18 de agosto de 2026

La invasión de los necios

 


Hay una escena de la novela La conjura de los necios que sintetiza bastante bien el estado del debate público contemporáneo. Su protagonista, Ignatius J. Reilly, irrumpe en una reunión del Partido de la Pureza de Nueva Orleans y lo arrasa todo sin contemplación alguna. Le tiene sin cuidado el resto, no cede un milímetro, convencido como está de que su verborrea constituye un argumento impepinable. El escritor John K. Toole (1937-1969) plasma así con una crueldad cómica que la necedad rara vez se hace consciente de sí misma. Al contrario, se disfraza de indignación, de un supuesto sentido común e incluso de la voz del pueblo. Eso es lo que la hace tan difícil de combatir. El filósofo italiano Umberto Eco (1932-2016) alertó en algunas de sus últimas entrevistas sobre esa «invasión de necios» o «legión de idiotas» cuyo eco resuena sin filtro: los grandes medios de difusión –a destacar, las redes sociales– le han dado tribuna a quien antes tenía un taburete. El señor que hostigaba con sus teorías sobre la conspiración masónica detrás del precio del butano tenía, digamos en 1987, un radio de acción limitado al rellano. Hoy, ese «tonto del pueblo» tiene seguidores, columna de opinión implícita y, en algunos casos, escaño. La diferencia no estriba tanto en un cambio de actitud como en el algoritmo que descubrió que la indignación fácil retiene la atención más que la información contrastada.

La atención humana no es un mercado racional. Premia la excitación por encima de la precisión. Es por ello que la certeza iracunda y ciega se impone a la duda sosegada. Cuando en 2020 la OMS intentó comunicar la incertidumbre científica real sobre la transmisión del coronavirus –algo que los epidemiólogos consideran un ejercicio de honestidad metodológica– millones de personas acudieron en tropel hacia quienes les ofrecían lo contrario: certezas, villanos hollywoodienses identificables o, por lo general, soluciones de tres pasos. La complejidad fue aplastada por el show y la impaciencia, por la necedad.

El asunto genera un curioso cortocircuito en las categorías con las que acostumbramos pensar. El necio contemporáneo no es, necesariamente, el menos leído. Hay una nueva variante, más sofisticada y peligrosa, encarnada por el que ha leído mucho pero retiene únicamente lo que confirma lo creído de antemano. El ecosistema informativo actual fabrica expertos de sí mismos, todólogos que han escuchado algunas horas de podcasts sobre nutrición y por eso se estiman a años luz de cualquier endocrino, que han visto tres documentales sobre historia medieval y ya pueden corregir a medievalistas como el propio Umberto Eco. El conocimiento asimilado como accesorio identitario. La formación como postureo, muy al estilo satirizado por los cómicos de Pantomima Full.

El médico británico Andrew Wakefield publicó en 1998 su fraudulento estudio vinculando las vacunas con el autismo. The Lancet lo retiró en 2010 y Wakefield perdió la licencia médica. No obstante, su fantasma salpica todavía las decisiones sanitarias de millones de familias: la rectificación nunca viaja tan rápido ni suscita tanta emoción como la acusación original. Por decirlo gráficamente, el bulo tiene alas mientras que la corrección, muletas. En este desequilibrio estructural vive muy cómoda la invasión.

Aquí conviene deponer, con todo, cierta tentación intelectual que también es una forma de necedad. En concreto, la del iluminado que contempla el desastre desde arriba, suspira con elegancia y concluye con aires de superioridad moral que la humanidad no tiene remedio. Esa pose tiene mucho predicamento en los ambientes culturales europeos y es, a su manera, otra forma de pereza y de necedad. Es un diagnóstico desde el balcón.

Cuando el Parlamento Europeo debatió en 2019 la directiva sobre calidad del agua potable, distintos lobbies industriales coordinaron campañas de desinformación tan eficaces que consiguieron que ciudadanos corrientes salieran a defender los intereses de empresas embotelladoras creyendo defender su propia libertad. He aquí la dinámica: encontrar el miedo adecuado, alentar cierto espíritu conspiranoico, traducirlo al idioma de la identidad colectiva y dejar que la indignación haga el trabajo sucio.

La invasión de los necios no es, así pues, un aquelarre de bobos ignorantes que se congregan contra el saber. Es algo más sutil: un sistema de incentivos que recompensa la pobreza intelectual y penaliza el matiz, que convierte la duda en debilidad o la rectificación en una derrota. Mientras corregirse públicamente sea un suicidio social y mantener el error una señal de coherencia, seguiremos eligiendo, cada vez que abrimos la boca o Instagram, en qué bando de la invasión queremos estar.

Tristemente, Ignatius Reilly nunca rectificó. En la novela, ahí reside la broma; fuera de ella, el problema.

Ref.

Alejandro Villamor. La invasión de los necios, Ethic, agosto de 2026.



5 de agosto de 2026

La sociedad que ya somos

 


Imagen: Erdely, A. (2026, julio). Las jorobas del examen de admisión. X.


En el reciente examen de ingreso a nivel licenciatura de la UNAM miles de aspirantes cometieron algún tipo de conducta irregular contraria a la convocatoria y a la más elemental honestidad. El analista político Ciro Murayama comentaba en su nota de hoy en El Financiero que la evidencia indica que 9 de cada 10 aspirantes originalmente aceptados se valieron de ayudas indebidas para aprobar el examen. En números redondos significa que 20 mil sustentantes pudieron incurrir en algún tipo de práctica fraudulenta para poder ingresar a la universidad. Esta cifra da vértigo… y es deprimente. Pinta de cuerpo entero a la sociedad que ya somos.

En estos días la discusión pública le ha pegado duro a la UNAM por los errores involucrados en esta implantación, pero ¿quién se está haciendo cargo del descomunal ejemplo de deshonestidad masiva que nos está mostrando?

Como sociedad es necesario cuestionarnos en qué nos hemos equivocado para no solo normalizar (y hasta justificar) la trampa y la mentira, sino incluso haberlas asimilado como factores necesarios de nuestro comportamiento colectivo, comenta en su columna de La Crónica el profesor Joaquín Narro.

Una de las nefastas consecuencias que el avance tecnológico nos ha traído, continúa Narro, es la de aprovechar el uso de la inteligencia artificial para realizar conductas que nada tienen que ver con el comportamiento ético que tendría que regir a una colectividad, en este caso, la de los jóvenes que aspiran a alcanzar un lugar en la Universidad.

Lo más grave de todo esto es encontrar en las redes sociales el testimonio de jóvenes afirmando que, si hacer trampa les permitía alcanzar su sueño de ingresar a la UNAM, entonces esta no solo se encontraba justificada, sino que incluso sería tonto no aprovecharse de ello.

Lo alarmante de esto es la demostración de que como sociedad hemos alcanzado una triste hondura en la que la honestidad no solo carece de valor, sino que es sinónimo de ingenuidad y torpeza. Ahora ensalzamos a los estafadores que aprovechan las zonas grises y los recovecos de la tecnología para vulnerar la verdad y barrer la honradez.

¿Estos son los jóvenes que queremos? ¿Es este el uso que esperamos de la tecnología? La sociedad no puede fundar su existencia en el engaño como mecanismo para alcanzar el éxito por encima de las aspiraciones e ideales que nos permiten ser y existir como colectividad.

 

Referencias

Murayama, C. (2026, agosto). El derecho de acceder a la UNAM. El Financiero.

Narro, J. (2026, agosto). La inteligencia artificial y la sociedad por venir (II). La Crónica de Hoy.


28 de julio de 2026

Mayorías minoritarias

 

Hoy día ya nadie se siente suficientemente representado por las mayorías democráticas; todo el mundo reclama una representación propia:  blancos, negros, orientales, occidentales, latinos, indígenas, ciegos, cojos, mancos, tuertos, impedidos físicos, LGBT similares y conexos, todosexuales, nadasexuales, altos, bajos, gordos, flacos, sordos, ambientalistas, vegetarianos, veganos, animalistas, perristas, ciclistas, cochistas, feministas, masculinistas, nerds, artistas, runners, glutenfree-ers, ateos, espiritistas, terraplanistas y un largo etcétera.

Por ese camino ni la nacionalidad ni la ley nos cobija a todos por igual, sino que hay que estar haciendo excepción o legislación especial para cada grupo que se siente minoritario y vulnerable. Mientras más agresivo se ponga, o más lobby haga (el/la que no chilla no mama), habrá que hacerle más concesiones. Así, la mayoría democrática queda reducida a un colectivo que, aparentemente, ya no representa a nadie.

22 de julio de 2026

En vías de extinción

 

La ironía es un reactivo infalible para detectar tontos. La ironía funciona en muchas conversaciones igual que el papel tornasol para comprobar la acidez o la alcalinidad de una sustancia. Ante una ironía el interlocutor puede reaccionar de distintas maneras que reflejan, cada una de ellas, su inteligencia, su tontería o una estupidez de catálogo.

La forma más inteligente de reaccionar es obsequiar, a quien nos dedica un comentario irónico, con una respuesta igualmente irónica que marque una pauta de cordial inteligencia –alejada lo mismo de la petulancia erudita que del embobamiento– para el resto de la conversación. Es lo que los franceses llamarían "avoir de l'esprit" en la conversación o tener una inteligencia "pleine d'esprit".

Una segunda manera de reaccionar ante la ironía es pasarla por alto, no porque no se ha entendido el sentido del comentario irónico sino simplemente porque no se desea establecer –por la razón que fuese– un entorno de complicidad intelectual con el interlocutor; esto, cuando es pertinente, también es signo de inteligencia.

Una tercera forma de reaccionar ante la ironía consiste también en pasarla por alto como tal (como ironía) porque se le ha tomado en sentido literal. Aquí ya hay una clara indicación de tontería en el interlocutor, quien se muestra incapaz de captar lo que es justamente la ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice). Si Juan dice a su interlocutor: “Lo que más me encanta de la CDMX es ese aire de cordialidad que tienen los conductores de automóviles” y el interlocutor, perplejo, protesta: “No, si más bien los conductores son hostiles y malhumorados, ¿qué no te has fijado?”. No hay remedio, el tonto no captó el sentido irónico y habrá que hablarle con literalidad chata y plana para entendernos.

La cuarta forma de reaccionar ante la ironía es el enojo, hacer una pataleta y exigir disculpas a quien ha formulado la ironía, no porque haya sido irónico sino porque el tonto de catálogo –estúpido en buen español- no sólo ha tomado en sentido literal el comentario irónico, sino que además quiere salir del paso, ante una ironía que lo ha exhibido como un palurdo o un mentiroso, jugando el papel de doncella ofendida en su pudibundez.

Las personas inteligentes pueden decodificar el proceso ironía-reacción mucho más rápido que el resto de los mortales. La ironía es la inteligencia jugando, pero el mundo está lleno de gente que no sabrá apreciarla.

Uno puede nacer con un nivel de inteligencia mayor o menor que la media — hay distintos tipos de inteligencia, en este caso me refiero a aquella que te aporta rapidez mental—, pero aumentarlo o simplemente mantenerlo depende del alimento que le demos a nuestra mente. Si nos limitamos a consumir productos básicos que no suponen ningún aliciente, nuestra mente no tendrá que trabajar y se volverá perezosa, provocando que no entendamos los mensajes que otras personas nos envían. La ironía es una especia que hace las ideas más atractivas al paladar mental y tiene un gusto inteligente.


PS

En este tercer decenio del s. XXI casi todo el mundo reacciona en los modos tres y cuatro. La literalidad de las redes sociales, el impacto de los algoritmos en las conversaciones y la IA han venido a desecar el ingenio y a ahogar la ironía; por no hablar de la falta de lecturas del internauta. Ahora la gente desconfía de los comentarios irónicos (cuando no se ofende por mal interpretarlos) y ya casi nadie parece captarla; mucho menos apreciarla. La ironía dificilmente tiene cabida en las charlas y menos que menos en los entornos digitales que homogeneizan las conversaciones.