La nota de hace unos días, El
rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí
en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr
metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por
cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de
manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.
Como Marguerite Duras, yo asumo
la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso
marca una gran diferencia.
Yo leo porque quiero vivir
otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros
poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida,
soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la
justicia" (J.C. Moya).
Sí, yo confieso que soy un
lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y,
en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con
Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas
del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en
la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha
conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las
noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado
de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).
Para mí, la búsqueda de nuevas
lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el
terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno
bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar
otro.
Dice Juan Carlos Moya que así
como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo
su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en
cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se
acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo;
Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que
no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces
de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la
cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El
nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas
y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo
lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un
lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba
de sus daikiris asesinos.
Cada vez que leemos los frutos
de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas
imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las
desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la
soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al
testimonio escrito de la vida.
-- Juan Carlos Moya
Total, que para mí, leer “es
un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de
culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una
pequeña anticipación de inmortalidad.
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