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28 de enero de 2026
11 de diciembre de 2017
La invención de la ciencia
Fascinante (y difícil) libro que estudia el nacimiento del pensamiento científico desde las perspectivas histórica, filosófica y lingüista. Un “must” para todos los que nos interesamos en la ciencia, el pensamiento crítico o la historia de las ideas.
Muy recomendable lectura.
15 de noviembre de 2017
Demonia
Demonia es una breve colección de cuentos de terror que pretenden recorrer, según se lee en la contra portada del libro, “el amplio espectro de nuestras pesadillas y temores más arraigados”. Me parece que tal aseveración genera altas expectativas sobre el contenido y, para mi gusto, al final uno no puede evitar pensar: ¿Ya? ¿Eso fue todo el miedo?
Sin embargo, hay algo digno de señalar y de agradecer en estos cuentos: no hay zombies ni vampiros ni alienígenas ni ningún otro monstruo perseguidor de la raza humana con apremiantes necesidades alimenticias o en viaje de estudios antropológicos. En estos relatos el miedo, poco o mucho, sale de algo más elemental, más primitivo: la imaginación del lector, hábilmente conducida por la historia y luego desbocada por la ambigüedad intencional de su final.
En Demonia las historias empiezan con elementos rutinarios, banales, para luego irse volviendo algo cada vez más oscuro, con la aparición lenta pero persistente de “el mal” que se cierne como condición natural e ineluctable del entorno; una especie de cemento que mantiene unido el relato y le da solidez, pero que, como embudo, lo dirige hacia una única salida cuyo final desemboca en un hecho ambiguo desconcertante que deja abierta la puerta a la especulación del lector, a partir de una interpretación que estará basada en su imaginación y en los miedos que ésta despertó. No es un miedo a lo que leímos que pasó, sino a lo que suponemos que ocurrió.
Para mi gusto, el relato que mejo logra dicho efecto es el del espeleólogo “A donde voy siempre es de noche”. No es la historia en sí -que por sí misma es buena, bien escrita y no tiene un final que se sienta tirado de los cabellos-, es lo que creemos de ella lo que la vuelve aterradora. ¿De verdad era sangre seca lo que estaba en el piolet o sólo barro? ¿Iba en la mochila la cabeza del espeleólogo número uno? ¿Quién puede comprobar semejante historia si alguien se atreve a contarla? Este relato me gusta porque, de alguna manera, rompe la cuarta pared con el lector al decirle de manera directa que lo que leemos “puede ser una de esas historias que la gente cuenta en la carretera o en torno a una fogata”. Me resulta tan fascinante porque “siempre es más interesante toparse con un asesino que con un mentiroso”… o con un buen cuentacuentos.
Los otros cuentos no tienen esa maestría; sus finales se sienten falsamente neblinosos, como forzados para que encajen en un relato que no es el suyo: la mosca que sale volando del eructo del psiquiatra en “Moscas”, la tuerta de la fotografía en “El manuscrito…”, el sargento Gutiérrez mandando cerrar el búnker de cemento por si las dudas, o peor aún, la demonia con instintos maternales que inmola a todo el mundo menos a las cuatro personas que fueron testigo de la posesión satánica que protagonizó 20 años atrás…
No obstante lo anterior, me parece que Demonia resulta en general un buen conjunto de historias entretenidas sin más pretensiones que ayudarnos a pasar el rato con un poco de miedo.
Referencia:
Esquinca, B. (2011). Demonia. Primera edición. Oaxaca, México: Editorial Almadía.
Sin embargo, hay algo digno de señalar y de agradecer en estos cuentos: no hay zombies ni vampiros ni alienígenas ni ningún otro monstruo perseguidor de la raza humana con apremiantes necesidades alimenticias o en viaje de estudios antropológicos. En estos relatos el miedo, poco o mucho, sale de algo más elemental, más primitivo: la imaginación del lector, hábilmente conducida por la historia y luego desbocada por la ambigüedad intencional de su final.
En Demonia las historias empiezan con elementos rutinarios, banales, para luego irse volviendo algo cada vez más oscuro, con la aparición lenta pero persistente de “el mal” que se cierne como condición natural e ineluctable del entorno; una especie de cemento que mantiene unido el relato y le da solidez, pero que, como embudo, lo dirige hacia una única salida cuyo final desemboca en un hecho ambiguo desconcertante que deja abierta la puerta a la especulación del lector, a partir de una interpretación que estará basada en su imaginación y en los miedos que ésta despertó. No es un miedo a lo que leímos que pasó, sino a lo que suponemos que ocurrió.
Para mi gusto, el relato que mejo logra dicho efecto es el del espeleólogo “A donde voy siempre es de noche”. No es la historia en sí -que por sí misma es buena, bien escrita y no tiene un final que se sienta tirado de los cabellos-, es lo que creemos de ella lo que la vuelve aterradora. ¿De verdad era sangre seca lo que estaba en el piolet o sólo barro? ¿Iba en la mochila la cabeza del espeleólogo número uno? ¿Quién puede comprobar semejante historia si alguien se atreve a contarla? Este relato me gusta porque, de alguna manera, rompe la cuarta pared con el lector al decirle de manera directa que lo que leemos “puede ser una de esas historias que la gente cuenta en la carretera o en torno a una fogata”. Me resulta tan fascinante porque “siempre es más interesante toparse con un asesino que con un mentiroso”… o con un buen cuentacuentos.
Los otros cuentos no tienen esa maestría; sus finales se sienten falsamente neblinosos, como forzados para que encajen en un relato que no es el suyo: la mosca que sale volando del eructo del psiquiatra en “Moscas”, la tuerta de la fotografía en “El manuscrito…”, el sargento Gutiérrez mandando cerrar el búnker de cemento por si las dudas, o peor aún, la demonia con instintos maternales que inmola a todo el mundo menos a las cuatro personas que fueron testigo de la posesión satánica que protagonizó 20 años atrás…
No obstante lo anterior, me parece que Demonia resulta en general un buen conjunto de historias entretenidas sin más pretensiones que ayudarnos a pasar el rato con un poco de miedo.
Referencia:
Esquinca, B. (2011). Demonia. Primera edición. Oaxaca, México: Editorial Almadía.
10 de noviembre de 2017
La ternura de los lobos
La ternura de los lobos es una historia que transcurre en la frontera de colonización canadiense en la segunda mitad del siglo XIX, entre bosques, páramos, nieve y un frío omnipresente. Frío que se lleva en la sangre y en la manera de ser de los personajes que, por sus orígenes raciales y educativos, son secos, contenidos y fuertes. La acción se ubica en una región de naturaleza hostil donde culturas diversas (escoceses, noruegos, franceses, ingleses, iroqueses…) entrechocan al estar obligadas a vivir en los mismos espacios y pelear por los mismos recursos.
El relato es denso, agobiante y por momentos desconcertante de seguir al cambiar de párrafo o capítulo pues mezcla las voces de la protagonista, el “yo” de la Sra. Ross, con las impersonales del “ellos”, los tiempos presentes y pasados de los personajes en una mezcolanza narrativa que para algunas opiniones es una manera “refrescante” de relatar, pero que para el que esto escribe resulta confuso, como atropellado y falto de orden; una especie de madeja con varios hilos sueltos.
El hilo principal de la historia no me parece del todo original, aunque los elementos con los que se cuenta y que le dan un carácter local sí lo sean, pues quien haya leído El nombre de la rosa, de Umberto Ecco, reconocerá elementos similares del relato: documentos ocultos que encierran secretos poderosos que no se pueden revelar; pistas ocultas en trozos de papel aparentemente indescifrables; la muerte misteriosa de un personaje homosexual que desencadena dos búsquedas encarnizadas y opuestas, una dupla de investigadores con personalidades contrastadas y un misterio final que también se desvela en un “finis africae” (en este caso, un “finis canadiensis”) en medio de las muertes de quienes buscan acallarlo.
El aparente desenlace del relato se retrasa al grado que parece que vemos la acción como en cámara lenta: las acechanzas, los pasos sigilosos en la nieve, los tiros, las muertes de Stewart, Medio Hombre y Donald, todo ello lo estira la autora hasta el límite de los nervios del lector, quien en su interior pide a gritos que se defina algo, lo que sea, con tal de terminar con el suspenso agobiante.
El final queda como trunco, indefinido en varias de sus líneas narrativas y eso resulta frustrante: ¿Qué fue del trozo de hueso con la supuesta escritura india? ¿En qué acaba la participación del pobre Sturrock? ¿Qué sucede con Francis? ¿Qué hace el Sr. Ross? ¿Qué le depara a Line la vida en Dove River? ¿Qué hace la Sra. Ross una vez que descubre esa libertad y la posibilidad de amar a otro hombre? Este final de desenlace poco claro me hace recordar la escena última Lo que el viento se llevó, manteniendo hasta más allá del final el suspenso sobre el destino de los personajes.
El origen del nombre de la novela tampoco queda claro, ¿es referencia directa a los lobos que no se comieron a Line y sus hijos y “prefirieron” despacharse al caballo enfermo? ¿Es referencia a la emoción final de los sobrevivientes por las muertes de Donald o Stewart? ¿Es una metáfora que hace referencia al amor que nace entre la Sra. Ross y su guía indio Parker, ambos lobos en persecución de su presa Stewart? ¿Es referencia a todos los personajes, convertidos en lobos para poder sobrevivir en esas tierras inhóspitas, pero con afectos y amabilidades en sus corazones, en sus comportamientos?
El resultado de todo esto es un relato oscuro y agridulce del que no puedo decir que me haya gustado, pero tampoco que me haya desagradado en todo; es una indefinición similar a la del final de la propia novela.
Referencia:
Penny, S. (2011). La ternura de los lobos. Primera edición en español. Villatuerta, España: Ediciones Salamandra.
22 de mayo de 2017
20 de abril de 2017
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