Al
hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a las
tecnologías de información (TIC) y, de unos años para acá, la inteligencia
artificial (IA). Aunque las TIC son una parte vital y de suma importancia, no son lo
más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para
integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el
estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.
Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado
humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al
aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los
docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?
El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano,
el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué de educar. Al
final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre
personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que
poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se
utilizan.
Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se
tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones
como la salud mental, las llamadas power skills (aka habilidades
blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por
mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado
se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están
llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, los niños y jóvenes ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las
pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo
son incapaces de seguir instrucciones largas.
¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la
tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas
generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnologías, la mayoría se
centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar
el aprendizaje de los estudiantes?”.
El futuro de la educación no puede reducirse a la tecnología.