Esta semana, la UNAM publicó
en sus redes esta infografía sobre la sobreprotección parental. Si bien está
dirigida a los padres que tienen hijos en educación básica y media, todo lo que
dice se aplica tal cual a muchos padres con progenie en la universidad. Y lo
digo por experiencia.
Puedo contar docenas de anécdotas
de madres (porque siempre son las mamás) que llegaron a mi oficina para
reclamar por la calificación de su vástago o por la manera en la que “está
siendo tratado” o por los comentarios hechos en clase:
-
No es posible que mi hijo saque 50 si en la preparatoria siempre sacaba 100 en todo.
-
Vengo a aclarar con usted la calificación de mi muchacho.
-
Quiero que me acompañe a la oficina del director para que nos explique por qué
reprobó mi hijo.
- ¿De qué forma podemos
arreglar la situación de mi hijo?
Claro que, si así
intervinieron en la primaria, la secundaria y la preparatoria, para estas
personas no hay inconveniente en seguir haciéndolo en la universidad. Siempre
entran al quite para resolver los problemas de sus hijos o para apartar una
situación difícil. De ahí, en buena parte, la falta de resiliencia de estas
generaciones “de mazapán”.
Me resulta asombroso que estas
personas no vean lo mucho que interfieren en la autonomía de sus hijos como
personas adultas que necesitan desarrollar sus propias capacidades y tomas de
decisiones.
Pero lo peor resulta en los
jóvenes que, como se dice coloquialmente, “no disparan ni en defensa propia” y
esperan que sus padres vayan a la universidad para que les resuelvan sus
dificultades académicas, porque ya están habituados a que otros los saquen de
sus atolladeros.
Hay padres que incluso intentan participar en sus procesos de selección para un empleo. Más de una vez he escuchado la recomendación
de los responsables de recursos humanos en las ferias de reclutamiento de que
los candidatos recién graduados no vayan con sus padres a las entrevistas
laborales. Advertencias de este tipo ponen de manifiesto el estado en que andan las
cosas.
Los padres “helicóptero”, lejos
de ser una ayuda, tienen un impacto muy negativo en el desarrollo psicológico y
emocional de sus hijos universitarios. Sus acciones, aunque bien intencionadas,
inhiben su autosuficiencia e impiden que los jóvenes adquieran habilidades
vitales para la edad adulta.
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