos diseñados para maximizar la
atención. En muchos casos, una parte significativa del tiempo despierto
transcurre frente a dispositivos digitales.
Desde esta perspectiva, el
aprendizaje profundo requiere fricción cognitiva: enfrentarse a textos largos,
sostener la atención en tareas complejas y tolerar la confusión inicial antes
de comprender. Cuando el entorno privilegia la velocidad y la inmediatez, el
cerebro se adapta a esa dinámica. La cuestión no es que los jóvenes sean
incapaces de pensar profundamente, sino que el ecosistema digital puede estar
reforzando otras habilidades: escaneo rápido, multitarea y respuesta
inmediata.
Aquí el Efecto
Flynn ofrece una lección clave. Si durante décadas el aumento del IQ estuvo
ligado a cambios culturales y educativos, también es plausible que las
transformaciones digitales estén modificando el tipo de habilidades que se
desarrollan con mayor intensidad.
Las pruebas estandarizadas
valoran la memoria de trabajo, la atención sostenida, el razonamiento
secuencial y la comprensión lectora profunda. El entorno digital, en cambio,
fomenta la navegación entre múltiples fuentes, el reconocimiento rápido de
patrones y la adaptabilidad informativa. La pregunta central, dice Delgado, no
es si las nuevas generaciones son “más tontas”, sino si estamos
evaluando con instrumentos diseñados para un mundo previo a la
hiperconectividad.
Más que un declive definitivo,
podríamos estar ante una transición, sostiene Delgado. El desafío para la
educación no es regresar nostálgicamente al pasado analógico, sino encontrar un
equilibrio entre tecnología y profundidad, velocidad y reflexión, conectividad
y concentración.
Si algo revela esta discusión,
no es que una generación esté perdida, sino que la inteligencia depende del
ecosistema en el que se cultiva y se evalúa. Y cuando el entorno cambia
radicalmente, también lo hacen las métricas.
Si observamos estancamientos o
descensos en ciertos indicadores, la respuesta no es alarmarse, sino el
análisis crítico: ¿Qué estamos midiendo?, ¿Qué habilidades queremos fomentar?
¿Qué tipo de habilidades estamos cultivando? La inteligencia humana no se
evapora de una generación a otra, se adapta.
4 de marzo de 2026
3 de marzo de 2026
¿Y el esfuerzo?
En estos ingratos tiempos, en las escuelas se detesta la cultura del esfuerzo, el afán de superación, la búsqueda de la excelencia, la recompensa al esfuerzo para conseguir mejores resultados, la lucha por alcanzar las metas que cuestan o el aprender a recomenzar después de un fracaso.
20 de febrero de 2026
19 de febrero de 2026
Reír en el siglo XXI
Hacer reír en estos tiempos es todo un reto para no
ofender a alguno de los que escuchan. Las sociedades cambian sus normas de
conductas y entre ellas se cuenta la manera de hacer humor.
Hacer un chiste o soltar una
ocurrencia en la época actual se ha vuelto complejo… y hasta peligroso. Ahora
la hipersensibilidad social (aka woke), la cultura de la cancelación y los
cambios culturales han modificado profundamente lo que se considera aceptable
para el humor.
Vivimos en una sociedad con
una conciencia muy quisquillosa sobre temas de injusticia, desigualdad y preferencias
personales. Temas que antes se trataban sin tanta preocupación (estereotipos, gustos
sexuales, condiciones físicas) ahora se ven con severidad, reduciendo el
espacio para el humor.
El humor actual se caracteriza
por ser sencillo (casi diríamos plano), efímero y altamente digital, tanto en
temáticas como en medios. Según Jonathan Morales, de la Sociedad
Psicoanalítica de México, el humor debiera atravesar prejuicios, criticar
creencias y combatir opiniones. Si no molesta, si te deja indiferente, no ha
cumplido su función. Eso en la teoría, pero en la práctica es algo muy distinto
de lo que piensan nuestros jóvenes, sobre todo en las rede sociales.
Hacer un chiste hoy es difícil
porque el humor transgrede normas sociales y culturales que están en constante
evolución, lo que puede resultar incómodo o interpretarse como una amenaza a la
autoimagen en algunas personas cuya situación personal las hace más conscientes
de los límites, que se han vuelto más suspicaces y estrictas. Además, la
diversidad de sensibilidades, el contexto cultural y la inmediatez de la
opinión pública generan un entorno de alta presión donde un chiste puede
malinterpretarse muy fácilmente.
¿Por qué es tan difícil hacer
un chiste actualmente? Las cosas que dan risa han cambiado en esta época porque
el humor es un fenómeno cultural y social que evoluciona junto con las normas, las
costumbres, la tecnología y las experiencias compartidas de cada generación. Lo
que causaba gracia hace algunos años a menudo dependía de contextos sociales
diferentes, mientras que el humor actual refleja la inmediatez, la ironía y las
sensibilidades sociales del mundo digital. Cada generación tiene experiencias
de vida distintas, lo que provoca cambios en la visión de lo que es cómico.
Mientras los adultos pueden preferir formas más clásicas de humor (relaciones
familiares, vida laboral, estereotipos), los jóvenes se ríen de situaciones
irónicas que reflejan su realidad tecnológica-social, procurando no tocar los
temas de cuestiones de género, raza, apariencia o preferencias personales.
Para hacer un chiste
actualmente sin que alguien se sienta ofendido (cosa harto difícil), más bien
hay que enfocarse en el humor observacional (vida diaria), situaciones
absurdas, juegos de palabras o la autocrítica (reírse de uno mismo siempre
tiene pegue). Evitar ironías (muchos no las entienden), estereotipos, críticas
a grupos específicos o temas sensibles (aquí cabe casi todo), y usar la
exageración para crear situaciones inofensivas que generen conexión y
empatía.
Sencillito, ¿verdad?
Tal vez la siguiente imagen ayude
a entender cómo se espera que sea la jerarquía del humor en los chistes y
puntadas que se cuentan en este s. XXI: