Peter Higgs (el del bosón) confesó
que hoy día no conseguiría (o no podría mantener) un puesto académico en alguna
universidad. Estaba describiendo la transformación silenciosa de la universidad
contemporánea: de un espacio para pensar a una máquina obsesionada con la
productividad y con medir esa productividad.
La ironía es brutal. El
hombre que ayudó a explicar por qué la materia tiene masa, uno de los planteamientos
intelectuales más importantes del último siglo, sospechaba que el sistema
actual lo habría considerado improductivo. El que fue uno de los físicos más
importantes del mundo publicó menos de diez artículos (10!!), evitaba el
espectáculo académico y desconfiaba profundamente de la hiperactividad
científica.
La ciencia moderna busca
originalidad, pero al mismo tiempo premia velocidad en publicar, volumen publicado
y visibilidad en editoriales y redes. El investigador contemporáneo no solo
debe pensar, debe hacerlo rápido, debe producir y su producción debe ser medida:
publicar constantemente, acumular citas de sus trabajos, gestionar redes, conseguir
financiamiento para las investigaciones, alimentar algoritmos institucionales, demostrar
impacto cuantificable de su trabajo y lograr que se mencione a su universidad,
todo esto en periodos cada vez más cortos.
El resultado: una ciencia
incapaz de tolerar el tiempo lento que requiere la maduración de las grandes
ideas. ¿Por qué? Porque los grandes avances rara vez aparecen bajo condiciones
de vigilancia permanente. El trabajo que condujo al bosón de Higgs necesitó
décadas de teoría física, de especulación, errores y espacios intelectuales sin
utilidad inmediata.
Hoy, no obstante, la
academia funciona cada vez más como un mercado financiero del conocimiento, que
privilegia lo que genera retornos rápidos y visibles (los que hemos hecho
investigación en el Tec lo sabemos muy bien). La curiosidad de saber compite
contra los indicadores de desempeño. Así, el investigador aprende que sobrevivir
puede ser más importante que arriesgarse intelectualmente.
Mientras la universidad
enfrenta dificultades de captación, recortes, precarización y presión por
resultados inmediatos, la pregunta ya no es si estamos produciendo más artículos
científicos que contribuyan al prestigio de la institución (claramente estamos
ante una hiperproducción); la pregunta es, más bien, ¿estamos construyendo un
entorno capaz de producir las grandes ideas que transforman nuestra comprensión
del mundo?
Parece que ya no...
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