29 de enero de 2026

Parar para pensar

 

En un mundo que no frena, pararse a pensar es nuestra última línea de defensa. Ya casi nadie lo hace y eso marca una diferencia profunda.

Para Hannah Arendt, el pensamiento es el antídoto a la inercia: el único acto capaz de interrumpir el funcionamiento automático para devolvernos el sentido de lo que somos y lo que hacemos.

Frente al "Atrévete a pensar" de Kant, Arendt nos diría: Atrévete a parar para poder pensar.

27 de enero de 2026

Librofilia

 

La nota de hace unos días, El rendimiento de los hobbies, me produjo cierta desazón, pues me reconocí en uno de los aspectos que la autora señala: el afán lector. No por lograr metas de lectura rápida (tan de moda hoy día) ni por presumirlo en las redes, por cierto, sino por total y absoluta concupiscencia de las letras, por gozar de manera intensa del placer de la palabra escrita y del tacto de los libros.

Como Marguerite Duras, yo asumo la lectura como una forma de vida, y no como un acto para pasar el tiempo. Eso marca una gran diferencia.

Yo leo porque quiero vivir otras vidas, conocer otros lugares, resolver otros misterios, escribir otros poemas. “Cuando tengo un libro en mis manos, veo con más optimismo la vida, soy una bestia mucho más tierna y menos cínica. Hasta confío en la justicia" (J.C. Moya).

Sí, yo confieso que soy un lector voraz, de esos de inmersión profunda que se desconectan del entorno y, en ocasiones, viven la vida de los personajes que leen. Yo me he batido con Malatesta (El capitán Alatriste), he muerto de frío en las aguas heladas del Atlántico (La última noche del Titanic), he llorado por la muerte en la guillotina de Maurice Brotteaux (Los dioses tienen sed), me ha conmovido la bondad del obispo Myriel (Los Miserables), me han estremecido las noches de viento en Santa Elena (Napoleón: una vida) y me he enamorado de Simonetta Vespucci (El sueño de Botticelli).

Para mí, la búsqueda de nuevas lecturas es incesante. Me satisface empezar un libro y más todavía el terminarlo; en ocasiones experimento una cierta “saudade” al finalizar uno bueno de verdad, pero inmediatamente siento una necesidad imperiosa de comenzar otro.

Dice Juan Carlos Moya que así como hay diversas lecturas, también hay diversos lectores, cada uno poseyendo su fin y su sin sentido: Stephen King es un lector compulsivo y lee en cualquier lado donde vaya; Germán Dehesa, buscaba su sillón preferido y se acompañaba con un whisky con soda; Charles Dickens leía cuando salía de paseo; Virginia Wolff se encerraba en un espacio privado para asegurar silencio y que no la interrumpieran; Marcel Proust se arrellanaba en las mullidas reconditeces de su alcoba; Juan Carlos Onetti leía en la cama (bueno, él todo lo hacía en la cama); Jorge Luis Borges tenía lectores y, al igual que su alter ego de El nombre de la rosa, Jorge de Burgos, se sabía de memoria cientos de páginas y ubicaciones de libros en su biblioteca. Haruki Murakami es metódico y solo lee a ciertos autores y a una hora específica del día. Ernest Hemingway era un lector voraz que prefería leer de pie, apoyado en un atril, mientras disfrutaba de sus daikiris asesinos.

Cada vez que leemos los frutos de veneno y miel de los escribas, damos un paseo por el jardín de las vidas imposibles. Renacemos, multiplicamos nuestra experiencia con las desventuras/conquistas de cada personaje vegetal. Leer es la consagración de la soledad y el silencio, un homenaje a la palabra, a la sangre/tinta humana, al testimonio escrito de la vida.

-- Juan Carlos Moya

Total, que para mí, leer “es un placer genial, sensual”, es una acción que eleva la literatura a nivel de culto, porque los libros, como dijo Umberto Eco, son un seguro de vida, una pequeña anticipación de inmortalidad.

 


23 de enero de 2026

El rendimiento de los hobbies

 

Los hobbies han dejado de ser un espacio de relajación para convertirse en una actividad cuantificable, visible y cada vez más consumista.

Lo que antes era un refugio íntimo hoy, sobre todo entre generaciones más jóvenes y personas inmersas en redes sociales, se mide en números, se exhibe en ellas y se optimiza para cumplir metas externas.

Leer, cocinar, pintar, tejer, escribir o incluso caminar ya no basta con disfrutarlas: ahora muchos documentan y monetizan este tipo de actividades. En este proceso, los hobbies, incluida la lectura, corren el riesgo de perder su función principal de ofrecer un espacio sin exigencias, sin métricas y sin espectadores.

Esta performatividad desplaza el sentido original de la lectura y refuerza la idea de que en lugar de leer para comprender o sentir, se lee para demostrar que se está leyendo y presumirlo en las redes. Lo mismo ocurre con otros pasatiempos.

|  No convertir el ocio en currículum.


Cocinar ya no es preparar platillos, es reproducir recetas virales con utensilios específicos y perfectos. Colorear ya no es simplemente rellenar espacios de una imagen con colores; es comprar materiales “imprescindibles” recomendados por influencers, donde contar con ciertas marcas de marcadores o colores, libros de moda y colorear a la perfección es ahora la normalidad. Incluso el ejercicio, el journaling (la práctica de escribir de manera regular pensamientos, emociones o reflexiones personales) o la jardinería se han convertido en mercados saturados de productos y de contenido optimizado. El texto From Passion to Price Tags describe cómo los influencers transforman hobbies en listas de compras, desplazando la experiencia por adquisición. Antes de disfrutar, hay que consumir.

Diversos estudios coinciden en que los pasatiempos cumplen una función clave para la salud mental y emocional cuando se practican sin la presión de rendimiento ni de objetivos productivos. Investigaciones recientes señalan que involucrarse regularmente en actividades recreativas, como leer, pintar, cocinar, tocar un instrumento o practicar algún deporte por placer, se asocia con menores niveles de estrés, ansiedad y síntomas depresivos, así como con una mayor sensación de bienestar general. Incluso los pasatiempos sencillos pueden contribuir a una mejor regulación emocional y a una mayor flexibilidad cognitiva, al ofrecer espacios de pausa y disfrute que contrastan con las demandas constantes de la vida cotidiana. Los pasatiempos funcionan como factores protectores frente al agotamiento mental, al permitir que el cerebro se desconecte de tareas orientadas a resultados y se involucre en actividades intrínsecamente gratificantes.

Los pasatiempos no son un lujo ni una pérdida de tiempo, sino una necesidad psicológica fundamental, cuyo valor se diluye cuando se transforman en tareas medibles, consumibles o sujetas a comparación constante. 

 

Paulette Delgado, Cuando los ‘hobbies’ dejan de ser refugio y se convierten en rendimiento, publicado en enero de 2026 en el diario digital Edu News, Observatorio del IFE del Tecnológico de Monterrey.


22 de enero de 2026

Dislexia

La dislexia hizo de mi primer año de primaria una experiencia ingrata. Yo no podía distinguir una b de una d, una p de una q y las E siempre las confundía con un 3 y las ponía al revés. Por no poder hacer estas distinciones básicas de la lecto-escritura, en la clase yo era “el burro”. Mi cuaderno de escritura estaba lleno de taches rojos. La dislexia también afecta la capacidad de “hacer quebrados”, la lectura de cifras en voz alta y la memorización de secuencias de números. Esto último me afectó incluso en mi trabajo docente muchos años después.

Las mentes con dislexia procesan la información de una manera diferente. A menudo llamada la “dificultad oculta”, la dislexia no muestra signos visibles y su expresión es muy variada. Si los docentes no están debidamente preparados, no siempre saben cómo reconocer estas condiciones.

Ni mis maestras ni mis padres identificaron esta situación; yo solo era “medio burro”, es decir, para algunas cosas sí y para otras no, como las cuestiones visuales o manipulativas. Es algo que aprendes a manejar, a disimular, para sobrevivir en la primaria; los compañeros de la banca de al lado ayudan mucho.

La dislexia también permanece “oculta” porque aquellos que la experimentan evitan hablar sobre sus problemas de aprendizaje. Muchos comparten estrategias para mantenerse al día en el entorno escolar tradicional, pero pueden llegar a sufrir baja autoestima debido al esfuerzo que conlleva sobrevivir en un sistema educativo que no está diseñado para ellos.

Con el tiempo aprendí a manejarme en situaciones comprometedoras, pues la dislexia no se cura, por ser una condición neurobiológica. La dislexia persiste, pero se puede sobrellevar y manejar eficazmente (a veces por esfuerzo propio y otras con ayuda profesional). Sus efectos se atenúan conforme uno se hace adulto. Yo llegué a ser ávido lector y también profesor de ingeniería mecánica. Mis alumnos se daban cuenta del asunto cuando yo leía cifras largas o ellos me dictaban una cantidad; era la excusa para chacotear un poco a expensas del profe.

A pesar de todos estos retos, muchos disléxicos son expertos en matemáticas de alto nivel y sobresalen en áreas como pensamiento crítico, creatividad y comunicación. Su expresión oral e inteligencia pueden ser excepcionales, logran llegar a ser líderes en sus campos profesionales e incluso empresarios muy exitosos.

Entre las personas con dislexia que han destacado se puede mencionar a Winston Churchill, Pau Picasso, Ernest Hemingway, el príncipe William de Gales, George Lucas, Quentin Tarentino, Richard Branson…

El éxito que muchos experimentan debido a su dislexia (y no a pesar de ella) es una clara señal de que nuestro sistema educativo requiere ir más allá del alumno estándar y adaptarse a este grupo particular de estudiantes, sino también precisa encontrar la forma en que estos dones prosperen, en el aula y fuera de ella. Cuando a una persona con dislexia se le apoya, puede llegar a lograr cosas sorprendentes.


19 de enero de 2026

Vertiginosidad y lastre

 

Esta reflexión del periodista español Antonio Ramírez (publicado originalmente en el diario digital El Faro de Melilla y que yo leí como un posteo de Ex-Twitter) me caló hondo, porque me vi en lo que describe que le ocurre a las personas más cercanas del blanco y negro que del ultracolor de 281 billones de tonos a 16 bits. 

En el mundo digital yo también llevo “la cadencia del que creció y se formó de manera analógica”, y ello me ha traído algunas amargas pruebas en la vida digital, en especial la de los trámites de servicios públicos del gobierno.


Si se le pregunta a la IA (inteligencia artificial) -esa que abre mundos indómitos, pero también abismos a la inteligencia humana- qué es la vida digital contesta raudo que es “la integración profunda de la tecnología en la vida cotidiana, abarcando actividades, relaciones y experiencias a través de internet, smartphones y redes sociales, transformando la comunicación la comunicación, el trabajo y el entretenimiento”. Casi el pan de cada día con sus menesteres.

Cualquier gestión, bancaria, con la hidra de administraciones, compra de servicios o de enseres y caprichos, puede ser realizada a golpe digital. Eso sí, salvando obstáculos de toda índole que en forma de anuncios publicitarios, reclamos o recabadores de información amén de la panoplia de claves, contraseñas y usuarios que, difícilmente y, claro, en aras de la seguridad, caben con solvencia en cabeza humana. Prácticamente, solo citan al cara a cara, en vivo y en directo, cuando, se supone, se debe demostrar estar con vida.

Pero he ahí que a la generación más cercana al tono sepia que al ultracolor, cuando en uno de los pasos (en ocasiones y dependiendo la gestión) se encasquilla la cosa o por error se da donde no se debe, se pasa de lo inmediato a lo inviable o irrealizable; se queda preso por el errático proceder y la protección se convierte en duda, el naufragio es inmediato y vuelta a la navegación, regreso al intento desde el puerto iniciático. Eso si no se acaba cayendo en las redes de maldad que acechan y ejecutan en las nuevas tecnologías y de manera insomne.

Muchas ventajas, sin duda, ofrece Internet, las nuevas tecnologías, porque “han transformado la cultura humana, las estructuras de poder y las vidas cotidianas en una sola generación y forma parte indisoluble del tejido de la realidad” bueno es saber aprovecharlas y quedarse en el lado del bien: entre otras, la divulgación y el conocimiento, la capacidad de convocatoria, la inmediatez, la búsqueda y su encuentro o la inmensa capacidad de sensibilizar a favor de causas que merecen la atención.

Pero igualmente ha creado un cómputo inabarcable de aquello que Sherry Turkle ha llamado “soledades acompañadas”. Los niños edad creciente ya no juegan igual que antes, ni mucho menos los jóvenes se relacionan como antaño con los demás o con las fuentes de conocimiento. En no pocos casos se llega al desmán o la pérdida de valores que, por mucho que avance con velocidad la vida, siguen siendo esenciales.

Este modesto escrito no es un reproche a la incuestionable existencia que suponen los avances tecnológicos y su aprovechamiento. Por el contrario, desde el sencillo acceso y uso al que se le dedica, por parte de a quienes les corresponde, seguro, que ímprobos esfuerzos para la facilidad y simplicidad razonables, es bueno y necesario subirse a bordo. Pero sí, igualmente, que la vertiginosidad de la vida digital no va muy de acorde con la cadencia y necesidades que lastran a una generación que creció y se formó de manera analógica.


15 de enero de 2026

Sobreprotección parental en la uni

 


Esta semana, la UNAM publicó en sus redes esta infografía sobre la sobreprotección parental. Si bien está dirigida a los padres que tienen hijos en educación básica y media, todo lo que dice se aplica tal cual a muchos padres con progenie en la universidad. Y lo digo por experiencia.

Puedo contar docenas de anécdotas de madres (porque siempre son las mamás) que llegaron a mi oficina para reclamar por la calificación de su vástago o por la manera en la que “está siendo tratado” o por los comentarios hechos en clase:

- No es posible que mi hijo saque 50 si en la preparatoria siempre sacaba 100 en todo.

- Vengo a aclarar con usted la calificación de mi muchacho.

- Quiero que me acompañe a la oficina del director para que nos explique por qué reprobó mi hijo.

- ¿De qué forma podemos arreglar la situación de mi hijo?

Claro que, si así intervinieron en la primaria, la secundaria y la preparatoria, para estas personas no hay inconveniente en seguir haciéndolo en la universidad. Siempre entran al quite para resolver los problemas de sus hijos o para apartar una situación difícil. De ahí, en buena parte, la falta de resiliencia de estas generaciones “de mazapán”.

Me resulta asombroso que estas personas no vean lo mucho que interfieren en la autonomía de sus hijos como personas adultas que necesitan desarrollar sus propias capacidades y tomas de decisiones.

Pero lo peor resulta en los jóvenes que, como se dice coloquialmente, “no disparan ni en defensa propia” y esperan que sus padres vayan a la universidad para que les resuelvan sus dificultades académicas, porque ya están habituados a que otros los saquen de sus atolladeros.

Hay padres que incluso intentan participar en sus procesos de selección para un empleo. Más de una vez he escuchado la recomendación de los responsables de recursos humanos en las ferias de reclutamiento de que los candidatos no vayan con sus padres a las entrevistas laborales. Advertencias de este tipo ponen de manifiesto el estado en que andan las cosas.

Los padres “helicóptero”, lejos de ser una ayuda, tienen un impacto muy negativo en el desarrollo psicológico y emocional de sus hijos universitarios. Sus acciones, aunque bien intencionadas, inhiben su autosuficiencia e impiden que los jóvenes adquieran habilidades vitales para la edad adulta.