La dislexia hizo de mi primer
año de primaria una experiencia ingrata. Yo no podía distinguir una b de
una d, una p de una q y las E siempre las confundía
con un 3 y las ponía al revés. Por no poder hacer estas distinciones
básicas de la lecto-escritura, en la clase yo era “el burro”. Mi cuaderno de
escritura estaba lleno de taches rojos. La dislexia también afecta la capacidad
de “hacer quebrados”, la lectura de cifras en voz alta y la memorización de secuencias
de números. Esto último me afectó incluso en mi trabajo docente.
Las mentes con dislexia
procesan la información de una manera diferente. A menudo llamada la “dificultad
oculta”, la dislexia no muestra signos visibles y su expresión es muy variada.
Si los docentes no están debidamente preparados, no siempre saben cómo reconocer
estas condiciones.
Ni mis maestras ni mis padres
identificaron esta situación; yo solo era “medio burro” para algunas cosas y
para otras no, como las cuestiones visuales o manipulativas. Es algo que
aprendes a manejar, a disimular, para sobrevivir en la primaria; los compañeros
de la banca de al lado ayudan mucho.
La dislexia también permanece “oculta”
porque aquellos que la experimentan evitan hablar sobre sus problemas de
aprendizaje. Muchos comparten estrategias para mantenerse al día en el entorno
escolar tradicional, pero pueden llegar a sufrir baja autoestima debido al
esfuerzo que conlleva sobrevivir en un sistema educativo que no está diseñado
para ellos.
Con el tiempo aprendí a manejarme
en situaciones comprometedoras, pues la dislexia no se cura por ser una condición
neurobiológica. La dislexia persiste, pero se puede sobrellevar y manejar
eficazmente (a veces por esfuerzo propio y otras con ayuda profesional). Sus
efectos se atenúan conforme uno se hace adulto. Yo llegué a ser ávido lector y
también profesor de ingeniería mecánica. Mis alumnos se daban cuenta del asunto
cuando yo leía cifras largas o ellos me dictaban una cantidad; era la excusa
para chacotear un poco a expensas del profe.
A pesar de todos estos retos,
muchos disléxicos son expertos en matemáticas de alto nivel y sobresalen en áreas
como pensamiento crítico, creatividad y comunicación. Su expresión oral e inteligencia
pueden ser excepcionales, logran llegar a ser líderes en sus campos
profesionales e incluso empresarios muy exitosos.
Entre las personas con
dislexia que han destacado se puede mencionar a Winston Churchill, Pau Picasso, Ernest Hemingway,
el príncipe William de Gales, George Lucas, Quentin Tarentino, Richard Branson…
El éxito que muchos
experimentan debido a su dislexia (y no a pesar de ella) es una clara señal de
que nuestro sistema educativo requiere ir más allá del alumno estándar y
adaptarse a este grupo particular de estudiantes, sino también precisa
encontrar la forma en que estos dones prosperen, en el aula y fuera de ella.
Cuando a una persona con dislexia se le apoya, puede llegar a lograr cosas
sorprendentes.
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