¿Qué es ser listo o qué ser
tonto? En términos muy generales, ser listo implica tener rapidez mental,
superioridad intelectual al promedio, una cierta astucia y eficacia para
resolver problemas prácticos y adaptarse al entorno. Por otro lado, ser tonto
se asocia con la falta de entendimiento, la incapacidad para aprender de los
errores o la creencia equivocada de ser superior mentalmente. La inteligencia
suele asociarse más a la capacidad analítica, técnica y teórica, a menudo
vinculada a entornos académicos. Ser listo se percibe como ser más práctico y
enfocado en la supervivencia o el éxito social/económico inmediato. Por su
parte, ser tonto se vincula con no comprender las causas profundas de las cosas
o a repetir errores por no entender el entorno. Así pues, ¿las nuevas
generaciones son menos inteligentes?, ¿son más bien listas?, ¿o de verdad son más
tontas?
¿Cuáles son los fenómenos que
afectan a la inteligencia, que en este siglo XXI se han modificado respecto al
siglo anterior, para aseverar que las nuevas generaciones son “menos
inteligentes”? Y, sobre todo, ¿cómo se mide eso?
Como ya se mencionó en el
posteo anterior, la afirmación de que las nuevas generaciones son menos
inteligentes proviene de la aplicación de pruebas estandarizadas de coeficiente
intelectual (IQ) que evalúan habilidades como el razonamiento
lógico-matemático, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad
de procesamiento y la capacidad espacial.
Estas pruebas de IQ ya no se
consideran totalmente representativas de la inteligencia humana en el s. XXI
debido a una combinación de cambios sociales, económicos, tecnológicos, de
alimentación, educativos y una comprensión más amplia de lo que constituye la inteligencia.
Aunque siguen siendo herramientas útiles para medir capacidades cognitivas
específicas (especialmente el razonamiento lógico-matemático y la comprensión
verbal), su habilidad para predecir la inteligencia de una persona o reflejar
el potencial humano ha disminuido.
Veamos algunos factores que
afectan la inteligencia:
Lectura
Las encuestas de lectura del
INEGI (Módulo sobre lectura – MOLEC) y los resultados de la prueba PISA
evidencian una fuerte disminución en los hábitos de lectura de los jóvenes.
Según los datos del MOLEC 2025, solo el 48% informó leer libros o revistas por
placer, en tanto que el 90% reconoció leer lo que se publica en las redes
sociales. Por su parte, la prueba PISA de 2022 reportó que el 53% de los
jóvenes apenas identifica la idea principal de un texto, tiene dificultades
para comprender textos largos o conceptos complejos.
Y es que para la generación
que ha pasado toda su vida con teléfonos inteligentes, los libros, los
periódicos y las revistas tienen cada vez menos presencia en su cotidianeidad.
Pero eso no quiere decir que dejen de leer. Claro, los adolescentes todavía
están leyendo… leen las leyendas de Instagram, los comentarios de YouTube, y a
veces uno que otro texto –breve- por exigencia escolar, pero no artículos
largos que exploren temas profundos y requieran pensamiento crítico y alguna
reflexión.
¿Leer solo textos breves de
Internet te hace más tonto? No necesariamente, pero seguro no ayuda a tener
práctica con textos largos y complejos, a ser más crítico y racional o a
mejorar en un campo profesional.
Alimentación
El consumo excesivo de
azúcares añadidos en la alimentación actual, impulsado por alimentos procesados
y bebidas, también afecta a la inteligencia. Según observaciones empíricas,
este exceso afecta la memoria, el estado de ánimo, las capacidades cognitivas y
de concentración (Rajiv Uttam, 2024, Paediatric Care). Afortunadamente,
los investigadores también encontraron que los alimentos con ácidos grasos como
el omega-3 contrarrestan el atontamiento producido por el azúcar.
Entorno
Cuando se habla de si la
humanidad se está volviendo menos inteligente, muchas veces se mira solo el
promedio. Y claro, si observamos que el IQ medio bajó algunos puntos en un
país, suena preocupante, pero lo que los promedios no muestran son las
diferencias internas, que pueden evidenciar desigualdades cognitivas fuertes:
aunque el promedio general no cambie mucho, la distancia entre distintos grupos
de análisis puede estar creciendo y esta brecha en términos prácticos también
es alarmante. Considérese la diferencia entre crecer en un entorno donde hay
libros, buena alimentación, educación escolar de calidad y adultos que hablan y
juegan con sus hijos, frente a hacerlo en un hogar con carencias básicas,
estrés constante y pocas oportunidades educativas.
Por supuesto que esa
diferencia de entorno influye directamente en cómo se desarrolla el cerebro,
especialmente en los primeros años de vida. La neurociencia ha demostrado que
los niños que viven en condiciones de pobreza crónica tienden a tener un menor
desarrollo en áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y el
lenguaje. No es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones
que permitan que esa capacidad florezca. Y esto no ocurre solo entre países,
sino también dentro de regiones de un mismo país. Hay estudiantes que pueden
estar dos o tres años por detrás en habilidades cognitivas clave simplemente
por haber nacido en contextos o regiones más vulnerables. Esto se traduce en malas
notas en la escuela, menor IQ aparente, menos acceso a la educación superior,
en menores ingresos y en menores oportunidades a lo largo de la vida.
Vida urbana
También hay que tener en
cuenta el medio urbano. Hoy en día la mayoría de la gente vive en ciudades que,
por un lado, aseguran el acceso a más servicios y tecnología de comunicación.
También implica estar expuesto constantemente a ruido, tránsito, luces,
contaminación, inseguridad, estrés social y distracciones, todo lo cual puede
tener un efecto negativo en la capacidad cognitiva, fatigándola. Andar por la
ciudad, a pie o en auto, activa partes del cerebro relacionadas con la vigilancia
y la ansiedad, porque inconscientemente se está escaneando el entorno (personas,
coches, animales, semáforos, ruidos) todo el tiempo. Al largo plazo, esta carga
mental, aunada a la exposición a las partículas contaminantes de la atmósfera,
afecta funciones de la memoria, el autocontrol, la toma de decisiones y el
desarrollo neurológico.
Todo esto impacta en cómo se
piensa, se concentra y se regulan las emociones. Entonces, aunque una persona
no se siente menos inteligente, es posible su cerebro esté trabajando en
condiciones menos óptimas de las que debería, llevándolo a un menor rendimiento
intelectual.
Tecnología
Nunca como ahora se ha tenido
acceso a más información, más herramientas y más capacidad de cálculo. Pero eso
mismo nos está haciendo más dependientes, pues todas estas tecnologías ya no
son apoyos para la mente (como lo fueron en su momento el ábaco o la
calculadora), sino reemplazos. Y en la medida en que se delegan las tareas
mentales humanas en las máquinas, hay ciertas habilidades que se dejan de
ejercitar y se pierden (como la memoria o la lectura “larga”). Cual si fuera un
músculo, el cerebro también se atrofia si no se usa: ahora se entrena menos la
capacidad de retención, de conectar ideas y de analizar la información por
nosotros mismos.
Otro punto en contra tiene que
ver con la manera en que las plataformas digitales presentan la información:
algoritmos que predicen lo que se quiere ver, asistentes de escritura que
completan lo que se escribe, IAs que sugieren respuestas. Todo eso reduce el
esfuerzo cognitivo de la persona y reduce su capacidad de pensamiento crítico.
Cuando las máquinas piensan
por nosotros, no solo cambiamos cómo pensamos, sino también qué pensamos.
--
Aldo Bartra
El auge de la tecnología y el
acceso constante a dispositivos digitales ha transformado profundamente la
manera en que las personas procesan y usan la información. Por eso, algunos
investigadores piensan que esta forma de vivir hiperconectados podría estar
erosionando la calidad y capacidad de pensamiento.
Así pues, no hay indicios
fiables de que las nuevas generaciones se estén volviendo “más tontas”, pero sí hay evidencia
de que los cambios que se reflejan en las pruebas estandarizadas patentizan la
influencia del entorno en el desarrollo cognitivo. También demuestran que se
está perdiendo práctica en ciertas habilidades que antes eran más
significativas, pero se está ganando en otras áreas de acceso al conocimiento técnico
y cultural que son más relevantes para estos tiempos. La clave está en qué tipo
de inteligencia se está cultivando, cómo se está midiendo y cuál se está
dejando morir por desuso.