27 de enero de 2026

Librofilia

 

La nota de hace unos días, El rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.

Como Marguerite Duras, yo asumo la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso marca una gran diferencia.

Yo leo porque quiero vivir otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida, soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la justicia" (J.C. Moya).

Sí, yo confieso que soy un lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y, en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).

Para mí, la búsqueda de nuevas lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar otro.

Dice Juan Carlos Moya que así como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo; Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba de sus daikiris asesinos.

Cada vez que leemos los frutos de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al testimonio escrito de la vida.

-- Juan Carlos Moya

Total, que para mí, leer “es un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una pequeña anticipación de inmortalidad.

 


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