13 de febrero de 2026

Saber estudiar


Ojalá el problema de mis alumnos fuera que no estudian. Eso tendría una solución muy sencilla: que estudien. Pero el problema va más allá de su voluntad individual y, por tanto, sobrepasa la demanda de responsabilidad que habitualmente se les hace en la universidad. Lo que ocurre es que, cada vez en mayor proporción, mis alumnos no saben lo que es estudiar. Una buena parte de ellos proviene de colegios en los que no se cree en el valor educativo de las evaluaciones, que es algo así como no creer en el valor humidificador del agua. Esos alumnos no es que no estudien, ni que no sepan estudiar, sino que desconocen lo que es el estudio. Creen que estudiar para un examen consiste en mirar sus apuntes, leerlos y entenderlos. "Pero, ¡¿cómo no los van a entender?!", me desgañito, "¡¡pero si están escritos en español!!"

Estos alumnos desconocen que estudiar para un examen no es entender lo que se lee (¡qué menos!) sino ser capaz de reproducirlo, demostrar que se han apropiado de ese conocimiento y que son capaces, por tanto, de expresarlo por sí mismos. No entienden que, muchas veces, estudiar es aburrido, que no apetece, que cuesta. Y no entienden, sobre todo, que eso no significa que no deban hacerlo. Lo más indignante es que, cuando hablo con ellos sobre esto, y les digo que no tienen la culpa, pero sí la responsabilidad de recuperar el tiempo perdido, sonríen y entre chanza y chanza reconocen que no se tuvieron que esforzar nada en primaria ni en secundaria e incluso en la preparatoria. "Pues tendrán que hacerlo ahora que están en la universidad", les aviso, "y cuanto antes lo hagan menos les costará remontar la situación". Entender esto me ha llevado tiempo y me ha costado enfados que, quizá, me podía haber ahorrado.

No soy optimista. He llegado al punto de decirle a unos padres que valoraba mucho que a su hija le supiera mal reprobar. Y sabía que no era por el hecho de reprobar, sino por la amenaza de que le quitaran el móvil... ¡Pero al menos le dolía y le servía de acicate! A los profesores nos están quitando muchas armas de persuasión. Los castigos son cada vez más contestados por los padres y las repeticiones son cada vez peor vistas por la administración. Muy temerario se me antoja confiar en la capacidad del profesorado para conseguir que los alumnos aprendan por amor al arte y no por apego al móvil, a la consola o al simple dolce far niente, que despunta como principal fuente de entretenimiento para las nuevas generaciones.


Fragmento adaptado de FUEGO SAGRADO. El valor educativo de la tradición, de Segundo Maestro.

Las palabras «vocación», «legado» o «estudio» no están de moda. En muchos ámbitos han adquirido, incluso, un sentido peyorativo. En estos tiempos es necesaria una reivindicación de esos conceptos como básicos y nucleares en la educación. Sobre todo frente a aquellas corrientes de pensamiento, hoy agrupadas en torno al movimiento woke, que pretenden orgullosamente romper lazos con el pasado y negarles a las generaciones futuras la herencia educativa que nos fue conferida y otorgada en custodia.

Vivimos un tiempo en el que, en nombre del progreso se derriban símbolos, se reescriben episodios, se condena el pasado por no estar a la altura de los criterios actuales. Se actúa como si la historia comenzara cada mañana y la identidad pudiera reinventarse a voluntad. Pero una memoria sin herencia es solo una técnica del resentimiento: una forma de manipular el pasado para justificar el presente. Y una herencia sin memoria se convierte en ritual vacío, en cáscara sin alma. Solo cuando concurren una y otra —como el árbol y sus raíces—, herencia y memoria pueden sostener una educación verdaderamente firme y verdaderamente humana.

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