18 de agosto de 2026

La invasión de los necios

 


Hay una escena de la novela La conjura de los necios que sintetiza bastante bien el estado del debate público contemporáneo. Su protagonista, Ignatius J. Reilly, irrumpe en una reunión del Partido de la Pureza de Nueva Orleans y lo arrasa todo sin contemplación alguna. Le tiene sin cuidado el resto, no cede un milímetro, convencido como está de que su verborrea constituye un argumento impepinable. El escritor John K. Toole (1937-1969) plasma así con una crueldad cómica que la necedad rara vez se hace consciente de sí misma. Al contrario, se disfraza de indignación, de un supuesto sentido común e incluso de la voz del pueblo. Eso es lo que la hace tan difícil de combatir. El filósofo italiano Umberto Eco (1932-2016) alertó en algunas de sus últimas entrevistas sobre esa «invasión de necios» o «legión de idiotas» cuyo eco resuena sin filtro: los grandes medios de difusión –a destacar, las redes sociales– le han dado tribuna a quien antes tenía un taburete. El señor que hostigaba con sus teorías sobre la conspiración masónica detrás del precio del butano tenía, digamos en 1987, un radio de acción limitado al rellano. Hoy, ese «tonto del pueblo» tiene seguidores, columna de opinión implícita y, en algunos casos, escaño. La diferencia no estriba tanto en un cambio de actitud como en el algoritmo que descubrió que la indignación fácil retiene la atención más que la información contrastada.

La atención humana no es un mercado racional. Premia la excitación por encima de la precisión. Es por ello que la certeza iracunda y ciega se impone a la duda sosegada. Cuando en 2020 la OMS intentó comunicar la incertidumbre científica real sobre la transmisión del coronavirus –algo que los epidemiólogos consideran un ejercicio de honestidad metodológica– millones de personas acudieron en tropel hacia quienes les ofrecían lo contrario: certezas, villanos hollywoodienses identificables o, por lo general, soluciones de tres pasos. La complejidad fue aplastada por el show y la impaciencia, por la necedad.

El asunto genera un curioso cortocircuito en las categorías con las que acostumbramos pensar. El necio contemporáneo no es, necesariamente, el menos leído. Hay una nueva variante, más sofisticada y peligrosa, encarnada por el que ha leído mucho pero retiene únicamente lo que confirma lo creído de antemano. El ecosistema informativo actual fabrica expertos de sí mismos, todólogos que han escuchado algunas horas de podcasts sobre nutrición y por eso se estiman a años luz de cualquier endocrino, que han visto tres documentales sobre historia medieval y ya pueden corregir a medievalistas como el propio Umberto Eco. El conocimiento asimilado como accesorio identitario. La formación como postureo, muy al estilo satirizado por los cómicos de Pantomima Full.

El médico británico Andrew Wakefield publicó en 1998 su fraudulento estudio vinculando las vacunas con el autismo. The Lancet lo retiró en 2010 y Wakefield perdió la licencia médica. No obstante, su fantasma salpica todavía las decisiones sanitarias de millones de familias: la rectificación nunca viaja tan rápido ni suscita tanta emoción como la acusación original. Por decirlo gráficamente, el bulo tiene alas mientras que la corrección, muletas. En este desequilibrio estructural vive muy cómoda la invasión.

Aquí conviene deponer, con todo, cierta tentación intelectual que también es una forma de necedad. En concreto, la del iluminado que contempla el desastre desde arriba, suspira con elegancia y concluye con aires de superioridad moral que la humanidad no tiene remedio. Esa pose tiene mucho predicamento en los ambientes culturales europeos y es, a su manera, otra forma de pereza y de necedad. Es un diagnóstico desde el balcón.

Cuando el Parlamento Europeo debatió en 2019 la directiva sobre calidad del agua potable, distintos lobbies industriales coordinaron campañas de desinformación tan eficaces que consiguieron que ciudadanos corrientes salieran a defender los intereses de empresas embotelladoras creyendo defender su propia libertad. He aquí la dinámica: encontrar el miedo adecuado, alentar cierto espíritu conspiranoico, traducirlo al idioma de la identidad colectiva y dejar que la indignación haga el trabajo sucio.

La invasión de los necios no es, así pues, un aquelarre de bobos ignorantes que se congregan contra el saber. Es algo más sutil: un sistema de incentivos que recompensa la pobreza intelectual y penaliza el matiz, que convierte la duda en debilidad o la rectificación en una derrota. Mientras corregirse públicamente sea un suicidio social y mantener el error una señal de coherencia, seguiremos eligiendo, cada vez que abrimos la boca o Instagram, en qué bando de la invasión queremos estar.

Tristemente, Ignatius Reilly nunca rectificó. En la novela, ahí reside la broma; fuera de ella, el problema.

Ref.

Alejandro Villamor. La invasión de los necios, Ethic, agosto de 2026.



5 de agosto de 2026

La sociedad que ya somos

 


Imagen: Erdely, A. (2026, julio). Las jorobas del examen de admisión. X.


En el reciente examen de ingreso a nivel licenciatura de la UNAM miles de aspirantes cometieron algún tipo de conducta irregular contraria a la convocatoria y a la más elemental honestidad. El analista político Ciro Murayama comentaba en su nota de hoy en El Financiero que la evidencia indica que 9 de cada 10 aspirantes originalmente aceptados se valieron de ayudas indebidas para aprobar el examen. En números redondos significa que 20 mil sustentantes pudieron incurrir en algún tipo de práctica fraudulenta para poder ingresar a la universidad. Esta cifra da vértigo… y es deprimente. Pinta de cuerpo entero a la sociedad que ya somos.

En estos días la discusión pública le ha pegado duro a la UNAM por los errores involucrados en esta implantación, pero ¿quién se está haciendo cargo del descomunal ejemplo de deshonestidad masiva que nos está mostrando?

Como sociedad es necesario cuestionarnos en qué nos hemos equivocado para no solo normalizar (y hasta justificar) la trampa y la mentira, sino incluso haberlas asimilado como factores necesarios de nuestro comportamiento colectivo, comenta en su columna de La Crónica el profesor Joaquín Narro.

Una de las nefastas consecuencias que el avance tecnológico nos ha traído, continúa Narro, es la de aprovechar el uso de la inteligencia artificial para realizar conductas que nada tienen que ver con el comportamiento ético que tendría que regir a una colectividad, en este caso, la de los jóvenes que aspiran a alcanzar un lugar en la Universidad.

Lo más grave de todo esto es encontrar en las redes sociales el testimonio de jóvenes afirmando que, si hacer trampa les permitía alcanzar su sueño de ingresar a la UNAM, entonces esta no solo se encontraba justificada, sino que incluso sería tonto no aprovecharse de ello.

Lo alarmante de esto es la demostración de que como sociedad hemos alcanzado una triste hondura en la que la honestidad no solo carece de valor, sino que es sinónimo de ingenuidad y torpeza. Ahora ensalzamos a los estafadores que aprovechan las zonas grises y los recovecos de la tecnología para vulnerar la verdad y barrer la honradez.

¿Estos son los jóvenes que queremos? ¿Es este el uso que esperamos de la tecnología? La sociedad no puede fundar su existencia en el engaño como mecanismo para alcanzar el éxito por encima de las aspiraciones e ideales que nos permiten ser y existir como colectividad.

 

Referencias

Murayama, C. (2026, agosto). El derecho de acceder a la UNAM. El Financiero.

Narro, J. (2026, agosto). La inteligencia artificial y la sociedad por venir (II). La Crónica de Hoy.


28 de julio de 2026

Mayorías minoritarias

 

Hoy día ya nadie se siente suficientemente representado por las mayorías democráticas; todo el mundo reclama una representación propia:  blancos, negros, orientales, occidentales, latinos, indígenas, ciegos, cojos, mancos, tuertos, impedidos físicos, LGBT similares y conexos, todosexuales, nadasexuales, altos, bajos, gordos, flacos, sordos, ambientalistas, vegetarianos, veganos, animalistas, perristas, ciclistas, cochistas, feministas, masculinistas, nerds, artistas, runners, glutenfree-ers, ateos, espiritistas, terraplanistas y un largo etcétera.

Por ese camino ni la nacionalidad ni la ley nos cobija a todos por igual, sino que hay que estar haciendo excepción o legislación especial para cada grupo que se siente minoritario y vulnerable. Mientras más agresivo se ponga, o más lobby haga (el/la que no chilla no mama), habrá que hacerle más concesiones. Así, la mayoría democrática queda reducida a un colectivo que, aparentemente, ya no representa a nadie.

22 de julio de 2026

En vías de extinción

 

La ironía es un reactivo infalible para detectar tontos. La ironía funciona en muchas conversaciones igual que el papel tornasol para comprobar la acidez o la alcalinidad de una sustancia. Ante una ironía el interlocutor puede reaccionar de distintas maneras que reflejan, cada una de ellas, su inteligencia, su tontería o una estupidez de catálogo.

La forma más inteligente de reaccionar es obsequiar, a quien nos dedica un comentario irónico, con una respuesta igualmente irónica que marque una pauta de cordial inteligencia –alejada lo mismo de la petulancia erudita que del embobamiento– para el resto de la conversación. Es lo que los franceses llamarían "avoir de l'esprit" en la conversación o tener una inteligencia "pleine d'esprit".

Una segunda manera de reaccionar ante la ironía es pasarla por alto, no porque no se ha entendido el sentido del comentario irónico sino simplemente porque no se desea establecer –por la razón que fuese– un entorno de complicidad intelectual con el interlocutor; esto, cuando es pertinente, también es signo de inteligencia.

Una tercera forma de reaccionar ante la ironía consiste también en pasarla por alto como tal (como ironía) porque se le ha tomado en sentido literal. Aquí ya hay una clara indicación de tontería en el interlocutor, quien se muestra incapaz de captar lo que es justamente la ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice). Si Juan dice a su interlocutor: “Lo que más me encanta de la CDMX es ese aire de cordialidad que tienen los conductores de automóviles” y el interlocutor, perplejo, protesta: “No, si más bien los conductores son hostiles y malhumorados, ¿qué no te has fijado?”. No hay remedio, el tonto no captó el sentido irónico y habrá que hablarle con literalidad chata y plana para entendernos.

La cuarta forma de reaccionar ante la ironía es el enojo, hacer una pataleta y exigir disculpas a quien ha formulado la ironía, no porque haya sido irónico sino porque el tonto de catálogo –estúpido en buen español- no sólo ha tomado en sentido literal el comentario irónico, sino que además quiere salir del paso, ante una ironía que lo ha exhibido como un palurdo o un mentiroso, jugando el papel de doncella ofendida en su pudibundez.

Las personas inteligentes pueden decodificar el proceso ironía-reacción mucho más rápido que el resto de los mortales. La ironía es la inteligencia jugando, pero el mundo está lleno de gente que no sabrá apreciarla.

Uno puede nacer con un nivel de inteligencia mayor o menor que la media — hay distintos tipos de inteligencia, en este caso me refiero a aquella que te aporta rapidez mental—, pero aumentarlo o simplemente mantenerlo depende del alimento que le demos a nuestra mente. Si nos limitamos a consumir productos básicos que no suponen ningún aliciente, nuestra mente no tendrá que trabajar y se volverá perezosa, provocando que no entendamos los mensajes que otras personas nos envían. La ironía es una especia que hace las ideas más atractivas al paladar mental y tiene un gusto inteligente.


PS

En este tercer decenio del s. XXI casi todo el mundo reacciona en los modos tres y cuatro. La literalidad de las redes sociales, el impacto de los algoritmos en las conversaciones y la IA han venido a desecar el ingenio y a ahogar la ironía; por no hablar de la falta de lecturas del internauta. Ahora la gente desconfía de los comentarios irónicos (cuando no se ofende por mal interpretarlos) y ya casi nadie parece captarla; mucho menos apreciarla. La ironía dificilmente tiene cabida en las charlas y menos que menos en los entornos digitales que homogeneizan las conversaciones.

 

26 de mayo de 2026

Higgs y la producción científica

 

Peter Higgs (el del bosón) confesó que hoy día no conseguiría (o no podría mantener) un puesto académico en alguna universidad. Estaba describiendo la transformación silenciosa de la universidad contemporánea: de un espacio para pensar a una máquina obsesionada con la productividad y con medir esa productividad.

La ironía es brutal. El hombre que ayudó a explicar por qué la materia tiene masa, uno de los planteamientos intelectuales más importantes del último siglo, sospechaba que el sistema actual lo habría considerado improductivo. El que fue uno de los físicos más importantes del mundo publicó menos de diez artículos (10!!), evitaba el espectáculo académico y desconfiaba profundamente de la hiperactividad científica.

La ciencia moderna busca originalidad, pero al mismo tiempo premia velocidad en publicar, volumen publicado y visibilidad en editoriales y redes. El investigador contemporáneo no solo debe pensar, debe hacerlo rápido, debe producir y su producción debe ser medida: publicar constantemente, acumular citas de sus trabajos, gestionar redes, conseguir financiamiento para las investigaciones, alimentar algoritmos institucionales, demostrar impacto cuantificable de su trabajo y lograr que se mencione a su universidad, todo esto en periodos cada vez más cortos.

El resultado: una ciencia incapaz de tolerar el tiempo lento que requiere la maduración de las grandes ideas. ¿Por qué? Porque los grandes avances rara vez aparecen bajo condiciones de vigilancia permanente. El trabajo que condujo al bosón de Higgs necesitó décadas de teoría física, de especulación, errores y espacios intelectuales sin utilidad inmediata.

Hoy, no obstante, la academia funciona cada vez más como un mercado financiero del conocimiento, que privilegia lo que genera retornos rápidos y visibles (los que hemos hecho investigación en el Tec lo sabemos muy bien). La curiosidad de saber compite contra los indicadores de desempeño. Así, el investigador aprende que sobrevivir puede ser más importante que arriesgarse intelectualmente.

Mientras la universidad enfrenta dificultades de captación, recortes, precarización y presión por resultados inmediatos, la pregunta ya no es si estamos produciendo más artículos científicos que contribuyan al prestigio de la institución (claramente estamos ante una hiperproducción); la pregunta es, más bien, ¿estamos construyendo un entorno capaz de producir las grandes ideas que transforman nuestra comprensión del mundo?

Parece que ya no...

 

21 de mayo de 2026

Los niños y el aula

 

Según David C. Geary (The Evolved Male in the Modern Classroom, AAPSS, 716 (1), 2026) el sistema educativo actual está diseñado de una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas de los niños varones.

El autor explica, desde una perspectiva evolucionista, por qué muchos niños y jóvenes tienen dificultades en la escuela. Según él, las niñas suelen tener ventaja en lenguaje, lectura y escritura porque su sistema cerebral para el lenguaje está más integrado y se desarrolla antes. En cambio, los niños destacan en habilidades visoespaciales, razonamiento mecánico y comprensión de cómo funcionan los objetos, capacidades que fueron muy útiles en nuestro pasado evolutivo para la caza, la navegación y la construcción.

El problema principal es que el aula moderna (sentarse quieto durante horas, prestar atención pasiva, hacer tareas sedentarias) encaja mucho peor con la naturaleza de los niños que con la de las niñas. Los niños son considerablemente más activos, necesitan moverse más y tienden a organizarse en grupos competitivos. Esto genera un desajuste evolutivo que explica por qué hay el doble de niños diagnosticados con TDAH y por qué mucho tienen más problemas de atención y comportamiento en clase.

Además, las escuelas apenas evalúan o desarrollan las fortalezas típicas de los niños en el área espacial y mecánica. Como consecuencia, muchos niños con talento en estas áreas se sienten fuera de lugar, pierden motivación y terminan abandonando los estudios o no desarrollando su potencial.

Geary también señala que los hombres y mujeres tienen intereses ocupacionales diferentes: las mujeres suelen preferir las profesiones relacionadas con personas, mientras que los hombres prefieren profesiones relacionadas con objetos. El sistema educativo actual no aprovecha estas diferencias naturales.

El autor propone varias soluciones: mejorar la enseñanza temprana de la lectura con mayor énfasis en la fonética y la decodificación, ofrecer más material que interese a los niños (ciencia, ficción, aventuras, máquinas), aumentar el tiempo de recreo y de actividad física; y en secundaria, recuperar potenciales a través de talleres y la formación en oficios como carpintería, mecánica o electricidad. También recomienda evaluar las capacidades visoespaciales y mecánicas de los niños.

En resumen, el sistema educativo actual está diseñado de una forma que desfavorece sistemáticamente las fortalezas evolutivas de los niños varones. Geary argumenta que, en lugar de ver los problemas de los niños como “trastornos” o simplemente como machismo cultural, debemos entenderlos como un desajuste entre la psicología evolutiva masculina y las exigencias de la escuela y economía modernas. Adaptar la educación a las fortalezas de los niños sería muy beneficiosos para ellos, para la educación en general y para la sociedad.

 

13 de abril de 2026

Adolescencia e Internet

 

Veía yo en la Gaceta UNAM de diciembre que los mexicanos usan más Internet que el promedio mundial: en el mundo el 62.5% de las personas se conectan a Internet en un promedio de 6.5 horas al día; en cambio el 80% de los mexicanos se conecta por poco más de 9 horas al día. Impresionante.

Y de esa enorme cantidad de mexicanos que no se despegan de la web, el 69% corresponde a jóvenes entre 12 y 17 años, dedicando gran parte de su tiempo a plataformas como WhatsApp, TikTok, YouTube e Instagram. Esta alta conectividad, según Eduardo Portas (investigador de la Universidad Anáhuac), conlleva riesgos significativos como ciberacoso, adicción, trastornos del sueño, comparación social y problemas de salud mental como ansiedad y depresión.

De acuerdo al diario ABC de España, un análisis de las universidades Rey Juan Carlos y Pontificia publicado en febrero también muestra consumos altos de Internet, pero en este trabajo se analizó el efecto de las redes sociales (RRSS), encontrando que el 60% de los adolescentes encuestados reconoció tomar horas de su sueño por estar conectados. El 76.5% reconoció sentir ansiedad si no responde inmediatamente a los mensajes o notificaciones que le llegan por los diversas redes, la mitad declaró tener sentimientos de inseguridad si se quedan sin conexión y el 98% reconoció una necesidad funcional y emocional de estar en línea en las RRSS.

Sea como sea, las redes sociales llegaron para quedarse. Su uso excesivo entre los jóvenes comienza a ser cuestionado por expertos que afirman que crea personas fáciles de distraer y que requieren ser estimuladas audiovisualmente para mantener su atención por breves espacios de tiempo. Otras críticas se concentran en el aspecto más social de las herramientas: las comparaciones personales que se hacen frente a personas que aparecen en una pequeña pantalla y logran afectar la psique del adolescente

Las consecuencias sociales, educativas y de salud de este hecho apenas comienzan a ser estudiadas. Pero al parecer, esa adicción sí tiene un impacto, y se necesita que los especialistas de estos campos nos ayuden a pensar qué hacer para disminuir esta problemática que está creciendo.

11 de abril de 2026

Junkification


Siguiendo con el tema de las publicaciones científicas:


Este artículo denuncia que la publicación científica (sobre todo en las grandes editoriales comerciales como Elsevier, Wiley o Springer Nature) está sufriendo un proceso de “junkificación” (degradación masiva hacia contenido de baja calidad), igual que ha pasado en plataformas digitales como Amazon, Google o redes sociales. Los autores lo llaman “junkification” porque, poco a poco, se prioriza la cantidad y el dinero por encima de la calidad y el valor real del conocimiento.

Explican que esto ocurre en cinco etapas:

-La investigación se convierte en mercancía: se valora más por dónde se publica (revistas top, factor de impacto) que por su aporte real.

-Explosión de revistas de pago: el acceso abierto se pervierte; los autores pagan miles de euros por publicar (hasta 17.000 € en Nature), y surgen miles de revistas depredadoras que aceptan casi todo por dinero.

-Baja la calidad: la revisión por pares se vuelve más débil, aparecen números especiales fraudulentos y se publica mucho trabajo mediocre o dudoso.

-Sobrecarga: hay tantos artículos (casi 3 millones al año) que es imposible distinguir lo bueno del ruido.

-Junkificación total: el sistema pierde su propósito (avanzar el conocimiento para todos) y se transforma en una máquina de hacer dinero para las editoriales, mientras autores y universidades pagan caro y la ciencia se diluye.

La conclusión es que la cultura del “publica o perece”, los rankings obsesivos y el modelo de negocio de las grandes editoriales están destruyendo la calidad de la investigación. Los autores piden recuperar la publicación académica como bien público: más revistas sin ánimo de lucro, repositorios gratuitos, evaluación más amplia (no solo citas) y menos dependencia de las multinacionales. Si no cambiamos, seguiremos recibiendo y produciendo cada vez más “basura científica” disfrazada de progreso.


10 de abril de 2026

Hiperproducción científica

 

Publish or perish (“publica o perece”) es la expresión que resume el principio organizador de buena parte de la carrera académica moderna: para conseguir y mantener empleo, promoción, financiación y reputación, el investigador debe publicar de forma continua en revistas indexadas, mejor si son del primer cuartil (el mítico Q1). No se trata solo de “comunicar resultados”, sino de cumplir un umbral de productividad medible: número de artículos, calidad percibida del lugar de publicación, citas, impacto, posiciones de autoría, etc. Todo suma. En esa lógica, “perecer” significa quedar fuera de la competencia: no obtener becas o proyectos, no estabilizarse, no ascender, no ser visible en el campo. La desaparición científica.


“Publish or perish” resume cómo el sistema científico se ha ido racionalizando alrededor de indicadores y procedimientos (evaluaciones periódicas, rankings, auditorías, acreditaciones) que convierten la publicación en moneda de cambio. Esto puede tener efectos positivos (incentivar la difusión, estandarizar criterios, aumentar circulación de conocimiento), pero genera tensiones más que conocidas: prioridad a lo rápido y “publicable”, aversión al riesgo (menos investigación exploratoria), presión por fragmentar resultados, saturación del peer review y estrés, mucho estrés, especialmente en las fases iniciales de la carrera científica.

 

El sistema de producción, circulación y evaluación científica está a punto de colapsar. Si lo analizamos con el modelo de la economía política, podemos afirmar que el coste de producir un artículo científico se reduce cada semana. El uso de las inteligencias artificiales para definir objetivos y preguntas de investigación, construir marcos teórico y metodológicos, procesar datos, extraer conclusiones y redactar un informe (acompañado de sus tablas, figuras y bibliografía) se extiende y lleva a un incremento exponencial de la producción en todas las disciplinas, desde la matemática y la física hasta las ciencias sociales. El fenómeno no es nuevo pero las IA lo están hiperacelerando hasta límites impensables.

 

“Los modelos de IA de frontera -en concreto, Gemini Deep Think y sus variantes avanzadas- han superado un umbral crítico. Ya no son meras herramientas para la automatización rutinaria, el procesamiento de datos o el formateo sintáctico; ahora son capaces de actuar como auténticos colaboradores de nivel experto en el descubrimiento matemático y algorítmico. A través de la informática teórica, la economía, la física y la optimización, hemos mostrado que los LLM pueden resolver activamente conjeturas abiertas, ajustar cotas matemáticas mantenidas durante décadas y localizar teoremas oscuros y transdisciplinares para sortear bloqueos que frenan a los investigadores humanos” (AAVV, “Accelerating Scientific Research with Gemini: Case Studies and Common Techniques”, 2026).

 

La hiperproducción de artículos científicos está llevando al colapso de las publicaciones científicas. Ya no solo tardan cada vez más en dar una respuesta a los ansiosos autoresdirectamente rechazan textos por no tener tiempo de darles ni siquiera una rápida ojeada. Antes, por lo menos, te decían que el artículo “no encaja con los objetivos (o la metodología) del journal”. El correo que nos mandó el editor sudaba frustración. Además, no hay revisores suficientes para tantos papers.  El viernes recibí tres propuestas de revisión. Con suerte, aceptaré una. Lo mismo está pasando con los grandes congresos científicos: la cantidad de ponencias recibidas aumenta de manera constante. Sinceramente, no quisiera estar en las botas de un editor científico o del organizador de un congreso. El riesgo de morir aplastado por la masa textual es muy alto.

 



¿Qué hacer ante esta avalancha?

Una posible solución consiste en utilizar las inteligencias artificiales en los procesos de evaluación.  Si millones de científicos utilizan las inteligencias artificiales para incrementar su producción textual, la otra forma de lidiar con esa montaña de documentos es recurriendo a las mismas armas.

 

“Una posible respuesta consiste en aprovechar la misma tecnología para ayudar a evaluar manuscritos. ‘Agentes revisores’ especializados podrían señalar inconsistencias metodológicas, verificar afirmaciones e incluso evaluar la novedad. Que este enfoque escalable ayude a editores y revisores a centrarse en el fondo más que en señales superficiales, o que introduzca desafíos nuevos e imprevistos en el proceso científico, es una incertidumbre crítica” (AAVV, “Scientific production in the era of large language models”, Science, 2025).

 

Incorporar las inteligencias artificiales a los procesos de evaluación nos lleva al tema de los sesgos y alucinaciones de los LLM. Una inteligencia artificial podría dejar fuera de circulación un aporte científico relevante debido a las limitaciones de entrenamiento. Ahora bien, dado que la evaluación por pares también está plagada de sesgos y subjetividades, quizás este sistema sea el menos malo como alternativa. Una inteligencia artificial bien entrenada -y subrayo lo de «bien entrenada»- podría ayudar a filtrar una masa textual que no para de crecer. Los que no quieran ser sometidos a la AI-review, siempre pueden optar por la revisión por pares o por la publicación en abierto sin revisión. En cualquiera de los casos, el sistema actual de producción, circulación y evaluación está a punto de colapsar.

 

Carlos A. Scolari (2026), Economía política del paper (i): La gran implosión. Hipermediaciones.

 

8 de abril de 2026

De género, política y cultura


Durante la guerra civil en Sierra Leona en 1999, en una ciudad selvática llamada Kenema los habitantes recibieron la noticia de que un ejército rebelde se dirigía hacia allí. El Frente Revolucionario Unido, como se llamaban los rebeldes, era infame por violaciones masivas, ejecuciones y torturas, y la gente de Kenema estaba comprensiblemente aterrorizada. Las mujeres salían a las calles y empezaban a gritarles a los hombres que salieran a defenderlas. Luego agarraron a sus hijos y se refugiaron como pudieron. Los hombres reunieron las armas que encontraron —escopetas oxidadas, AK, pistolas viejas, un sable de la era colonial— y se lanzaron fuera de la ciudad a enfrentarse a su destino. Lograron derrotar a los rebeldes y evitaron una tragedia indecible.

La idea reciente, y muy estadounidense, de que los sexos son iguales o al menos intercambiables claramente no era cierta para la gente de Kenema en el verano de 1999. Por mucho que uno se sienta tentado a decir sobre sexo y género desde la seguridad de nuestros países, el rol que las mujeres de Kenema eligieron para sí mismas en esos momentos terribles fue el de cuidar de sus hijos. Y el rol que asignaron a sus maridos fue el de luchar.

Toda sociedad del mundo usa a los hombres para la defensa, porque son más fuertes, más rápidos y pueden ser asesinados en grandes números sin que afecte demasiado a la población. Pierde la mitad de los hombres de una tribu y la otra mitad repoblará el grupo en una generación; pierde la mitad de las mujeres y la tribu nunca se recuperará. Los hombres son carne de cañón perfecta, en otras palabras. Si las mujeres de Kenema hubieran elegido defender la ciudad y les hubieran dicho a los hombres que huyeran con los niños, podría haber terminado catastróficamente para ambos.

No estoy diciendo que un ataque rebelde en África deba ser la base de nuestros roles de género, ni que hombres y mujeres no deban ser exactamente quienes quieran ser en nuestra sociedad. Pero cuando se pierde de vista las presiones evolutivas que subyacen a gran parte del comportamiento humano, se corre el riesgo de caer en tonterías ideológicas. La extrema derecha intenta convertir a los hombres jóvenes en activos políticos convenciéndolos de que son las «verdaderas» víctimas de la sociedad actual. Y la extrema izquierda se esfuerza igual de duro por convencerlos de que toda masculinidad es sospechosa y peligrosa, y que lo único correcto que pueden hacer los hombres es salir de la habitación pidiendo disculpas.

-- Sebastian Junger (2026), How Democrats Lost Men (fragmento). The Freepress.


¿Lo ocurrido en Kenema fue determinismo sociológico-cultural nada más?

¿A quién creerle en esta polarización que señala Junger?

En este siglo priva el paradigma de que la igualdad sustantiva es "la" respuesta a todas las situaciones.

La escasez de posturas conciliadoras en el debate sobre los roles de género toca estructuras profundas de poder e identidad, de primacía de cultura occidental, generando una polarización en la que las partes perciben la situación como una suma cero: lo que un grupo gana, el otro siente que lo pierde. Es una lucha de privilegios antes que de identidades.