Leía
yo la nota de ayer de Jorge Sáinz en el diario español El Debate sobre
la preocupación de algunos profesores e investigadores a propósito de cómo la
cultura de la cancelación de las redes sociales se ha extendido al trabajo
docente y a las aulas, y cómo ahora este lugar ha perdido su tradición de foro
de discusión de las ideas para convertirse en centro de corrección política y,
en caso de fallo, de escarnio público por parte de alumnos, colegas y en
ocasiones, hasta de la misma institución donde se labora.
La
expansión de una corrección política convertida en mecanismo de vigilancia,
donde cualquier matiz, cualquier duda y cualquier dato que no encaje en la
ortodoxia del momento puede acabar en linchamiento, cancelación o
silenciamiento preventivo.
Las
universidades no son ajenas a este fenómeno; le piden a sus docentes e
investigadores que tengan presencia en la web, publicando en redes educativas
(como Academia o Research Gate), en los perfiles profesionales de
Google Academics o LinkedIn o en las redes sociales más vistas. Pero
hay que ser muy cuidadoso con lo que se publica ahí, pues emitir una crítica,
una opinión polémica o ambigua sobre temas peliagudos, aunque sean del trabajo
de investigación, se penaliza severamente por la audiencia, a menudo exacerbada
por la polarización, la desinformación o el discurso políticamente correcto.
Esto
lo sé porque también me tocó vivirlo en la institución donde trabajaba. Había
que mantener actualizado el perfil de investigador de Google, el ORCID, el
perfil en el sitio del grupo de investigación y en las redes académicas. Y
antes de eso, cierto director de la escuela de ingeniería le pidió a los
profesores que, además de sus cuentas personales, abrieran otra en la
que publicaran su quehacer institucional (afortunadamente la iniciativa no cuajó).
A
más de la enorme presión que ya recibe el docente por publicar en los journals
de prestigio (que sean Scopus Q1 y Q2), también existe el apremio por ayudar a
la universidad “a hacer presencia en las redes”; aunque el alcance individual en
ocasiones sea reducido y la conversación inexistente; hay que estar allí por necesidad
institucional a sabiendas de que ejercer el pensamiento crítico puede traer
problemas… y no publicar, también.
Esta
cultura del señalamiento no solo desgasta. Empobrece. Un académico que no puede
dudar ni explorar ideas en construcción es un académico mutilado. Y una
universidad que fomenta esa autocensura reduce su misión a la de un centro
escolar ampliado.
Es
en este contexto que están resurgiendo las newsletter, las páginas
personales, los blogs y la participación en redes sociales más libres, como Discord,
en un intento por reducir la exposición moral, rescatar las identidades y regresar, en lo posible, al auténtico debate de las ideas.
Fuente: Sáinz, J. (2025,
diciembre). Miedo a pensar en la universidad. El Debate.
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