Leía yo un
artículo del periodista español David San Juan, publicado en el diario digital El
Adelantado de Segovia, en el que se preguntaba por qué escribe la gente en
un mundo en el que cada vez se lee menos y las redes sociales han ocupado el
lugar de la literatura.
Buena
pregunta.
El autor
hace un repaso de las posibles motivaciones: habla de la pasión de escribir que
sienten algunos; para otros es por enamoramiento de las letras; también puede
deberse -y más en estos tiempos de exposición mediática- al placer que experimentan
ciertas personas por ver su nombre en la portada de un libro o en el encabezado
de un artículo. Asímismo, menciona la sensación de poder que da el saberse
conocedor o expositor de temas. De la emoción de contar. Y, sobre todo, del
anhelo para sobrevirse a sí mismo y trascender: para que otros nos lean.
Esto hizo
que me preguntara a mí mismo ¿por qué escribo ahora en este blog? En sus
inicios, fue por deber (tareas de la mestría), luego fue por el deseo de tener
algo que decir, por reivindicar una libertad de expresión. ¿Pero ahora? Sin
nuda no es por que me lean, pues a este lugar no se asoma nadie. ¿Cumplo yo con
alguno de los otros rubros mencionados por el periodista? Caigo a la cuenta de que no. Yo escribo
por una razón que San Juan no menciona: para no aburrirme.
Para estos
largos días de la jubilación, escribir es una herramienta poderosa para el
esparcimiento y combatir el aburrimiento. Escribir transforma la inactividad y la
falta de estímulos en creatividad, reduce el estrés, permite organizar los
pensamientos, brinda autoconocimiento… y, además, ayuda a pasar el rato.
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