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Mencionaba yo en un posteo
anterior (Vertiginosidad
y lastre) que soy del tipo que creció y se formó en el
mundo analógico. Por ello no es sorprendente que me guste leer el periódico en
formato impreso. No hay nada mejor para acompañar el café de la mañana que la pausada
lectura del diario.
A estas alturas del s. XXI,
los periódicos clásicos, los impresos en papel, están en franca desaparición;
uno ya solo se los topa en la sección de revistas de los Sanborns, pero
como estas tiendas también están en vías de extinción del paisaje urbano, a los
diarios impresos ya no les quedará ningún refugio (los kioskos de periódicos
murieron primero, hace al menos diez años, y en los Oxxo tampoco se
venden ya).
Ahora, las pocas personas que
leen un diario lo hacen en una computadora, una tableta o un teléfono, es
decir, se acercan a la lectura de noticias desde Internet, donde la competencia
en este campo es feroz.
Los que hemos madurado leyendo
periódicos hemos sido privilegiados, dice J.R. Chaves (En defensa de leer el
periódico impreso). En aquellos tiempos, el diario impreso era una puerta
abierta a la información y a la formación. Imprescindible para estar al día y
sobre todo, su lectura proporcionaba un inmenso placer sin prisas los domingos
por la mañana. Un ritual impagable.
Como dijo Gómez-Barata: los
periódicos eran como el pan que está en todas las mesas, baratos y asequibles,
y eran consumidos con igual placer por pobres y ricos, por lerdos y listos, por
gente de ciudad y del campo, por intelectuales, científicos u ociosos; incluso
por analfabetas, que miraban las fotos y con ello se quedaban muy conformes.
Hoy día, continúa Chaves, Internet
es como una jungla caótica, mientras que los periódicos impresos son como un
zoo ordenado de noticias por especies y listas para su examen por los
visitantes. Uno encuentra fácilmente la sección que le interesa leer primero
(nacionales, editoriales, deportes o historietas).
Poder leer las noticias en
formato papel es un regalo de la civilización: es un reto de agudeza
intelectual. La información que suministra debe ser rumiada antes de digerirla.
En efecto, debemos recordar que los titulares hay que tenerlos “en libertad
vigilada”. Es conocido el cínico lema de las facultades de periodismo: “No
dejes que la verdad te estropee un buen titular”.
Comenta Chaves: es maravilloso
el señorío del lector sobre su periódico: lo lee de atrás para adelante o al
revés, o salteado. Se lee la letra pequeña, el titular o ambos. Se detiene en
las esquelas, en lo internacional o en la agenda de la iglesia. Y por si fuera
poco, uno puede discrepar sin que el periódico replique. ¿Hay mayor libertad?
El periódico ya leído es
polivalente: para envolver, dibujar, secar superficies, avivar brasas de fuego,
proteger superficies, etc. Incluso es reciclable, lo que la naturaleza
agradece.
¿Y qué decir de la lealtad del
periódico, como un perro fiel?, que puede estar a nuestro lado en el sofá, o en
la cama, o esperarnos en el vehículo. Sin rechistar, siempre disponible.
A
diferencia de un archivo digital, el papel ofrece una experiencia física
(textura, olor, peso) que crea una conexión emocional más fuerte con el lector
y hace que la información o el anuncio sean más memorables.
Los
periódicos impresos siguen ofreciendo ventajas únicas que los formatos
digitales no han podido replicar por completo, como:
Hace
que las revistas sean más accesibles para quienes no tienen una conexión
regular a internet o tienen dificultades para leer en una pantalla,
especialmente en la de un teléfono.
Además,
las revistas y los periódicos impresos no dependen de algoritmos ni de la
conexión a internet. Su vida útil es mayor porque se pueden recopilar,
consultar repetidamente o prestar, lo que naturalmente amplía su alcance.
Por
último, desde la perspectiva de la retención de información, algunos estudios
neurocientíficos demuestran que leer en papel promueve una mayor concentración,
facilitando el procesamiento de datos y la memorización verbalizada en
comparación con las pantallas.
Gran
cosa, el periódico. Y gran placer leerlo y rumiarlo. Nos hace ser más grandes.